6.

1827 Palabras
Recuerda Esa palabra ha retumbado en su cabeza desde el instante en que se alejó de él. ―¿Recordar qué? Pregunta que no tiene respuesta. Pero las pesadillas de su infancia han vuelto con la presencia del extraño. Recuerda. ―¿Recordar, qué? Marianne abre los ojos, con la misma sensación de las últimas semanas. La voz del extraño en sus oídos, evitan que pueda pensar en otra cosa. ―Mija, tienes una llamada del joven Sam… Marianne se incorpora de una, y baja velozmente a contestar. ―Amor, he sido elegido representante de la carrera para el certamen –dice Sam, lleno de entusiasmo. Ella ha pedido a todos que no le contaran nada sobre el accidente. ―Felicidades amor… ―pero se muere por verle. ―Será en Los Ángeles… ―Oh, ya veo… ―Y no podremos vernos en nuestra cita de esta semana. Marianne siente que su corazón se rompe como un cristal y que cada trozo la desangra por dentro. Aunque se alegra por él, también se siente triste y comienza a llamarlo constantemente todo el resto de la semana, y eso hace que se sienta como un parásito, una pesada, ya que siempre que lo hace, siempre es un mal momento para él. Pero se siente perdida, ahora que ya no cuenta más con su Claudia, no cuenta con amigas con quiénes salir y tampoco puede contar con sus papás, ellos nunca están en casa, si no fuera por Nana, estaría completamente sola. ―Mija, prueba del desayuno… Nana le lleva la cuchara de avena a la boca, como solía hacer cuando tenía siete. Marianne abre automáticamente la boca y recibe. ―Está sabroso. Te quedó delicioso, Nanita. ―Pero y apenas probaste un bocado, mija, mírate estás piel y huesos, me van a decir que no te alimento… ―Bueno, Nanita, pero solo una porción eh, sé que te das maña para que coma el triple de lo que necesito. Es sábado y como se apuntó a clases de yoga, se alista para ir. ―Mija, te llaman al celu… ―le alcanza el celular. Es Luli, una amiga que vive a dos casas. ―Vaya sorpresa, tenemos tanto que hablar…―le dice ella. ―Voy para allá... Marianne está ansiosa por contarle todo sobre Sam y del extraño con el que se ha topado varias veces la semana pasada. Cuando Luli llega, deciden a último momento quedarse y ponen música a todo volumen para hablar solo de chicos. Como es sábado, por la tarde, Nana se marcha a visitar a su familia, y ellas pueden hablar de todo lo que se le plazca libremente. ―Italia es una maravilla, tenemos que ir para fin de año… los hombres no se comparan con nadie… son los mejores en la cama… deja ya a Samuel, te apuesto que ahora mismo se acuesta con otras mujeres y vos, acá de pelotuda, esperándole… Marianne lo niega con la cabeza. Está segura que Sam le es fiel, como el primer día. ―Sam no es como los otros… él me ama. ―Ay, querida… sos tan inteligente y taaaaan tonta a la vez… Ya recuerda el motivo por el que evitaba conversar con Lali, y es porque siempre intenta meterle esas ideas a la cabeza, pero esta vez Marianne la ignora y le cuenta todo sobre el extraño. ―¿Y lo hicieron en medio de la nada? ―pregunta traviesa, mientras sorbe de su copa. ―¡Para nada! Pero… tienes que conocerlo, así me quitas la sensación que tengo… —le confiesa. ―Contame de qué sensaciones hablamos… Pero Marianne se tilda, no sabe bien por dónde empezar. ―Para empezar… su vos la escuché antes, estoy segura de eso… ―¿Pero y eso qué? No es nada importante, ¿o sí? ―Lo que digo es que su voz… la escucho en mis sueños. Sabes de qué hablo… ―¿Todavía tienes pesadillas? ―Han vuelto, sí, pero es curioso, es como si ese tipo… fuera parte de mis pesadillas… ―¿Y es lindo? ―Sí. No. No, no lo sé… ―en realidad, le parece atrayente, pero no lo va admitir frente a Lali. ―¿Tiene buen cuerpo? ―Sí. Lali hace gestos insinuantes, con la lengua. ―Ya me dio ganas de cogérmelo todito —bromea Lali. ―¿Qué estás diciendo loca? Ni siquiera sabes si es un tipo normal… podría tratarse de un psicópata. ―La que necesita un psicópata enamorado soy yo, nena. Cuando puedas me lo presentas, ¿ok? Si vos no te animas a probar, deja que la demás… ósea yo, nos demos el gusto. Unas horas después de que Lali se fuera, Marianne se siente mucho más relajada, tiene sueño y está lista para irse a dormir. Es la segunda clase de Yoga que pierde, total, igual iba a terminar aburriéndose. Está con su remera de la escuela, la que usa para dormir todo el año, sin importar el calor o el frío, le tiene especial cariño porque Sam la usaba, y ahora se la pone para no sentirse sola. Se lava los dientes y bebe agua, al volver a su recámara siente una ráfaga del viento frío que entra por la ventana trae consigo un olor especial. ―Ese aroma… Con los ojos entrecerrados por el peso del cansancio, se asoma a la ventana para ver de dónde proviene. Aspira