Capítulo 2

1443 Palabras
Ahí. El latiguillo de freno en la rueda delantera del pasajero. Me pongo en cuclillas. Saco la linterna. La mantengo firme. El latiguillo está cortado. No desgastado. No roído por una rata. No reventado por la edad, el calor o la presión hidráulica. Cortado. Limpiamente, de un solo tajo, en un ángulo que ningún accidente en la tierra produce. Es el tipo de corte que se obtiene cuando alguien pone una cuchilla afilada contra una línea de goma y tira hacia sí en un movimiento seguro, porque sabe exactamente lo que está haciendo y lo ha hecho antes. No me muevo durante un segundo. Me quedo allí en cuclillas, con la linterna en la mano, y siento cómo se me eriza cada pelo de la nuca, uno a uno, de la forma en que el vello se eriza cuando tu cuerpo ha entendido algo antes de que tu mente haya aceptado hacerlo. El garaje está muy silencioso. Me pongo de pie lentamente. No quiero. Mis rodillas no quieren, y tampoco quiere la parte animal de mí que acaba de empezar a prestar atención. Miro alrededor a todo el espacio, a todos los rincones, a los pequeños cuadrados de negrura detrás de los armarios de herramientas. No hay nadie. Es obvio que no hay nadie. Las puertas de las cabinas están bajadas. La oficina está a oscuras. La puerta del callejón está cerrada con candado. Sé todo esto. Acabo de recorrer todo el local. No hay nadie aquí. No hay nadie aquí. Me lo digo a mí misma dos veces, y no me lo termino de creer ninguna de las dos. La cámara de seguridad sobre la puerta de la oficina me guiña su pequeño ojo rojo, constante, paciente, como hace siempre. Miro hacia arriba y, durante un estúpido segundo, la saludo con la mano. Como para decir, hola, soy solo yo, que conste en acta que solo era yo, por si pasa algo esta noche y alguien tiene que revisar la cinta mañana. Voy a la bandeja de órdenes de trabajo en la pared junto a la oficina. Reviso los portapapeles hasta que encuentro el del elevador tres. La hoja superior está grapada a una impresión. Nombre del cliente, impreso claramente en la parte superior: DE BLASI, LUCAS. Me quedo mirando ese nombre. De Blasi. Igual que el taller. Igual que el hombre cuyo nombre está pintado, medio descascarillado, sobre la puerta principal. —Familia —digo en voz alta. Por supuesto. Claro que tendría familia. Tony nunca ha dicho ni una palabra sobre un hijo, un hermano, un sobrino, nada. Tony no dice ni una palabra de nada que no sea una especificación de par de apriete. Pero el taller se llama De Blasi Auto Repair, y hay un Porsche en el elevador tres registrado a nombre de un tal Lucas De Blasi, y alguien le ha cortado el latiguillo del freno. Hago el cálculo que no quiero hacer. Alguien quiere muerto a un De Blasi. O al menos, alguien quiere que un De Blasi pierda el control de su coche muy rápido en la autopista a ciento diez kilómetros por hora y ver qué pasa. Y esa persona o bien entró en este garaje sin romper nada visible, o entró durante el horario laboral cuando nadie miraba, o —y este es el pensamiento que no quiero tener, y sin embargo aquí está, posado en el banco de trabajo de mi mente como una llave que alguien dejó fuera— o le dejaron entrar. Me detengo. Me obligo a detenerme. Ese tipo de pensamiento es exactamente el tipo de pensamiento que enreda a una persona en cosas que no son suyas. Soy mecánica. Soy la mecánica que no hizo este trabajo, en un coche que no está en mi hoja de trabajo, para un cliente que nunca he conocido. Mi papel en esto es redactarlo honestamente, decírselo a Tony por la mañana e irme a casa. Cojo una hoja de orden de trabajo nueva. Hago clic con el bolígrafo dos veces, que es un tic nervioso que tengo desde los diez años. Escribo, con las cuidadosas letras mayúsculas que nos obligaban a practicar en St. Catherine: NOTA NOCTURNA — ELEVADOR 3 / DE BLASI L. — PORSCHE 911 — LATIGUILLO DE FRENO DELANTERO PASAJERO PARECE SECCIONADO. NO DESGASTE. CORTE LIMPIO. RECOMIENDO INSPECCIÓN COMPLETA ANTES DE ENTREGAR VEHÍCULO. NO HACER PRUEBA