No me gustó la sonrisa burlona de Ricardo Marroquín cuando llegamos, casi al mismo tiempo, al juzgado. Me miró con mucha ironía, con un desplante despectivo y hasta altanero. Me sorprendió. Traté de adivinar que había en sus ojos pero solo encontraba soberbia y confianza. Me hice la tonta, arreglé mi falda y subí los escalones, despacio, sin apurarme, repasando mis alegatos. Florencio Petrozzi ya estaba en los pasadizos y conversaba en forma muy amena con Isaac Wolf. Eso tampoco me gustaba. Era como confraternizar con el enemigo. Petrozzi, me parecía, tenía un doble discurso. A mí me decía que estaba decidido llegar hasta las últimas consecuencias, me hablaba de su hija, de su piscigranja, de los sueños de la comunidad, sus progresos y por el otro reía, se divertía, hacía bromas, se abraz

