Dos meses después Eireen suspiró echando la cabeza hacia atrás en la silla donde estaba. Se tocó el colgante que llevaba al cuello, uno que no se había quitado en ningún momento desde que se lo regalaron. Se trataba de cinco dados en un rojo rubí con piedras blancas simulando los números en cada uno de ellos, unidos entre sí. Sus cinco. Observó el lugar donde trabajaba desde hacía casi dos meses: una oficina de abogacía, como secretaria de un amigo de Axel y Jerôme, el nuevo trabajo que le habían ayudado a encontrar en su ciudad. Sin embargo, no se sentía del todo feliz, como si le faltara algo. «Tu harén particular.» Ese pensamiento inundó su mente y sonrió. Ciertamente era así. Los echaba mucho de menos. Pero las cosas habían ocurrido de esa forma. Tras ser detenida por Jerôme para c

