5.

1217 Palabras
Unos minutos después, Marianne pudo abrir los ojos. Se toca la cara, los brazos, las piernas. Comprueba que sigue con vida, aunque un poco aturdida y adolorida, pero a ella no le ha pasado nada más que el susto y un leve golpe en la cabeza. ―¡Cacharro costoso! ¡No sirves para nada… no tienes por qué fallarme, si te estuve dando mantenimiento…! El que se ha llevado la peor parte fue su querido coche. ―Pero mira cómo quedaste… ―suelta un suspiro. Quiere pedir ayuda, pero no lleva celular―. Si seré una tonta… Se siente algo desorientada al descender del carro. Camina hasta el borde de la carretera por ayuda, pero al ver que no consigue nada comienza a desesperarse, ningún coche se detiene. Cree que va a quedarse a pasar la noche ahí, sola en el frio. Siente terror ante la idea. ¿Y qué pensarían sus papás? La tacharán de irresponsable. No se lo dirán a la cara pero sí que lo pensarían. Se siente muy mal, definitivamente no piensa pasar por eso y para su pesar, no sabe de memoria el número de casa. ―Oh, rayos… Nunca se tomó el trabajo de aprenderse ni el número de Sam, para qué, si siempre tiene a las manos el celular. Atrapada en medio de la nada, vuelve al carro y se encierra. Tal vez algún conductor, de buen corazón, reportaría el accidente y alguna patrulla fuera hasta allá. Pero transcurre más de una hora sin que a nadie le importara. Marianne piensa en Sam, le hace falta, lo necesita ese preciso instante, de pronto un torpe golpe en la ventanilla la pone en alerta. Por un instante cree que se trata de algún patrullero, pero no es el caso. ―Eres tú ―tartamudea, confundida al verle por tercera vez. ¿Cómo es posible que ahora se encuentre de nuevo con ese mismo extraño? No está segura sobre qué debe pensar, tampoco quiere ser devuelta prejuiciosa, pero... ¿y si era un acosador? ―Abre ―le dice, él, haciendo una mueca ambigua. Marianne baja la ventanilla, a pesar de ser consciente de que no es buena idea. ―No te voy a comer ―agrega al darse cuenta que ella duda. El extraño revisa el estado del auto rojo. Silba al ver lo destruido que ha quedado. ―Tuviste suerte, después de todo. Ella decide volver a bajar para ver cómo ha quejado su auto nuevo. ―¿Suerte? ―repite, ofendida entre cerrando los ojos, al comprobar lo grave del asunto. ―Tal como yo lo veo, pudiste perder la vida. ¿No ves cómo quedó la parte delantera? definitivamente tuviste suerte... ―No por mucho ―dice con aire pesimista. ―Tranquila, se alegrarán al saber que estas bien... ―Necesito hacer una llamada… ¿me prestarías tu celular? ―Claro, llama a casa —le alcanza un celular antiguo, de esos grandes de un sólo color. Marianne, nunca había visto uno tan antiguo como el que tiene ahora en las manos, pero sólo se queda contemplando la pantalla. ―Nunca memoricé el número de mi casa ―confiesa, al borde de las lágrimas. ―Marca el 102. Y ella lo hace. El 102 es un servicio de usuarios, que ella desconocía. Cuando la operadora le contesta le piden una serie de datos personales, los cuales Marianne sabe de memoria y cuando confirman su identidad, le brindan el número de su casa. Habla con su mamá, luego con su papá, y cuelga tranquila. ―¿Y bien, que te dijo? ―le pregunta, indiscretamente el extraño, pero ella no le piensa decir. ―Se alegró de que no me haya pasado nada, están en camino. Papá viene por mí ―declara aún desanimada. Marianne y el extraño, aguardan en completo silencio, ella observa que ese extraño hombre, que dice llamarse Greg, está dispuesto a quedarse a su lado, hasta que llegara su papá. Aunque haya sido una fortuna encontrarse una vez más, en ese momento tan crítico dónde no contaba con nadie, las posibilidades de que sus caminos se volvieran a cruzar eran nulas. Y comienza a considerar que no es una persona normal, por todo lo que le ha dicho antes… aunque suene descabellado, en ese preciso momento, parece ser la única respuesta posible. ―Entonces esto no fue casualidad… ―habla pensativa. ―Claro que no. Ha tenido que pasar esto para que creyeras en mí. En ese momento, sus ojos se encontraron por primera vez, y en ese mismo instante Marianne sabe que al menos él se lo cree plenamente. Greg aparece a centímetros de ella, y le besa en los labios. Un sinfín de imágenes sin sentido pasan por su mente, y la sensación de bienestar la embarga por completo, con ese beso inesperado. -¿Qué fue eso? ¿Por qué me besaste? Marianne contempla que le brillan los ojos, cada vez que la mira y a la vez su mirada delata que le oculta algo. Dios mío, estoy delirando… Seguro y es un acosador… Todas las veces que le me ha fallado el carro sin explicación… quizás él tiene mucho que ver con eso. Y están todos esos extraños encuentros con ese tipo, son inusuales, tanto que no sabe qué decir, ni qué pensar. ―¿Qué quieres de mí? ―pregunta ella, sospechando lo peor. ―Que recuerdes. Marianne, exaltada, ni siquiera puede pestañear pero cuando ve que el extraño intenta tocarle la mano, se aparta de inmediato para esquivarle, y sin darse cuenta se ha parado al filo de la autopista, un paso en falso y podría morir ahí mismo. Se da la vuelta, y siente un fuerte vértigo. ―Tranquila, no vayas a moverte ―le dice él. Marianne se queda inmóvil por una fracción de segundos. Esta vez sus ojos vuelven a toparse con los de él, y esta vez puede ver en ellos algo extraño algo oscuro e indescifrable, no es algo afable, ni amoroso, sino más bien es como la muerte misma que refleja en ellos. Y solo entonces, el extraño toma su mano con firmeza y la jala para sacarla del peligro. Luego de eso, no se hablan más. Ninguno de los dos se mira, pero ella siente que en cualquier momento va a desmayarse. Reconoce el coche de Mario, su papá, que aparca a unos pocos metros de donde ellos están, y recobra la compostura. No le importa nada más y corre hasta lanzarse hacia los brazos de Mario, a buscar cobijo, consuelo, y mientras su papá la consuela, recuerda que no están solos. Marianne voltea la mirada y sus ojos se encuentran con los del extraño. ―Él fue el único que me ayudó ―le dice a su padre. Mario se limita a observar al extraño, lo hace con una expresión de falsa cortesía, no intercambian palabras, pero Marianne no logra dejar de verle, lo mira con insistencia. Al darse cuenta, Mario, piensa que su hija ha entrado en shock y la hace subir a su auto. Marianne cree ver al extraño moviendo los labios, como si quisieran decirle algo que sólo ella puede oír: Recuerda Recuerda Recuerda
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR