Interiormente, sus neuronas se habían dividido: tenía el grupo de las «suspiradoras», miniEx que sólo suspiraban recordando las palabras que Uriel había soltado por esa boquita de ensueño; luego estaban las «saltarinas», que parecían tener pulgas en los zapatos de los saltos que daban vitoreando el nombre del idiota que la había dejado así; y no podía olvidarse del grupo de las «peleonas», que andaban discutiendo cómo arrinconar a su víctima masculina para dejarle claro que era ella quien decidía tener sexo con él y no al contrario. ¿Quién se había creído que era? La presión que ejercía el cuerpo de Uriel fue perdiéndose y sintió el frío que se quedaba en su lugar. Quería reír, llorar, discutir, golpearle... Un torrente de emociones que empezaban a saturarla. Por eso se quedó apoyada en

