4.

1409 Palabras
Al llegar a casa, Marianne se va directamente a dormir, tiene mucho sueño atrasado, piensa que si pone un par de alarmas lo suficientemente ruidosas, puede permitirse dormir antes, para luego salir a la medianoche, de juerga y con las energías renovadas. ―Mija, no has cenado hoy –interrumpe en su dormitorio, Nana, que pasó de ser su niñera a ser parte de la familia. ―Hoy no, Nana, tengo que descansar, quedé con Carla… ―Pero mija, si mañana tiene clases… Marianne tiene una explicación razonable para permitirse aquello, y es que se lo debe a Carla, porque desde que recuerda, siempre pasaba algo a última hora, que la obligaba a cancelar sus planes con ella. Pero esta vez no pasará nada, está más que segura. Como lo previno, despierta con el sonido ensordecedor de los despertadores, que ha colocado a unos cuántos centímetros de sus sensibles oídos. Se incorpora de un golpe, se baña y se pone unos jeans sexys muy ajustados. Arriba un top no muy revelador y ya está lista para salir. Sube a su coche y se dirige al Toren. Hace un poco más de seis meses que ha conseguido el carnet de conducir, y la primera vez que condujo su propio carro sin que nadie a lado estuviera estresado porque sea ella la que conducía, había sentido por primera vez que tenía el control total de su vida, del mundo entero en sus manos, como ese volante. Ese coche rojo representa su vida de adulto, una nueva vida, un nuevo comienzo. Esa sensación intensa, es una de las pocas que tiene muy presente, por eso todos los días cuando lo enciende, recuerda que su vida tiene sentido. Cuando llega se encuentra con un Torem triste, envejecido y repleto de adolescentes. Es notorio que en el tiempo en que no ha pisado el lugar, el ambiente ha empeorado, ya no se ven grupos de universitarios riendo, pasándola bien, ahora todo lo que se aprecia son adolescentes casi inconscientes, tendidos uno al lado de otro. Por suerte no le cuesta mucho dar con Carla, que aguarda por ella cerca de la puerta. ―Ya creía que ibas a inventarte una excusa… ―le dice Carla. ―Ay, cómo crees… Después de un corto saludo, Carla la conduce hacia el fondo de un salón, donde nunca antes Marianne ha entrado. Ahí es oscuro, donde lo único que ilumina tristemente es algunas luces pequeñas de colores, que apenas dejan ver los rostros de los presentes. ―¡Vamos, no dejes de caminar! ―Carla, se lo repite de rato en rato. Marianne la sigue hasta llegar a un tercer salón mucho más pequeño, donde las luces de colores lastiman sus sensibles ojos. Agacha la mirada deteniéndose por un instante, Carla le hala de la mano de inmediato, pero ya es demasiado tarde. ―¡Quiero a esta nena! –dice alguien por detrás, que la ha tomado bruscamente por la cintura, llevándosela hacia él. Marianne trata de soltarse al tener, en contra de su voluntad, el cuerpo de aquél individuo bien pegado a ella. ―¡Suéltame! ―exige, Marianne, desesperada e histérica. ―Tranquila nena... ―¡Dejala boludo, ella no es esclava! ―interviene Carla, al darse cuenta de lo que ocurre. El tipo la suelta de inmediato y desaparece para evitarse problemas. Marianne siente que todo ocurre demasiado rápido como para ponerse a pensar, luego sólo siente la mano de Carla, que la conduce hacia el fondo. ―Hagas lo que hagas, no dejes de caminar. Esto es un panal de mierda. Llegan por fin a un salón con luz natural, agradable para la vista, sin embargo y tal vez por ese motivo se encuentra casi vacía, ese lugar tiene la apariencia de ser un restaurante de mala muerte, pero Marianne se sienta en la primera silla que encuentra. ―Mirá a quien trajo esta bolu... ―alguien comenta al verlas saliendo del cuartucho de al lado. ―¡Dejá! ―le reprocha Carla entrecerrando los ojos. Marianne reconoce al chico en frente suyo, es Archi, uno nerd de la secundaria. Le sorprende verlo tan descuidado, tan