Gia Von Stein El frío fue lo primero que registró mi conciencia. Extendí la mano sobre las sábanas de seda, buscando el calor del cuerpo que me había reclamado con tanta urgencia horas antes, pero solo encontré el vacío. Abrí los ojos lentamente, encontrándome con la penumbra de mi habitación, rota apenas por los primeros hilos de luz que se filtraban por las cortinas. Max se había ido. Suspiré, dejando que el aire saliera de mis pulmones con un peso que no era tristeza, sino una comprensión afilada. Sabía por qué había huido. Lo había sentido en la rigidez de su espalda cuando le susurraba que lo amaba, lo había visto en la forma en que sus ojos grises evitaban los míos después de que nuestras almas se rozaran en la oscuridad. Max le temía al amor más que a la quiebra financiera.

