Para cuando llego a mi calle en Crown Heights, casi me he convencido de que me lo imaginé.
Aparco. Cierro la puerta con llave. Subo los tres pisos hasta mi apartamento, que huele, reconfortantemente, a la vela de canela que quemé ayer y a la alfombra milenaria del pasillo que ningún casero reemplazará jamás. Cierro la puerta de mi apartamento con llave. Echo la cadena. Me quedo de pie con la espalda contra la puerta un segundo, a oscuras, y escucho mi propio edificio: las tuberías tictaqueando, la televisión del vecino a bajo volumen a través de la pared, el radiador silbando como un gato.
Estoy en casa.
Levanto la mano derecha y la miro a la luz de la farola que entra por la ventana de la cocina. En mi dedo corazón, la pequeña banda plateada descansa donde siempre, como ha estado desde que tengo dedos para ponérmela. El lirio azul grabado en ella se ha suavizado con la edad, los pétalos desgastados en la parte superior donde mi pulgar los roza cuando pienso, que es a menudo.
Giro el anillo una vez, como hago siempre al final de un largo día.
—Bueno —le digo a la cocina vacía—. Vaya noche más extraña.
La cocina no responde.
Me voy a la cama de todos modos. Tengo que estar de vuelta en el garaje a las ocho.
Emily
Duermo mal.
No es el tipo de mal sueño en el que puedes señalar qué te despertó. Es el otro tipo, ese en el que te mantienes semi-despierta cada hora más o menos con una pequeña alarma interna sonando, como si a alguna parte de tu cerebro le hubieran pedido que hiciera guardia y no confiara del todo en que el resto de ti se diera cuenta si algo fuera mal. Sobre las tres, me levanto a beber agua. Sobre las cuatro y media, me levanto para comprobar que cerré la puerta con llave, cosa que por supuesto hice, porque siempre la cierro, y me quedo de pie en el pequeño pasillo, descalza sobre el linóleo frío, y miro la cadena y me siento como una idiota.
Sobre las cinco, me rindo.
Hago café en la cafetera de hojalata que vino con el apartamento. Me siento a la mesa de la cocina con mi vieja bata de franela y mis calcetines con el agujero en el talón izquierdo, y miro el cielo sobre Crown Heights decidiendo lentamente si convertirse o no en mañana. Mis manos están envueltas alrededor de la taza de la forma en que envuelven todo lo que está caliente, porque mis manos siempre están frías. Sor María solía decir que tenía mala circulación. Sor María solía decir muchas cosas.
Pienso en el latiguillo cortado.
Pienso en ello de la misma manera lenta y paciente en que pensaría en un problema de diagnóstico: dando vueltas alrededor en mi cabeza, mirándolo desde distintos ángulos, esperando a ver cuál engancha. Alguien cortó el latiguillo de freno de ese Porsche. Alguien que sabía lo que hacía, porque fue un buen corte. Alguien que o bien entró en el taller después de que cerráramos, o ya estaba en el taller antes de que cerráramos. Lo primero es malo. Lo segundo es peor.
No quiero que lo segundo sea cierto, así que decido que dejaré que Tony decida. Tony lo mirará, Tony gruñirá al respecto, Tony hará una llamada telefónica a alguien, y el Porsche se irá a otro sitio, y nada de esto será problema mío. Me gusta la forma de ese plan. Lo sostengo en mi cabeza como una piedra caliente. Termino el café.
Me visto como me visto todos los días. Sujetador deportivo, camiseta interior, térmica, mono. Botas con puntera de acero que compré de segunda mano y a las que puse suelas nuevas la primavera pasada. Me recojo el pelo en el moño bajo y apretado que lo mantiene fuera de los motores, y me miro en el espejito sobre el lavabo y decido que parezco una mujer que ha dormido cuatro horas, lo cual es exacto. Me pongo un poco de bálsamo labial. Esa es mi rutina matutina de cuidado de la piel. No tengo dinero para la otra clase.
Antes de irme, hago algo que no hago normalmente.
Cojo mi teléfono. Abro las fotos del latiguillo de freno que tomé anoche, las de los tres ángulos. Las miro, de pie en mi cocina bajo la luz gris de las seis de la mañana. Son igual de malas por la mañana que a medianoche. Quizá peores. Con esta luz puedo ver, muy claramente, el plano liso del corte, la forma en que los dos extremos de la goma están ligeramente rotados uno contra el otro, algo que solo ocurre cuando la línea ha sido separada por la fuerza y no por el desgaste.
No borro las fotos. Las muevo a una carpeta llamada referencia taller, que es donde guardo fotos de vanos de motor para mi propia información futura. Bloqueo mi teléfono. Lo pongo en el bolsillo interior de mi mono, contra el pecho, y cierro la cremallera del bolsillo.
No sé por qué estoy ocultando mis propias pruebas a mí misma. Pero lo estoy haciendo.
Cojo el tren. El F se porta bien hoy, lo que parece un presagio, aunque no sé de qué. Me bajo en mi parada, camino dos manzanas y veo la fachada del taller desde media manzana de distancia.
La camioneta de Tony ya está allí.
La camioneta de Tony siempre está ya allí. Tony llega al taller a las seis, en punto, porque Tony cree que cualquiera que llegue a su propio negocio después de las seis no está realmente dirigiendo un negocio, está dirigiendo un pasatiempo caro. Se lo he oído decir. Múltiples veces. Normalmente a Manny.
Miro mi reloj. Las siete menos ocho. Ya se habrá tomado su café y estará con el segundo. Gruñirá cuando entre. Así es como siempre ocurre.
Abro la puerta principal con mi llave. La campanilla sobre la puerta hace su pequeño y cansado tintineo. Los fluorescentes del techo están encendidos. El compresor está zumbando. En algún lugar al fondo, una radio suena una emisora de viejas glorias a bajo volumen, una mujer cantando sobre alguien llamado Johnny.
—¿Tony? —llamo.
Sin respuesta.
—Tony, ya estoy aquí.
Sigo sin respuesta.