No podía perder el tiempo. Juan Ticona había refrendado los documentos que lo calificaba como único heredero de la fortuna de su abuelo, desconociendo al resto de parientes, y solo faltaba la venia del juez para quedarse con todo. Los resultados del grafólogo sin embargo se hacían esperar y eso me mortificaba. -Estoy en una carrera contra el reloj-, le reclamé a Sebas Luces. -Es un trabajo delicado, Deborah, no podemos apurarnos tampoco. No solo está mi prestigio sino también está en juego tu carrera-, fue lo que me dijo resoluto y convincente. -Hazlo por los viejos tiempos-, cambié mi tono de preocupación por una tilde pícara. -Aún saboreo tus labios, la lozanía de tu piel, tus deliciosas piernas-, me dijo Sebas y se prendieron, en un abracadabra mis fuegos. En realidad con él la pas

