Aunque no se lo cree, baja para verle mejor.
Ahí está, el extraño de la vez anterior, con la misma ropa, con el mismo atuendo que tenía en sus sueños.
Esta vez, su corazón late con mayor intensidad, tiene que tocarlo para saber si era o no, real. De inmediato y sin dudar, se va acercando mientras él permanece inmóvil, como un mero observador. Marianne se atreve, como en sus sueños a acariciarle los pectorales, todo él, está impregnado con ese aroma tan peculiar.
No, no está loca.
Era real.
―Eres real ―ella musita en voz alta. En realidad habla consigo misma, pero lo acaricia de manera insistente, sintiendo que sus ojos la queman… ella le devuelve la mirada, es necesario acercarse, apegarse a su cuerpo, tal vez buscando sentir lo mismo que ha sentido en sus sueños.
Es más alto que ella, por lo que tiene que levantar la mirada, sólo para comprobar que tiene la misma mirada que en sus sueños.
Eso la aterra, le hace sentir culpable… y se aparta de golpe, pero se ve rodeada por sus brazos, en ese momento, es embargada por una sensación de paz, siente que al fin, todo en su mundo se encuentra en perfecto orden. Da la vuelta para saber lo que él piensa y siente, de repente tiene tan cerca sus labios y le atraen, es algo que no puede contenerse, ella le besa. Y ese beso es como subir al cielo y volver a bajar.
―Lo que sientes es normal, has despertado… ―ese tono tan profundo, tan familiar, y dolorosamente cargada de sentimientos, hace que se aparte de él.
¿Por qué me he dejado llevar?
Hace poco le juraba amor eterno a Sam y lo que está sintiendo en ese momento, por ese extraño, está fuera de todo entendimiento y lógica, y se recrimina por todo lo anterior, a pesar de que Greg parece sentir lo mismo que ella.
―Tus temores sólo te harán miserable ―le dice, él, desde atrás. Y cada vez que pronuncia una sola palabra para ella es el cielo.
Pero tiene que concentrarse y no dejarse llevar tan fácilmente.
―Dijiste que he despertado…
―Todo a su tiempo ―Greg mira al cielo tornarse gris―, debemos largarnos de aquí.
Marianne sube a su carro, es altamente riesgoso hacerlo, lo sabe pero lo hace.
—¿A dónde vamos? —pregunta ella.
—A casa —Greg, responde como si fuera obvio.
Marianne conduce siguiendo sus indicaciones.
Llegan a una cabaña de madera vieja y musgosa, muy parecida a la del sueño. Está asombrada, no lo puede creer, aunque lo tenga al frente.
Una vez dentro, lo siente de inmediato, ahí adentro ese aroma tan particular reina y le gusta. Ahí adentro todo es sumamente sencillo y posee un aire mítico, al fondo, puede contemplar un par de velas negras encendidas en una especie de altar. La cama que está en una esquina es vieja, pero se ve cómoda.
—Este es tu verdadero hogar.
Marianne se mantiene en silencio. Para ella, ese lugar está lejos de considerarse un hogar.
—Quiero saber... —quiere preguntarle muchas cosas pero ve que Greg no le presta atención, sirve en dos vasos una bebida caliente, uno se la alcanza.
—Antes tienes que beber.
Sabe muy bien que nunca debe aceptar bebidas de un extraño, pero pensar que Greg es un extraño, ya le parece absurdo.
Greg se la ofrece.
Solo que al ver ese líquido grisáceo y fangosa, le parece asquerosa.
―Esto tiene una pinta a pantano…
Greg se la bebe de una, y ella, presionada por su mirada, esta vez impaciente, se lo bebe de una. Y sorpresivamente, el sabor es dulce y le gusta.
—Acércate― le dice él.
Y ella lo hace.
La rodea hasta ponerse detrás de ella. Marianne descubre que en frente de ellos hay un gran espejo de cuerpo entero. Le llama la atención el extraño marco tallado en oro.
―¿Dime que ves? ―pregunta él, solo entonces Marianne contempla con detalle su reflejo, sus ojos se quedan fijos en su silueta.
―A nosotros.
―¿Eso es todo lo que ves? ―Greg se escucha decepcionado. Marianne sigue buscando otra cosa para mencionar.
―No sé, me veo feliz…
―¿Eso es todo lo que puedes ver? Contempla, mira más allá...
Marianne se esfuerza.
—Veo... ―comienza a pronunciar sin saber qué más decir, hasta que al fin lo descubre―. Mis ojos… son celestes, soy… ¡soy como tú! ―se exalta, sorprendida por el truco de magia.
―¿Por qué eres como yo?
―Porque... —tartamudea sin tener idea.
—Porque nací para ti, yo soy tu arma.
Greg la suelta, donde antes hubo calor, ahora siente frío.
