La noche cayó densa y pesada sobre la casa. Lin no podía dormir. Las imágenes del día la perseguían como un eco persistente: el espíritu abstracto, la voz que suplicaba ayuda, y la sensación de que lo que había hecho había sido más grande de lo que comprendía. Pete dormía… o al menos eso decía. Se desvaneció después de decirle que la había ayudado más de lo que él mismo podía explicar.
Afuera, el viento golpeaba las ventanas, y en el techo se escuchaban crujidos que hacían pensar en pasos. Lin se abrazó a la almohada. Se sentía extraña, como si su mundo se hubiese abierto hacia algo mucho más grande. Pero también sentía algo más... un lazo con lo que ya no está.
Apenas cerró los ojos, cayó en un sueño extraño. En él, estaba en el instituto, pero el edificio estaba cubierto de niebla. No había estudiantes, no había ruido. Solo un zumbido lejano, como una canción mal sintonizada. Caminaba por los pasillos vacíos hasta que vio una figura borrosa de espaldas.
—¿Pete? —susurró.
La figura no respondió. Se giró lentamente. No era Pete. Era otro chico. Su rostro estaba distorsionado, como si estuviera hecho de papel arrugado. Tenía ojos sin brillo, y extendía una mano temblorosa hacia ella.
—Ayúdame... —susurró, como el eco de antes.
Lin despertó con un grito ahogado. Estaba empapada en sudor. Se sentó en la cama, intentando controlar su respiración. No era solo un sueño. Lo sabía. Alguien más le estaba pidiendo ayuda. Otra alma rota.
Se levantó y fue a la sala, encontrando a Pete flotando cerca de la ventana.
—¿También lo sentiste? —preguntó ella.
Pete asintió. Su expresión era seria, distante.
—No es uno solo. Hay más como él. El eco era solo el principio.
—Entonces, ¿esto recién empieza?
—Sí. Y cada uno será más complicado que el anterior.
Lin tragó saliva. Su vida ya no era normal, y dudaba que volviera a serlo.
A la mañana siguiente, en el instituto, las cosas parecían normales... al menos en apariencia. Lin caminaba por el pasillo mientras saludaba con una sonrisa forzada. Pero algo la mantenía alerta. Sentía miradas. Y no eran de sus compañeros.
Durante la clase de historia, justo cuando la profesora explicaba sobre guerras olvidadas, Pete apareció flotando justo al lado del proyector.
—¿En serio esa fue una guerra? Parece más una pelea de vecinas —bromeó él.
Lin soltó una risa sin querer.
—¿Señorita Snow? —preguntó la profesora.
—Perdón, fue... fue un pensamiento —respondió sonrojada.
Pete reía por lo bajo, mientras hacía muecas tras la profesora. Lin intentaba ignorarlo, pero era imposible. Su día transcurrió así: Pete apareciendo en medio de clases, burlándose de alumnos o haciendo comentarios sarcásticos.
En la última clase, inglés, la profesora le hizo una pregunta directa a Lin:
—¿Podrías traducir esta frase, por favor?
Lin se quedó en blanco.
—Vamos, es fácil —susurró Pete, sentado sobre el escritorio de la profesora—. "The wind whispers when no one's listening."
Lin lo repitió sin pensar, y la profesora asintió, impresionada.
—Muy bien, Lin. No sabía que tenías ese nivel.
Lin miró a Pete sorprendida.
—¿Sabías inglés?
—No lo sabía... hasta que tuve que ayudarte —respondió él con una sonrisa ladeada.
Esa noche, mientras cenaba con sus tíos Scarlett y Joe, todo parecía tranquilo, hasta que su tía dijo:
—¿Cariño, estás bien? Últimamente hablas sola más de lo normal.
Joe frunció el ceño, preocupado.
—Y a veces te escuchamos reír o discutir cuando estás sola en tu cuarto.
Lin se congeló. No podía decirles la verdad. Aún no. Lo atribuirían al dolor, al trauma.
—Debe ser por todo... aún estoy lidiando con lo de mis padres.
Scarlett la abrazó sin cuestionarla más. Joe también se acercó y le acarició el cabello.
—Estamos aquí para ti. Siempre.
Después de cenar, Joe le contó historias de sus padres. Cómo su madre cantaba mientras cocinaba, cómo su padre bailaba con ella en la sala aunque no supiera bailar. Lin sonrió con tristeza, sintiendo que al menos una parte de ellos aún vivía en los recuerdos.
Más tarde, en su habitación, Lin se recostó con una manta sobre los hombros. Pete apareció sentado en el alféizar, mirando la luna.
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —le preguntó ella en voz baja.
Pete la miró con una tristeza profunda en los ojos.
—Porque entiendo la soledad mejor que nadie.
Eso le llegó hondo. Lin sintió que él estaba igual o más roto que ella. Lo miró y sonrió. Luego levantó su meñique.
—Prométeme algo —le dijo.
Pete entrelazó su meñique con el de ella.
—“Esta es la promesa del dedo chiquito,
Aquel que mienta
le caerán mil agujas encima,
Y se le corte el dedo.”
Ambos rieron, agitando sus manos con los dedos entrelazados. Fue un momento de unión real, pequeño pero poderoso.
En ese instante, el aire se congeló. Una presencia oscura atravesó la habitación como un relámpago. Las ventanas vibraron. Un jarrón cayó y se hizo añicos. Las luces parpadearon. Pete se levantó de golpe.
—¡Quédate atrás!
Un nuevo espíritu había llegado. Más agresivo, más violento. Lin lo miró con los ojos abiertos de par en par. La energía que emanaba era distinta, más densa. Se sentía como si el aire hubiera sido reemplazado por miedo puro.
Pete se puso entre ella y la figura. Su rostro mostraba tensión, pero también determinación.
—No vas a tocarla —dijo firme.
Lin retrocedió hasta la pared, su corazón latiendo con fuerza. El espectro flotaba, distorsionado, como un reflejo roto. Su energía era como una corriente eléctrica en el aire.
Pero esta vez, Lin no se dejó vencer. Apretó los puños, se levantó y caminó lentamente hacia Pete.
—No estoy sola —dijo con voz temblorosa pero decidida—. Estoy contigo.
Pete asintió. Y juntos, enfrentaron lo que vendría.
Porque ayudar a los muertos… también es ayudar a los vivos.