Unas horas luego, Huerta se marcha, hace el mismo recorrido que siempre, para despistar a los diablillos espías, y llegar sin problemas a la cueva donde tiene todos sus trofeos de demonios masacrados y el libro rojo. Pero esta vez, al llegar, ve que Malwil ya no está. No hay un solo indicio de ella. Embargado por una fuerte frustración se lleva las manos a la cabeza y exclama: —¡Maldición, esto se va a descontrolar! Revisa toda la cueva, una y otra vez, hasta el cansancio, pero sin hallar un solo indicio de que alguien haya conseguido entrar. —Rofus. Rufus se apersona en su forma demoníaca, mantiene la cabeza baja, como si supiera lo que está a punto de pasar. —Síguele el rastro— ordena Huerta, con un tono de preocupación latente. Pero Rufus no se mueve, no se atreve. —Está mucho