―¿Ahora qué es lo que ves?
Ella vuelve a ver su propio reflejo, esta vez no le gusta lo que ve en el reflejo.
―Siento que me hace falta algo, que me haces falta tú… ―sus ojos ahora, vuelven a ser los de siempre―. Mis ojos...
Greg ignora su sufrimiento.
Marianne contempla a la misma Marianne de siempre, pero ahora se ve como realmente es: una persona muy triste y sin un motivo para existir.
―Por fin lo entiendes… Marianne, mi Marianne…
De un segundo para el otro, Greg aparece al frente de ella, cubriendo con su cuerpo el espejo.
―Estuviste dormida por un largo tiempo…
Por un instante se muestra complacido con ella.
―Muchos humanos pasan toda su vida buscando el motivo de su existencia. Muchos mueren sin saberlo, pero tú, hoy por fin lo viste, hoy al fin abriste los ojos.
Marianne se da la vuelta y por instinto se lanza a él, se aferra con un desesperado abrazo, siente en su rostro la calidez de su cuerpo, no piensa soltarlo nunca, siente que debe pertenecerle en cuerpo y alma. Trata de tocarle, ahí donde nunca antes se atrevería por pudor, pero él suavemente la detiene con la mano.
―Cuando sea el momento… ―no tiene intención de ofenderla―. Ahora que lo viste por ti misma, debes guardarlo en completo secreto. Esto es sólo para ti.
―Pero... ¿por qué?
―¿Sabes lo que le pasa a los que hablan de este tipo de cosas? ¿Qué crees que te pasaría?
La impaciencia parece gobernarlo de nuevo.
Marianne guarda silencio. No es católica, no pertenece a ninguna religión, pero hasta ella sabe lo que pasaría si se pone a contar todo lo que ha experimentado.
―Me meterían en un loquero…
Ambos se quedan en silencio por algunos minutos.
Marianne siente la mano helada de Greg, llevándola hacia afuera de la cabaña, se mueve a una velocidad imposible y le cuesta ir a su paso, cada tanto él se da la vuelta para comprobar que sigue ahí, y que está bien, y al hacerlo, le regalaba la mejor sonrisa que tiene.
Llegan a una especie de terreno baldío, y Greg disminuye su ritmo al verla exhausta. Siguen caminando hasta llegar a una especie de bosque lánguido que les protege del mundo exterior. Están ahí, solo los dos.
Greg le señala un gran hoyo en el suelo.
―¿Qué es?
―Es el pozo.
Ese pozo que a simple vista no habría visto nunca.
Caminan hasta llegar allí, miran hacia abajo, no parece tener fondo, Marianne siente vértigo y casi termina vomitándose encima.
―Es por aquí... ―dice él.
―¿El qué? ―pregunta, un tanto perdida.
―¿Aun no lo entiendes?
―Creo que no.
―Tal vez no es el tiempo para que lo entiendas, pero tiempo es lo que no tenemos...
―¿Qué sucede? ―vuelve a preguntar, ahora impaciente.
Los ojos de Greg se tornan completamente oscuros, como un pozo profundo y ciego, Marianne siente miedo.
—No es el tiempo para que lo sepas, pero tienes que grabarlo muy bien en tu cabeza, que todo empieza aquí.
Ella lo guarda en su memoria, pero sus ojos la traicionan en el intento, quiere que ese momento perdure, que no acabe jamás. Habría querido gritarlo al mundo entero, aunque se lo haya prohibido prácticamente, pero aquello no le quita nada, es todo lo contrario.
―Tienes que volver a tu hogar ―Greg, le dice de un momento a otro.
―Mi casa es aquí contigo...
―¡Tienes que volver ahora mismo!―insiste de manera que no cabe dudas.
La lleva de regreso y en silencio, Marianne se siente confundida a pesar de que Greg está tranquilo. Se pregunta si no lo ha ofendido o peor aún, decepcionado por algo que dijo, o no hizo. Comienza a sentirse peor cuando reconoce el lugar, es en dónde lo ha visto en sus sueños, están de vuelta al pie de su ventana.
―Ese el frío… ahora ya sabes que yo también lo siento.
Pero Marianne no lo entiende en ese momento, sino hasta muchas horas después, Greg habla del frío, ese, que viene acompañado de un inmenso dolor y una tristeza insoportable.
No quiere dejarlo ir y sin embargo comprende que debe cerrar sus ventanas para que se marche tranquilo, pero en su interior, el frío se hace mucho más insoportable…
¿Qué ha dicho Greg?
Que él también lo siente… el frío…
Siente que toda la pena del mundo corre por sus venas, es ese vacío en el estómago que no se lo desea a ningún enemigo suyo. No logra ni siquiera imaginar cómo va a vivir así y lo peor de todo; Greg no le ha dicho cuándo volverá por ella.