-¿Una trampa?-
Jimmy decía que nadie podía saber que él estaba buscando al trabajador al que Ambrosio, supuestamente, agredió. Bebió de la gaseosa que nos había servido Yolanda. -¿Cómo pudieron enterarse de algo que ni siquiera es trascendente aún?-, dijo mirándome las piernas. Yo estaba con una minifalda jean muy cortita y me puse botines. Me sentía demasiado sensual, sexy, exquisita, hecha una antorcha, después de mi cita con Johan y quería sentirme aún más deseada que nunca. Me encantaba que mi asistente se recreara conmigo, eso alimentaba mucho más mis llamas.
-Podrían haberme estado siguiendo a mí-, dije.
-No, no, no, no creo, porque entonces te hubieran tratando de sacar del camino en la ida. Ellos esperaban allí. Sabían lo que yo estaba buscando-, remarcó Jimmy. Se hacía el tonto, disfrutando de la gaseosa, para ver mis muslos. Yo mordía mis labios, jalaba mi pelo, movía el tobillo de la pierna que tenía cruzada.
-¿Un soplo desde adentro?-, especulé.
-Alguien alertó a los accionistas-, dijo Jimmy.
-Por eso que el ex trabajador no quiso decir nada-, aclaré mis ideas.
-Al contrario, Él llamó a esos esbirros-, subrayó convencido.
-¿Por qué eliminarme a mí?-, arrugué mi nariz.
-Para asustar a Ambrosio-, intervino Yolanda.
-No. No creo. El ataque fue frontal. Me querían muerta-, exhalé mi preocupación.
Fui hablar esa misma tarde con Ambrosio Figueroa. Me puse algo más formal. Un sastre de saco y pantalón y una blusa floreada.
-Hay una nueva denuncia en mi contra, me recibió con el rostro fruncido, Figueroa, afirman que defraudé un millón de dólares en compras inútiles-
Era cierto. Los inversionistas habían realizado un arqueo de caja y había un forado de un millón de dólares. En el movimiento de contabilidad, había un dinero faltante solicitado por Ambrosio. La denuncia la acompañaba un recibo por esa misma cifra que no encajaba con las fechas y que era por compras inservibles.
-Yo no pedí ningún dinero, no hice ningún retiro, todo es mentira-, remarcó, arremolinado en su silla giratoria.
-Aquí dice que hicieron compras inútiles-, revisé apurada la documentación.
-Yo no hago compras, no me preocupo de esas pequeñeces ni manejo el movimiento de las inversiones del consorcio-, me reclamó furioso.
-Dos camionetas nos esperaban cuando fuimos a hablar con el ex trabajador que te denunció de golpearlo, ¿quién les advirtió?-, pregunté.
-No sé. No conozco a ese ex trabajador. Yo no golpeé a nadie-, insistió con la ira dibujada en sus ojos.
Me senté en el parque a reflexionar un rato. Jimmy me llamó.
-Tengo algo, me dijo entusiasmado, los chats de la mujer que decía ser chantajeada por Figueroa, tienen fechas adulteradas-
¡Hurra! eso sí que era un buena noticia. Con eso podríamos desbaratar, por completo, las acusaciones de esa mujer. -No digas nada, hasta que cotejemos bien con las pruebas que tienen los denunciantes-, remarqué convencida.
Entonces, cuando me dispuse a marchar, vi que alguien me miraba, un tipo grande, grueso, de pelos pintados. Pensé, al principio, que yo estaba paranoica, sin embargo, luego, cuando eché a caminar, noté que me seguía.
Chupé mi boca. Aceleré mi paso y el tipo también se apuró. Me detuve bruscamente y el sujeto se hizo el tonto, mirando las nubes, con las manos en los bolsillos.
Me acerqué furiosa. -¿A quién sigue usted?-, le dije. El fulano se volvió, tenía la nariz grande y las cejas pobladas y sin más ni más, me metió un puñete en medio de mi linda naricita.
Caí de rodillas al suelo, echando sangre. -¡Cobarde!-, grité, pero el sujeto ya no estaba. Corrieron varios transeúntes para ayudarme.
El policía que me atendió cuando presenté la denuncia, dijo que mi descripción del sujeto era ambigua. -De todas maneras, trataremos de encontrarlo-, intentó darme ánimo.
Yolanda se alarmó viéndome con amoratada. -¿Qué te pasó?-, dijo asustada.
Me tumbé en mi sillón. Crucé las piernas fastidiada. - Jimmy está equivocado. Quieren matarme a mí-, restregué los dientes.