No sé cómo llegué a la oficina. Recuerdo que estaba tambaleante, tenía un ojo hundido, pintado de morado, manchando toda mi cara y me sentía desvalida, destrozada, incluso desparramándome en el suelo. Rebotaba con el apuro de la gente, perdiéndose en las esquinas. -¿Qué pasó?-, se aterró Jimmy viéndome convertida en una piltrafa, tomándome de los sobacos para evitar que me caiga al suelo. Me dio agua, me abanicó, me preguntó si tenía otras heridas, si es que me había cortado, quizás con un cuchillo o una navaja, pero yo le decía que no, que Edgar únicamente me metió un puñete que me dejó noqueada. Luego, le conté, estaba a mitrad de la calle, caminando como una sonámbulo, sin saber a dónde ir. Me dolía la cabeza y sentía que mi ojo parecía estallar. También que me dolía mucho la quijada,

