08 | ACEPTO

1447 Palabras
Brooklyn Tengo sed, sueño, me duelen los brazos, el trasero, me siento sucia, siento que perdí el sentido del olfato y necesito comida. Y juro por Dios que si llego a ver una puta rata, terminaré matando a alguien. Siento las lágrimas humedeciendo mis ojos, de rabia o tristeza, lo que sea que me esté consumiendo en este momento además de la inanición. Pero me contengo para no llorar, no quiero que piense que me tiene en la palma de su mano porque no es así. Escucho el ruido del metal y levanto la cabeza en dirección a la puerta, recobrando la compostura. Pero debo esforzarme el doble cuando veo a Don sonrisítas entrar lo más despreocupadamente con las manos en los bolsillos. —Tardaste mucho —me quejo—. Estoy helandome aquí abajo. Si me resfrío y muero será tu culpa. —Yo moriré si sigo oyendo tus quejas. Estás haciendome arrepentir de no haberte asesinado y dado como alimento a mis perros. —Que bueno que te escudas detrás de tu porte intimidante porque eres un maldito arrogante insoportable. Suspira con hartazgo y se da media vuelta. —¡Alto, espera! Sí, está bien, lo haré. Finalmente se detiene pero no me mira. Maldito altanero. —Acepto casarme contigo, por dios, solo sácame que huele a muerto aquí. Se gira y mientras camina en mi dirección mete la mano en su bolsillo y se para detrás de mí, temo que quiera cortarme la lengua por habladora, pero casi suelto un suspiro de alivio cuando escucho el sonido de la llave contra el metal. —La decisión correcta —habla muy, muy cerca de mi oído. Si no me dió otra opción, o sí, ser comida por ratones. Pero me las pagaría, como el infierno que lo haría. Se para frente a mí y su sonrisa victoriosa me da ganas de golpearlo hasta el cansancio. Algo me dice que ese matrimonio no nos convenía en nada, que acabaríamos tratando de matarnos el uno al otro. Froto mis muñecas adoloridas y me levanto para ir directo a la salida cuando un cuerpo robusto se interpone en mi camino. Estrecho mis ojos en dirección del grandote impidiendome salir, y me cruzo de brazos. —Déjala salir, de cualquier manera no tiene forma de escapar. Puse los ojos en blanco. El gorila acató su orden y pasé por su lado mirandolo como si pudiera enterrarlo tres metros bajo tierra, como si no midiera tres cabezas más que yo. Avancé por un pasillo lúgubre, con luces amarillentas, hasta unas escaleras y cuando finalmente estuve arriba, me sorprendió encontrarme con algo completamente distinto. La propiedad era enorme, con pasillos extensos y cientos de puertas. Mientras buscaba alguna que estuviera abierta, me deshice de los incómodos zapatos de tacón, casi suspirando al liberar mis pies de esa tortura medieval. Para mi mala suerte, el bastardo sin nombre tenía razón, no podría escapar. No solamente porque no conocía la propiedad ni sus alrededores, sino también porque no sabría a dónde huir, además estaba muy hambrienta y cansada, no llegaría lejos. Abrí una puerta y me encontré en cuarto que parecía desocupado, entré y lo primero que hice fué arrojarme a la cómoda y cálida cama, sintiendo mis párpados pesados. En medio de toda la pulcritud, porque parece que jamás habían usado esa habitación, puedo percibir el olor a humedad en mis fosas nasales y me siento sucia. Me levanto a regañadientes y arrastro mis pies hasta una de las puertas en la habitación, esta da al impecable baño completamente blanco, de mármol y con una increíble ducha. Me quito el vestido y las bragas, no llevaba brasier con ese vestido. Busco algún jabón con el que pueda quitarme la suciedad del cuerpo y una vez en la ducha froto mi piel con uno que encontré en uno de los cajones, dejando que el agua cálida relaje mis músculos adoloridos. Mis muñecas se encuentran rojas y rezo para que no tengan moretones. Comienzo a asimirlar dónde me encuentro, aunque técnicamente no lo sé con exactitud. No sé una mierda. No sé quién es él o qué hace. Aceptar ese trato fué solo una forma desesperada de salir de aquél jodido lugar, pero no