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Tras el Velo: Susurros del Más Allá

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reincarnation/transmigration
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de amigos a amantes
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Descripción

La vida y la muerte: dos caras de la misma moneda.

Lin solo quiere recuperar su vida tras el accidente, bajo el cuidado de su tía Scarlett y su tío Joe.

Pero... ¿y si nada pudiera volver a ser como antes?

Algunas cosas no deberían tocarse.

Y algunas preguntas es mejor no hacerlas.

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Capítulo 1: El Regreso
El cielo estaba gris cuando regresé a casa. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde el accidente. Todo lo que sabía era que mi mundo ya no era el mismo. Ni yo lo era. Scarlett, mi tía, manejaba en silencio. Sus manos tensas sobre el volante decían más que cualquier palabra. El motor ronroneaba suavemente, pero dentro del auto el silencio pesaba como una piedra. Me miré las manos apoyadas sobre mi falda. Eran las mismas de siempre. Pero algo dentro de mí había cambiado. Podía sentirlo, aunque no sabía explicarlo. Como si hubiera vuelto incompleta. Como si hubiera dejado algo, o alguien, atrás. Al llegar, la casa de mis padres me pareció extraña. Igual, pero ajena. Como una postal vieja. Scarlett apagó el motor y me miró con una sonrisa forzada. —Estamos en casa, Lin. Asentí. Bajé del auto sintiendo que el suelo temblaba bajo mis pies. La brisa me trajo un olor conocido: el de las flores que mi madre cultivaba en el jardín delantero. Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, ya no estaban. Dentro, todo estaba en su lugar. Demasiado en su lugar. Como si nadie hubiera vivido allí en meses. O como si alguien hubiera intentado borrar todo rastro de lo que una vez fue un hogar. El aire era denso, cargado de un silencio que dolía. —Voy a preparar algo de comer —dijo Scarlett, dejando las llaves en el cuenco de cerámica junto a la puerta. No respondí. Caminé hasta la sala, me senté en el sofá donde solía ver películas con mis padres. Las marcas de sus cuerpos parecían haber desaparecido del tapiz. Una foto enmarcada seguía sobre la repisa. La tomé entre mis manos. Era la última que habíamos sacado juntos. Cerré los ojos y apreté los labios para no llorar. El peso del silencio era aplastante. Scarlett apareció a mi lado con una taza de té. Se sentó sin decir nada al principio, como si no supiera por dónde empezar. —Lin... tenemos que hablar. No quería escuchar. Pero asentí. El vacío dentro de mí exigía respuestas. —Tus padres... —Scarlett tragó saliva— no sobrevivieron al accidente. El mundo se apagó. O quizá fui yo quien se apagó. Todo el peso de esas palabras se extendió como una sombra por la habitación. Dejé caer la taza sin darme cuenta. El líquido caliente no lo sentí sobre mis piernas. Nada sentía. Ni siquiera el peso del llanto que debía llegar. Era un hueco, un vacío. Una herida que no sabía cómo cerrar. Intenté gritar, pero el sonido no salió de mi garganta. Me abrazé a mí misma, sintiendo cómo el mundo entero se alejaba un paso de mi corazón roto. La noche me envolvió sin que supiera cómo. No había cenado. No había hablado. Solo existía en un rincón de la casa que ya no sentía como mía. El silencio era tan absoluto que sentía que la casa entera contenía la respiración. Las paredes parecían observarme. Cada sombra, cada objeto inerte, me hacía sentir más sola. Y entonces lo sentí. No sólo tristeza. Algo más. Una presencia. Una sensación helada recorriéndome la columna. Me giré de golpe. Nadie. Pero sabía que algo, alguien, estaba allí. Algo invisible que llenaba el aire. Mi piel se erizó. El miedo se apoderó de mi garganta, robándome el aliento. «Estoy perdiendo la cabeza», me dije. El aire era más denso. Mi piel erizada sin razón. Cada sombra de la casa parecía alargarse cuando no la miraba. Me obligué a caminar hasta mi habitación. Cada paso resonaba como un eco. Cerré la puerta. Me senté en la cama. Intenté respirar. El sudor frío me cubría las manos. Y lo escuché. Una voz. No desde fuera, sino dentro de mi mente. «Lin...» Me tapé los oídos. Negué con fuerza. No. No estaba pasando. No a mí. Me recosté de lado, abrazando mis rodillas. Lloré sin sonido. Temblé hasta que mi cuerpo se rindió al agotamiento. Al amanecer, los primeros rayos de sol no me tranquilizaron. Caminé a la cocina como un espectro. Scarlett había salido temprano. La casa estaba vacía. Pero no sentía alivio. Sentía una inquietud extraña, como si algo esperara. Mi corazón latía con una calma falsa. Sabía que algo estaba a punto de suceder. Hasta que dejé de sentirla vacía. Allí estaba él. Un chico. De pie junto al ventanal del comedor. Cabello oscuro, piel pálida. Sus ojos... ojos como hielo quebrado. Me observaba sin parpadear. El aire se congeló entre nosotros. Mi corazón se detuvo. Retrocedí sin querer. Mis labios temblaban. —¿Quién eres? —pregunté con un hilo de voz, que sonó más como un susurro tembloroso. El chico frunció levemente el ceño. Dio un paso hacia mí, confundido, casi como si estuviera viendo algo imposible. —Tú... —dijo él, con la voz apenas audible—. ¿Cómo puedes verme? —¿Verte? Obvio que puedo verte —respondí, confundida. Mi miedo comenzó a mezclarse con la confusión—. Cualquiera puede verte. El chico negó lentamente con la cabeza. Sus ojos celestes parecían buscar una explicación. —No... no es verdad. Nadie puede verme. Sentí que la piel se me helaba. —¿Por qué dices eso? El chico vaciló un instante. Luego, con un susurro que me perforó el alma, respondió: —Porque yo... ya estoy muerto. Me quedé sin voz. Las palabras me abandonaron. Mi corazón se convirtió en piedra. Di un paso atrás, temblando. Y justo en ese instante, la luz del sol lo atravesó como si fuera niebla. Y desapareció. El silencio fue tan absoluto que mis propios latidos dolían. Caí de rodillas. Mis manos temblaban. Lágrimas silenciosas me recorrieron las mejillas. No era solo tristeza. Era miedo. Era no entender lo que estaba pasando. «No estás sola», susurró la voz en mi cabeza una vez más. Cerré los ojos con fuerza. Pero el susurro seguía allí. Persistente. Real. Algo había regresado conmigo desde el otro lado. Y ahora estaba aquí.

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