No iba a lastimar, tampoco, a Yolanda. A ella la quería mucho, era muy eficiente y buena amiga, había pasado momentos muy difíciles con su secuestro y me alegraba, además, que estuviera feliz con el cerdito. Sin embargo, me debía a la familia que me había contratado para recuperar a su mascota. Eso me tenía, como se dice, en un callejón sin salida. -Debemos resolver este problema de una buena vez-, me reclamó Jimmy. Ya había coordinado con las familias para la conciliación. -¿Por qué te haces tantos problemas?-, me dijo, entonces, Alexandra, la veterinaria, cómprale otro cerdito a tu secretaria. Ella tenía razón, pero no se trataba de darle un caramelito para que no llore, sino de demostrarle que me importaba mucho y que no quería lastimarla ni hacerla sentir mal. Esa era mi duda. Ale

