📖 Capítulo 21 — Cuando el corazón pierde el control

593 Palabras
La mañana siguiente llegó con un sol brillante que parecía burlarse de los latidos acelerados de Valeria. Después de la gala y aquel primer roce con Adrián, su mente no había encontrado paz. Cada vez que intentaba concentrarse en los informes, veía sus ojos, sentía sus manos, recordaba la cercanía de la noche anterior. El teléfono vibró sobre su escritorio. Un mensaje de Adrián: "Reunión en mi despacho en 10 minutos. No tardes." El corazón de Valeria dio un vuelco. No era solo una reunión profesional… ella lo sabía. Y él también lo sabía. Cuando entró al despacho, Adrián estaba de pie junto al ventanal. Sus hombros eran anchos, su postura impecable, pero su mirada… diferente. Más intensa, más personal. —Buenos días —dijo Valeria, tratando de sonar neutral. —Buenos días —respondió él, sin moverse del lugar—. Cierra la puerta. El simple acto de obedecerlo la llenó de tensión. La puerta se cerró con un clic, y de repente estaban solos, sin testigos, sin distracciones. Adrián se giró lentamente hacia ella. —Valeria… —empezó, y su voz bajó unos tonos—. Anoche… no pude quitarte la cabeza de mi mente. Valeria tragó saliva. —Yo tampoco. —Admitió suavemente, aunque no quería darle toda la fuerza a sus palabras. Un silencio cargado de electricidad siguió. Él dio un paso hacia ella. Valeria retrocedió apenas, consciente de cada centímetro entre ambos. El corazón le latía con fuerza. El suyo. Y sentía el latido de él en el aire, en la tensión que crecían entre ambos. —Esto… —dijo Adrián, acercándose un poco más—… no debería pasar. —Lo sé —susurró Valeria, sintiendo cómo el deseo amenazaba con derribar cualquier barrera profesional que aún quedara—. Pero… pasa. Él inhaló profundamente, conteniendo la urgencia que ardía en su interior. El impulso de tocarla, de cerrar la distancia, de rendirse al deseo, era casi irresistible. Sus manos se rozaron al pasar por los documentos sobre el escritorio. Un roce accidental. El mismo tipo de roce que antes había encendido un fuego silencioso. Esta vez, ninguno apartó la mano. Sus ojos se encontraron. El mundo desapareció. Los informes, el despacho, la mansión, todo… se redujo a ellos dos. Adrián dio un paso más. Valeria se mantuvo firme, aunque su respiración era entrecortada. Sus labios estaban demasiado cerca para ignorarlos. Su calor, demasiado cercano para negarlo. —Valeria… —susurró él—. No sé cuánto más puedo contenerlo. Ella sintió el latido de su propio corazón respondiendo a la intensidad de él. Sus manos se encontraron de nuevo, y esta vez permanecieron entrelazadas con decisión. Un paso más. Un impulso más. Y finalmente, sus labios se rozaron… un primer beso breve, suave, que contenía todo el deseo acumulado durante semanas. El mundo se detuvo. El corazón de Valeria golpeaba en su pecho, el de Adrián igual. Era solo un primer beso… pero suficiente para romper todas las barreras que aún quedaban entre ellos. Cuando se separaron, sus frentes se apoyaron suavemente. Respiraban al unísono. Sabían que algo había cambiado para siempre. —Esto… —dijo Valeria, con voz entrecortada—… es real. Él asintió, con un dejo de vulnerabilidad que rara vez mostraba. —Sí… demasiado real. El reloj volvió a marcar el tiempo, y la oficina volvió a ser solo una oficina. Pero ellos ya no eran los mismos. El corazón había perdido el control. Y nadie, ni las reglas, ni el poder, ni la distancia… podrían detener lo que acababa de empezar.
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