Uriel la pilló al vuelo protegiéndola de la temeridad que había hecho, pero sintiéndose dichoso por lo ocurrido. También él anhelaba estrecharla, era lo que más había deseado desde que tuvo que separarse de ella. Y ahí estaba, unos meses después, sin querer soltarla ahora que la tenía. No había sido capaz de despedirse en esa ocasión. Y los días se le habían vuelto eternos, las noches insoportables. Pasar el tiempo en su habitación era recordarla, pensarla, añorarla. Se había vuelto imprescindible en su vida, como en la de los demás compañeros. Pero él... Finalmente había sucumbido y hecho los kilómetros que los separaban para verla. Quería saber si estaba bien, si tenía un buen trabajo... Si había una persona en su corazón. Ella se merecía eso después de sufrir tanto. —Uriel... —lo lla

