Pero las sorpresas no quedaron allí. Castro me informó que había investigado a Juan Ticona y que había logrado comprobar que él había matado a sus propios hermanos, por la ambición de hacerse de la herencia de su abuelo. -No lo puedo creer-, me sorprendí cuando me llamó esa tarde a la oficina. -La codicia es la madre de todos los homicidios-, me dijo divertido. No esperaba un desenlace tan truculento en ese caso que me parecía algo simple, demostrable y que, finalmente, resolvería un juez. -¿Por qué llegar a esos extremos?-, le pregunté sorprendida. -El dinero fácil y al alcance de las manos, hace que la gente cometa locuras-, me dijo resoluto. Me pareció irónico. Castro estaba metido en un complejo caso de divorcio y estaba involucrado en otro tipo de codicia (la del fruto ajeno). N