atrevido, pero se siente en confianza y tranquila. ―¿Qué has hecho con tu vida Archi? ―le pregunta, medio en broma. ―Disfruto ―contesta alzando los hombros, relajado, mientras busca algo en su chaqueta ―. Che, Marianne, un pajarillo me contó que te dejó el principito ―sus palabras filosas buscan dañarla. ―¿Sam? ¡No! solo tuvo que mudarse de ciudad ―Marianne explica un tanto malhumorada por sus comentarios. ―¡No sabes cómo se lo va a tomar Nem, cuando se lo cuente! ―dice Archi haciendo una mueca que parece burlona. ―Eso fue hace un año ¡Actualízate! ―le reprocha Carla, que se sienta a lado de Marianne. ―Mejor no le digas nada ―casi le suplica Marianne. Tener de vuelta en su vida a Nem, significa traer caos, ni pensarlo. ―Bueno, pero entonces, ¿festejamos? ―sugiere Archi impaciente, mostrando la pipa gigante y extra larga que tiene en la mesa detrás de él. Marianne recién lo ve cuando se acerca un poco más, mientras sus amigos comienzan a fumar, da una mirada rápida al lugar. Ante sus ojos, aquel lugar se vuelve mucho más triste y decadente, además de sucio, pero eso no le molesta mucho, solo que no logra dejar de sentir que está fuera de lugar, aunque no piensa salir corriendo, quedando mal sus amigos, pero en serio que se arrepiente por estar perdiendo su tiempo de esa forma. Cuando le toca aspirar, siente que no puede, que algo la detiene por un instante, y no es su conciencia, diciéndole que eso está mal, lo que pasa es que siente algo, incluso físico que no se lo permite. ―¿Qué te pasa? ―le pregunta Carla, al darse cuenta que le pasa algo. ―Nada, es que... —se la ve medio confundida y no sabe cómo expresar lo que le ocurre. De pronto lo sabe, necesita salir de ahí. Siente que el olor de ese lugar la mata por dentro, es insoportable, asfixiante, ni siquiera lo quiso pensar mejor, se levanta de la silla y sale de la sala. Pronto se da cuenta que está perdida en un laberinto sin salida, aquel lugar está repleto de gente extraña, intoxicada, a su alrededor las manos de extraños que, sin pudor ni temor comienzan a manosearla en el camino, y en el intento desesperado de huir, da vueltas. Siente vértigo. Es consciente de que pronto va a desvanecerse, y comienza a tener arcadas, incluso se siente mareada, camina apenas, la sensación de que está en peligro es fuerte, comienza a entrar en un estado de pánico, y no se da cuenta que los que la rodean y tocan sus cuerpo, van cayendo inconscientes, uno a uno, como fichas de dominó. Siente por un breve lapso de tiempo que alguien la observa desde lejos. No sólo eso, también siente que ese alguien no le quita la mirada de encima, quiere saber de quién se trata, pero es demasiado tarde, encuentra la salida y huye. Una vez afuera, en la puerta del Torem intenta calmar sus nervios, más relajada, más tranquila piensa que ha sido una ridícula, pero tal vez no es la única que se ha sentido así, que el humo los estaba matando, sin embargo, ya no quiere pensar en aquello, quiere dejarlo en el olvido. Ya en su coche, comienza a sentirse culpable, una serie de sentimientos negativos rondan por su mente, se siente completamente avergonzada y sucia. ―Carla me va a odiar… Unos minutos después ha olvidado por completo la promesa que se hizo de conducir con moderación, y va a más de cien por hora, con el volumen de la radio al máximo, no quiere escuchar por nada sus propios pensamientos, con una mano en el volante y la otra buscando su celular, recuerda que lo no lleva encima, escucha de pronto un ruido extraño. ―Ay, no… no de vuelta… No tiene tiempo para averiguar de qué se trata, en ese momento siente que está perdiendo el control del vehículo, hace un amague apresurado para evitar chocarse con el carro que viene en el otro carril y con un fuerte impacto colisiona en un poste de luz.
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