EN CARRETERA. — E. Lo engancho en la parte superior de su portapapeles, sobre la impresión, donde nadie podría pasarlo por alto. Subrayo las palabras no hacer prueba en carretera dos veces. Luego, como he visto suficientes documentales en televisión por la noche como para saber cómo van estas cosas, saco mi teléfono y fotografío el latiguillo desde tres ángulos. Fotografío la nota de la orden de trabajo. Fotografío el portapapeles. No sé por qué. Simplemente lo hago. Mis manos lo saben antes que yo. Luego doy la vuelta y reviso todas las cerraduras del edificio, por si esta noche es la noche en que el patrón se rompe. Puertas de cabinas, bajadas. Candado en la puerta del callejón, en su sitio. Puerta de la oficina, echada. Puerta principal, lista. Panel de alarma, parpadeando en verde. Marco mi código. La alarma me da el pequeño y alegre pitido de despedida de dos tonos de siempre, que encuentro, esta noche, ligeramente insultante. Cierro la puerta principal con llave detrás de mí. Me quedo de pie bajo la luz de sodio zumbante del aparcamiento y miro hacia arriba. El cielo sobre Brooklyn no es realmente un cielo. Es la pálida mancha naranja que obtienes en lugar de un cielo cuando vives en un lugar con demasiadas farolas, y he hecho las paces con ello. Una vez, cuando tendría quizás once años, una de las chicas mayores de St. Catherine me dijo que había lugares en el mundo donde se podían ver tantas estrellas que dolía mirar hacia arriba, y decidí no creerla, porque era más fácil no hacerlo. Pero esta noche la luna está ahí, al menos. Una rodaja. Fría y fina y colgando sobre la línea del tejado como si me estuviera observando intentar llegar a mi coche. La sensación empieza en mis omóplatos. Ahí es donde siempre la siento primero: ese hormigueo específico que no tiene nada que ver con el frío, el que mi cuerpo inventó cuando era pequeña y tenía que saber antes de que nadie me lo dijera si el ambiente en una habitación era seguro o no seguro. Alguien me está observando. No giro la cabeza. He aprendido, durante mucho tiempo, a no girar la cabeza. Girar la cabeza anuncia que lo sabes, y saber no es siempre lo que quieres que la otra persona sepa que sabes. Camino hacia mi Honda. Mi Honda es del color de una batería que se ha dejado bajo la lluvia, y tiene ciento noventa y dos mil millas, y lo quiero como se quiere a un perro que te ha seguido a casa desde tres vidas distintas. Preparo las llaves antes de llegar a él. Tengo la puerta abierta en dos segundos. Estoy dentro en tres. Cierro todo con llave antes de exhalar un suspiro. Entonces, y solo entonces, miro. Al otro lado de la calle, a media manzana, encajado entre una furgoneta de reparto y una boca de incendios, hay un todoterreno n***o. No está arrancado. Sus faros están apagados. Sus ventanillas están tintadas tan oscuras que desde aquí, con esta luz, se ven como una pieza continua de la noche. Está aparcado en un ángulo extraño, no del todo paralelo, como si quien lo aparcó tuviera prisa y no le importara. No hay nadie en la acera. No hay nadie en la parada de autobús. La bodega de la esquina ya ha bajado su persiana metálica hasta la mitad. Solo está el todoterreno. Me siento en mi Honda y sostengo las llaves contra el pecho y cuento. Cuento hasta diez. Cuento hasta veinte. Cuento hasta treinta. El todoterreno no se mueve. Nada se mueve dentro de él que yo pueda ver. Quizá no hay nada dentro. Quizá lleva ahí aparcado desde las diez. Quizá estoy cansada, y mi cerebro ha decidido inventar una historia a partir de un trozo de metal aparcado porque vi un latiguillo de freno cortado y no estoy, aparentemente, tan tranquila al respecto como me gustaría estar. Giro la llave. Mi Honda tose educadamente y arranca. Salgo despacio y tomo el camino largo, que en realidad no es el camino largo, solo un camino ligeramente diferente, y reviso el espejo en cada semáforo. El todoterreno no me sigue. Al menos, no lo veo seguirme.
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