Despierta
Marianne, con mucho esfuerzo abre los ojos, sin embargo, aquella pena permanece intacta en su interior y lo detesta.
Se sienta de golpe. Está en su dormitorio.
―No puede ser…
Mira las botellas del día anterior y la chaqueta que Lali ha dejado olvidado sobre el tocador, y todo lo que recuerda, se lo atribuye a la borrachera.
Ve que la ventana permanece cerrada, como la ha dejado la noche anterior. Siente el dolor de cabeza al incorporarse de golpe, pero no le importa, camina a tropezones hasta abrirlas por completo.
Pero ese aroma tan particular ya no está, está segura que toda su vida la ha sentido, que la ha tenido siempre presente y que nunca hasta ese preciso instante, le ha prestado verdadera atención.
Unos minutos más tarde baja al comedor.
Sus papás almuerzan en casa, cosa rara.
―Buenas... tardes ―saluda al darse cuenta. Está de pésimo humor pero no tiene por qué demostrarlo.
Responden a su saludo, pero la mirada de su papá le dice que tiene que dar explicaciones, sin embargo, prefiere pasarlo por alto e ignorarlo.
―¿Han sentido el olor que viene de afuera? ―les pregunta como si nada sucediera y toma asiento. Tiene bastante apetito, y comienza a servirse de todo un poco, hasta tener el plato lleno.
―¿De qué olor hablas, corazón?―pregunta Olivia, su mamá, que deja el celular a un lado, para prestarle atención.
―El que siempre entra a mi dormitorio por la ventana.
Marianne se sirve otra bola de papa, sus preferidas.
―Tal vez es de la cañería, llamaré a un plomero ―y regresa al celular.
―No se trata de peste, es un aroma diferente pero no es un mal olor ―Marianne, insiste, un tanto impaciente.
―No sé de qué hablas, corazón.
Pero Marianne quiere seguir con el tema.
―Nunca hablé de eso pero lo siento a menudo… ―esta vez ninguno de los dos le responde. Cree que la toman de loca.
―Luego subiré a ver, corazón ―después de varios minutos le responde Olivia, esta vez sin demostrar demasiado interés sobre el tema.
―¡No está más! Ya no lo puedo sentirlo… por eso lo preguntaba…
―¿Preguntaste a Nana? Puede que sea uno de sus inciensos… le dije que no los use más acá...
―No mamá, a mí me gustan, y no, no es de incienso… ―continúa un poco impaciente, pero se da cuenta que es inútil seguir hablando de aquello –. Estoy satisfecha, subo a estudiar. Que tengan bue apetito.
―¿Hoy no tuviste clases?
―¿Clases? Si hoy es domingo, papá…
―Mira tu celular…
Marianne lo hace.
―Rayos… es lunes… ―se da cuenta que ha faltado a la universidad, para variar a las clases de Huerta.
Pero…
Si se pone a hacer memoria, lo último que recuerda es que era sábado, y charlaba con Lali, y luego… Greg.
Rápidamente y sin dar explicaciones sube a su dormitorio.
―¿Cómo es que me quedé dormida todo el domingo? ―mira todo a su alrededor, Nana se ha encargado de ordenar todo, no hay una solo indicio de que ahí, en su habitación haya ocurrido nada fuera de lo normal.
Pero, todavía se siento cansada, y se recuesta.
―Solo unos minutos…
Pero se queda dormida.
Dentro del sueño, la oscuridad la envuelve, y el frío hace que su piel se achine, al grado de martirizarla. Va caminando por una calle vacía, ahí no hay una sola persona, pero no se detiene.
Tengo que encontrar…
Tengo que encontrarle…
Y entonces una voz, que viene de todas le dice:
Recuerda.
―¿Recordar, qué?
Despierta de golpe con un mal sabor en la boca. Sigue con el mal humor.
Mira al reloj y suelta una maldición.
―He dormido doce horas, DOCE HORAS.
Se incorpora, con un fuerte dolor de cabeza, y con la fuerte sensación de que necesita, de que tiene que ver a Greg.
Más tarde pide prestado el carro a Olivia, y tiene que prometer dos veces que conducirá con mucho cuidado.
Debe encontrarlo. Siente que le debe explicaciones, al menos quiere entender el motivo por el que toda la anterior semana, desde el accidente con su coche ha tenido una suma de sueños extraños que la deprimen.
Quiere pensar que sus comentarios absurdos la han influenciado y nada más, que ese es el motivo, quiere comprobar que el tal Greg no es más que un enfermo mental, un drogadicto más que ha jugado con su mente, pero como no sabe muy bien por dónde buscarlo, se le ocurre de repente que debe volver a la misma autopista, donde lo ha visto por primera vez.
Pero una vez que llega ahí, no hay ni el más mínimo rastro de él, no lo ve por ningún lugar. Parece una idea tonta haber conducido hasta ese lugar.
De todas formas, recorre toda la autopista, de ida y de vuelta, varias veces, y luego, todas las autopistas aledañas, pero al no tener éxito el resto de la noche, da vueltas sin rumbo fijo y sin éxito.
Con todo eso, se siente decaída, es presa de una tremenda agonía interna, pero no se va a dar por vencida, hasta encontrarlo.
—No me detendré hasta que te vea…
El vacío insano que siente, siempre cuando está sola comienza a torturarla, necesita ver a Greg.
Es demasiado frustrante porque las anteriores veces que se lo ha topado en el camino, fueron lo último que podría haber deseado en esos momentos, pero ahora que lo necesita, que necesita, no está.
Una fuerte punzada en la cabeza casi la hace llorar del dolor.
Desiste.
Debe volver a casa.
En ese momento, justo con el dolor de por medio, se le viene a la cabeza la respuesta.
—Ya lo entiendo todo, es porque ahora no estoy en peligro —reflexiona.
Si eso es cierto, sólo basta pisar hasta el fondo el acelerador y esperar a que suceda algo malo. ¿Aparecería de la nada para salvarla?
Para creerse todo eso tiene que loca y ella no lo está… ¿o, sí?
De todas formas, no piensa arriesgarse en vano, conduce hasta llegar al lugar del accidente.
Baja del carro y llega hasta el poste de luz, que todavía sigue torcido desde el choque, pero no hay rastros de Greg por ningún parte, su necesidad de verle se vuelve en obsesión.
—¡¿Dónde estás?! —pregunta gritando.
Después de considerarlo por unos minutos, decide que lo va hacer, va arriesgarse y ponerse en peligro por propia voluntad, todo para saber si está en lo correcto.
Regresa al carro y respira hondo. Se prepara, tan solo tiene que acelerar y ya, pero algo, quizás un sentido de auto preservación se lo impide. ¿Por qué ahora tiene miedo a correr?
Reúne valor de donde sea. Está a punto de encender el carro, cuando se da cuenta que Greg está ahí, frente a ella.