📖 Capítulo 20 — El primer roce

639 Palabras
El trayecto de regreso fue silencioso. La ciudad nocturna desfilaba tras las ventanas del automóvil como una sucesión de luces borrosas, pero dentro del vehículo el aire parecía cargado de algo más intenso que el cansancio de una larga velada. Valeria mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Aún llevaba la chaqueta de Adrián sobre los hombros. El calor de la prenda no era lo que aceleraba su pulso. Era el recuerdo de su cercanía. De su voz pronunciando su nombre. De sus ojos que no habían podido apartarse. Adrián conducía con la mirada fija al frente, pero su mente no estaba en la carretera. Estaba en la terraza. En el instante suspendido. En lo cerca que estuvo de cruzar una línea imposible de deshacer. El automóvil se detuvo frente al edificio donde vivía Valeria. Ninguno se movió de inmediato. El motor seguía encendido. El tiempo también parecía haberse detenido. —Gracias por esta noche —dijo ella suavemente. Adrián giró hacia ella. Sus miradas volvieron a encontrarse. Y otra vez el silencio se llenó de significado. —Gracias a ti —respondió él—. Hiciste que todo fuera… más fácil. Valeria sonrió apenas. —Eso es parte de mi trabajo. Adrián negó levemente. —No. No lo es. El aire entre ambos volvió a tensarse. Valeria se quitó lentamente la chaqueta para devolvérsela. Cuando sus manos se encontraron… sus dedos se rozaron. Fue un contacto mínimo. Un instante. Pero ninguno retiró la mano de inmediato. La piel reconoció el contacto antes que la razón. Una corriente cálida recorrió los brazos de Valeria. Adrián inhaló lentamente. Sus dedos permanecieron un segundo más de lo necesario sobre los de ella. El mundo exterior desapareció. Solo existía el punto de contacto. El calor. La electricidad silenciosa. Valeria levantó la mirada. Sus rostros estaban cerca. Demasiado cerca. El corazón le latía con fuerza contra el pecho. Adrián observó sus ojos… luego sus labios… y regresó a sus ojos, como si buscara permiso en ellos. —Valeria… Su voz fue apenas un murmullo. Ella no se apartó. No se movió. Pero su respiración tembló. El momento estaba suspendido en el borde de lo inevitable. Adrián levantó lentamente la mano libre y apartó un mechón de cabello que rozaba la mejilla de ella. El gesto fue suave. Cuidadoso. Íntimo. Sus dedos rozaron su piel. Valeria cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo ese simple contacto despertaba sensaciones desconocidas. Cuando los abrió, lo encontró aún más cerca. Sus respiraciones se mezclaban. El latido de sus corazones parecía sincronizarse. Y entonces… sus frentes se rozaron suavemente. No fue un beso. No todavía. Fue algo más delicado. Más revelador. Un instante de cercanía sincera. De emociones que ya no podían negarse. Adrián cerró los ojos, como si luchara contra el impulso de acercarse más. —Esto no es correcto… —susurró, aunque su voz no contenía convicción. Valeria tampoco se movió. —Lo sé… Pero ninguno se apartó. El silencio se llenó de deseo contenido. De preguntas sin respuesta. De promesas invisibles. Finalmente, Adrián respiró hondo y se separó lentamente, como si cada centímetro de distancia requiriera un esfuerzo inmenso. La realidad regresó. El mundo volvió. El automóvil volvió a ser solo un automóvil. Valeria abrió la puerta con manos ligeramente temblorosas. Antes de salir, lo miró una vez más. —Buenas noches, Adrián. No “señor Herrera”. Adrián sintió el impacto de esas palabras. —Buenas noches… Valeria. Ella salió del vehículo y caminó hacia la entrada del edificio. No miró atrás. Porque sabía que si lo hacía… volvería. Adrián permaneció allí unos segundos más. Observando la puerta cerrarse. Sintiendo el eco del roce aún vivo en su piel. Comprendió algo imposible de ignorar: No había sido un beso. Pero había sido el comienzo. Y lo que vendría después… ya no podría detenerse.
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