tengo idea de en lo que me estoy metiendo. Solo que es cuestión de tiempo para que mi actitud joda a ese idiota y entonces ya no haya vuelta atrás. Maldigo mil y un veces haber estado en ese callejón aquella noche. Pero de seguro Cara ya le había informado a la policía y estaban buscandome, aunque no lo sé con certeza, menos a sabiendas que ella sabía que había gente peligrosa allí, ¿y si la policía no hacia nada? No, van a encontrarme, lo sé. Solo debo mantener mi impulsivo, obstinado y caprichoso trasero a salvo. El único peligro aquí soy yo, inclúso para mi misma. Envuelvo mi cuerpo en una toalla y salgo de la ducha. Mi vestido huele feo y de cualquier forma no puedo ponerme eso para dormir, menos las bragas ya usadas. Salgo del baño y reviso los cajones de los muebles en la habitación, con la esperanza de encontrar algo que ponerme, pero todos estan vacíos, claro. Escucho el sonido del pomo de la puerta y me tenso de inmediato, dando un salto mientras tomo lo primero que está a mi alcance para defenderme. Una risa burlona llega a mis oídos y mis dedos se apretan contra el metal de la lámpara entre mis dedos. Apreté mi mandíbula. Idiota. —Deja eso, ambos sabemos que no tienes oportunidad contra mí, linda. Pero no bajo la lámpara. Él deja lo que parece ser ropa limpia sobre la cómoda a su lado. —¿Qué es eso? Él me da una mirada de ¿No es obvio? —Ropa —respondió en ese tono obvio que tanto me molesta, haciendome rodar los ojos, porque sabe que no me refiero a eso—. Es para tí. —Ni en sueños me pondré eso. —Bueno, si prefieres dormir desnuda no voy a oponerme. Hago una evidente mueca de asco, arrugando mi naríz, —Eres un pervertido A él no le importa mi comentario, se queda de pie con las manos en los bolsillos de su pantalón. Me siento inquieta sabiendo que solo llevo una toalla, aunque su mirada no abandona mi rostro. —Está bien, me cambiaré, pero vete. —¿Acaso te pongo nerviosa? Me abstengo de poner los ojos en blanco y con seguridad camino hasta él, para que vea que no me afecta de ninguna forma, —Claro que no, idiota. Tomo la muda sobre el mueble, —No estoy acostumbrada a cambiarme frente a asesinos que me secuestran para hacerme propuestas estúpidas, es solo eso. Antes de que pueda alejarme sus dedos atrapan mi muñeca. Tira de mí hacia él, mi pecho desnudo contra el suyo separado simplemente por una toalla con un agarre peligroso y de pronto sí estoy afectada. —Bueno, siempre hay una primera vez para todo, ¿no? —replica en un tono bajo, y estamos tan cerca que puedo sentir su aliento fresco acariciando mi rostro—. Eres mi prometida ahora, mi futura esposa, deberás acostumbrarte a que te vea desnuda. Hago un sonido de burla. —Ni en tus más retorcidos sueños —remarco cada palabra. —Sí, allí también —pronuncia mientras sus ojos se deslizan hacia mi boca. —Sueltame —digo tratando de alejarme, pero su mano en mi espalda baja y la otra tomando mi muñeca me lo impiden—. Por favor —intento no sonar suplicante. Su mirada mantuvo la mía unos segundos más donde pude sentir un calor naciendo en mi pecho y esparciendose bajo mi piel. ¿Qué estaba pasandome?. Finalmente me soltó y fué como si saliera de un trance. Sale de la habitación sin decir nada más y esa vez me apresuro en ponerle seguro. Apoyo mi espalda en la madera, soltando el aire que no sabía que tenía atrapado en mis pulmones. ¿Cómo había podido afectarme? ¿Qué estaba mal conmigo? Mando esos pensamientos al fondo de mi mente y dejo caer la toalla al suelo, vistiendome con aquél pantalón n***o para entrenar y una camiseta de mangas cortas blanca. Las dos cosas obviamente me quedan enormes. Estar sin ropa interior es jodidamente incómodo, pero no tengo de otra. Ni siquiera desenredo mi cabello, simplemente arrastro mis pies hasta la cama y me envuelvo en las limpias sábanas. No lucho con el sueño porque la verdad es que si hubieran querido hacerme algo estando inconsciente ya habían tenido oportunidad de hacerlo.
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