Yolanda, imaginaba yo, no sabía nada de lo que había ocurrido. Cuando ella terminó de trabajar, ese martes, por la noche, un día antes de la gran prueba de los puerquitos con sus verdaderos amos, volví a la oficina ya bien tarde y encontré al cerdito dormido, en la covachita que había ella hecho en la oficina y donde el animalito dormitaba feliz, bien acurrucado, junto a su tazón de agua y algunos pastos. También verduras por si tenía hambre en la mañana. Alexandra tenía al otro cerdo, el que adquirí con la intención de dárselo a mi secretaria y lo puso en la covacha y nos llevamos al puerquito verdadero. Antes de apagar las luces miré bien tratando de encontrar alguna diferencia pero no había nada. Los dos cerdos eran idénticos. -No se va a dar cuenta-, me insistió Alexandra. Envolvim

