— Creo que sí le gustas — me dice Julissa.
— Tal vez, pero ahora solo me interesa entrar a la facultad. Además, andar con él sería meterme en problemas.
— ¿Por qué?
Comencé a redactar en la computadora. Es increíble que sin computadora no pueda hacerlo.
— Porque papá no lo quiere. Además, es súper mujeriego. Ya te lo dije.
— Quizás cambie por amor.
— Lo nuestro no es amor, solo es físico. Coqueteamos, pero no pasará de ahí.
Ella ríe. — ¿Segura?
— Sí, terminé.
— Ahora haz mi tarea — bromea.
— Ni lo sueñes, Julissa.
— Sabes que puedes llevarte la computadora. Te la regalo.
— ¿Cómo crees? Bueno, ya me voy.
Debo entregar este trabajo mañana y no tengo dinero para un ciber, por ello le pedí la computadora a Julissa para hacerlo. A ella no le interesan las notas del colegio; de todas formas, sus padres, con sus influencias, la inscribirán en las mejores facultades. Yo no tengo esos privilegios.
— Ya es tarde, Aisa. ¿Quieres que te lleve el chofer?
— No es necesario, tomo el autobús. Gracias.
Nate se acerca a nosotros, me saluda con un beso en la mejilla y luego saluda a Julissa.
— ¿Está tu hermano?
— No salió.
— Bueno, hola y adiós, Nate.
— Te llevo.
— No, gracias. Llego con el autobús.
— Las princesas no se van en autobuses.
— Mientras llegas, se te hace tardísimo.
Es verdad, ya está oscureciendo y mi casa queda al otro lado. El autobús tarda una hora viniendo, más el tiempo que espero y si hay tráfico.
Finalmente, acepté que Nate me lleve a casa, pero claro, tiene un precio.
— ¿Me das tu número?
— No funciona el celular.
Suena mi celular. Es papá preguntándome cuándo llego.
— Ajá.
— No me interesa salir con nadie ahora.
— ¿Quién te dijo que quiero salir contigo?
Rodeo los ojos.
— Bueno, me atrapaste, pero sé aceptar un no. Amigos y listo.
— En ese caso, sí.
Finalmente, llegamos cerca de mi casa. Le pedí que se detenga. Él me mira extrañamente.
— ¿Vives acá?
— No, a la vuelta. Pero es peligrosa la zona.
— Me voy a arriesgar. Te llevo hasta la puerta de tu casa. ¿Dónde queda?
— Dos cuadras y doblas a la izquierda. Tercera casa.
— Sí, señorita hermosa.
Nate estaciona enfrente de mi casa y me abre la puerta. Noto que Perla Mendizábal nos observa. Ella es la hermana menor de Freddy y por alguna extraña razón, me odia. No hice nada para provocar su odio, así que me da igual. No vivo del cariño de los demás.
— Adiós, Nate. Ve con cuidado.
— Ni un beso — hace un puchero.
Acerqué mis labios a su mejilla, él se corrió y terminé besando sus labios. En cuanto me di cuenta, me aparté.
— Ups.
— Solo amigos — le recordé.
— Por ahora — me lanza un beso y se va. No pude evitar sonreír.
***
— Creí que te quedabas a dormir en la casa de Julissa — me dice papá mientras cenamos.
— Me alcanzó el primo.
— ¿El tipo de la camioneta carísima? — Expresa Derek.
Mi hermano también me estaba espiando. Es raro ver un auto como el de Nate por este rumbo y por ese motivo llama la atención.
Asentí.
— Entonces, tiene dinero. ¿Cuál es su apellido?
— Curie — dije tomando un sorbo de jugo.
— ¿Eso qué importa? — pregunta mamá.
— Invítalo a la casa — me pide papá — para agradecerle que te alcanzó a casa.
— No lo acabo de rechazar y quieres que lo invite.
— Eres estúpida, Aisa. Debes ser más lista.
— No le hables así — mamá intenta calmarlo.
— Princesa, ¿qué hablamos el otro día?
— No me interesa andar con alguien por dinero, papá. ¡Provecho!
Siento que mi padre quiere venderme. No sé qué le ocurre.