profundamente. ―Es delicioso… De repente, y sin motivo alguno mira hacia abajo. Y le ve. El extraño está ahí mismo, a la asombra del único árbol, que su familia ha permitido preservar. Esta vez lleva un atuendo diferente y su aspecto... tal vez el único cambio era su aspecto, de pronto, como si pudiera sentir el calor de su mirada, el extraño le devuelve la mirada, esto la inmoviliza por un instante. ―¿Cómo llegaste hasta aquí? ―pregunta al aire, y no espera respuesta. Ya para entonces ha perdido el sueño, a pesar de querer engañarse, sabe muy bien que tiene muchas ganas de verlo. Tal vez sólo se trata de un sueño… Pero… ―Todavía estás ahí… Esta vez su mirada no le transmite nada, y sin embargo, siente tanto interés hacia él… No lo comprende, pero lo que sí sabe es que no puede resistirse por mucho que quiera. Debe bajar y ver por ella misma, tocar para comprobar que no se trata de un simple sueño o un espejismo. En el trayecto al piso de abajo, la imagen de Sam se hace presente en su mente, es inoportuno, a modo de amonestación, le trae un mal sabor de boca, pero ella no piensa serle infiel, solo es la curiosidad de saber si en verdad está ahí, al pie de su ventana, esa curiosidad es fuerte, y la ansiedad de poder verlo de nuevo nubla su mente. Al cruzar la puerta el frío no le importa, camina rápidamente, casi corriendo hasta llegar al pie de su ventana, y entonces lo ve… Permanece ahí, no se ha movido ni un solo centímetro, pero sus ojos la siguen a donde vaya. Marianne suelta un suspiro profundo, como para reunir el valor y se va acercando lentamente, tímida, ansiosa, esta vez ya sin miedo, es consciente de ello. Posa su mano izquierda en el pectoral del extraño y confirma que ahí adentro hay un corazón latiendo con mucha fuerza. ―¿Qué hace aquí? ―vuelve a preguntar, al confirmar que es real, que está ahí y no se trata de un espejismo, ni de un sueño. ―Yo siempre estuve aquí… ―el extraño responde, hay calidez en sus palabras. Y en ese momento, un fuerte sentimiento nace hacia él. Ese aroma, el que ha sentido antes, ahí es más intenso… Es una mezcla de canela y sales marinas, es un olor demasiado familiar para ella. Lo aspira tanto, que le parece que tiene mucho que ver con el extraño, con Greg y pretende confirmarlo, pero él se le adelanta. Toma una de sus manos y se la lleva hasta sus labios y la besa, como si por mucho tiempo estuvo esperando ese momento. Y desde la marca que dejan sus labios, un escalofrío recorre su cuerpo, Marianne siente que ese beso es más que eso, no entiende el cómo o el por qué, pero sabe que es un regalo de vida, sin embargo ella empalidece, se siente enferma. ―Es pasajero… Su tono tiene algo que llega a apaciguarla, pero ya no puede pronunciar palabras… de hecho son innecesarias. ―Ven conmigo… Es casi hipnótica su mirada... En ese silencio, Greg la lleva por un camino que ella nunca antes pudo conocer hasta ese momento, y simplemente se deja llevar, a sabiendas que puede ser un terrible error de su parte. Se detienen solo al llegar a una especie de cabaña abandonada, que dista mucho de su casa. Greg le dirige una mirada, para que se detenga, que aguarde en su lugar. Le toca su hombro izquierdo y ella, como hechizada se le va acercando, hasta sentir el calor de su cuerpo. Es la primera vez en su vida que siente verdadera calma, una especie de alegría que nunca antes ha experimentado hasta ese momento. Tiene le corazón acelerado. Tanto que quiere decirle lo que le pasa, pero nuevamente Greg se le adelanta, y con un gesto de los dedos le hace entender que no debe pronunciar palabras. Sin embargo ella insiste. ―Esto es…alg… —No hables… Pero su voz está en su cabeza, y eso la confunde, las dudas vuelven a rondar en su cabeza. —¿A caso esto es un sueño? —Concéntrate en mi voz… Pero ella se pierde… La posibilidad de que todo aquello sea un sueño más, le devuelve la pesadez, la tristeza de siempre. ―Lo tengo que pensar mejor, pero los hechos hablan ―confiesa más para ella misma. Su rostro refleja claramente que se encuentra confundida. ―Eso ya me lo has dicho antes… Mientras los segundos transcurren, el desconsuelo comienza a filtrarse en sus venas, de pronto Greg ya no está más, y conforme aquellos sentimientos la invaden, todo se va mutando en una oscuridad total. Ya no lo resiste. No puede. El peso de los brazos de Greg, y el calor de su cuerpo se desvanece lentamente, ella ya no distingue su rostro, ya no puede sentir ese aroma peculiar, que los envolvía, ahora no queda nada más que oscuridad, la pena, el dolor insoportable se adueñan de su cuerpo, como si se tratara de una enfermedad, la corroe por dentro. Marianne cae de rodillas.
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