El despacho de Adrián estaba en silencio, salvo por el suave zumbido del aire acondicionado.
Pero dentro de ese espacio cerrado, la tensión era casi tangible, como un huracán a punto de desatarse.
Valeria seguía de pie frente al escritorio, sus manos todavía temblorosas por el primer beso de horas antes. Cada músculo de su cuerpo estaba consciente de la cercanía de Adrián, de la forma en que su perfume llenaba el aire, de cómo sus ojos seguían cada pequeño gesto suyo.
—Valeria… —dijo él, con la voz cargada de emoción contenida—. No esperaba que esto me afectara así.
—Ni yo —respondió ella, bajando la mirada—. Creí poder manejarlo… mantener la distancia profesional… pero… —levantó la vista y lo enfrentó con honestidad—… es imposible.
Él dio un paso hacia ella.
El suelo parecía desaparecer bajo sus pies.
Cada decisión, cada pensamiento racional, se desvanecía ante la fuerza del deseo que los consumía.
—No puedo fingir más —dijo Adrián, su tono más profundo, más intenso que nunca—. Te deseo, Valeria. Te deseo más de lo que debería.
Ella sintió cómo su corazón se aceleraba.
Cada palabra de él encendía algo dentro de ella, algo que llevaba semanas intentando negar.
—Yo también —susurró, casi temblando—. Pero… ¿qué hacemos ahora?
El silencio cayó entre ellos por un instante.
No había respuestas fáciles.
No había seguridad.
Solo la certeza de que lo que sentían había cruzado una línea invisible, y no había vuelta atrás.
Adrián levantó una mano y la colocó suavemente sobre la mejilla de Valeria.
Su contacto era firme, pero lleno de ternura.
—No quiero lastimarte —dijo—. Nunca lo haré.
Valeria cerró los ojos un segundo, disfrutando del calor de su toque, del latido compartido entre ellos.
Cuando los abrió, lo vio acercarse lentamente.
Sus labios rozaron los de ella nuevamente, esta vez con más intensidad, más urgencia.
El beso era fuego contenido durante semanas, liberado de golpe.
Sus manos se entrelazaron, recorriendo la distancia que todavía quedaba entre sus cuerpos.
Sus respiraciones se mezclaban.
El mundo exterior desapareció.
Un golpe de adrenalina recorrió ambos cuerpos.
Era pasión. Era necesidad. Era algo que no podían ignorar ni controlar.
Valeria se apoyó contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón, el calor de su cuerpo.
Adrián rodeó su cintura con fuerza, como si quisiera protegerla… y poseerla al mismo tiempo.
—Te quiero —dijo él entre susurros, aunque sabía que aún no era momento de palabras definitivas—. Pero necesito que esto sea… nuestro secreto.
Ella asintió, comprendiendo que cada instante compartido era peligroso.
Pero también comprendiendo que nada en su interior deseaba detenerse.
La tormenta emocional que los envolvía había estallado por completo.
Y ambos sabían que, después de esta noche, nada volvería a ser igual.
Mientras se separaban apenas un instante para mirarse, sus ojos hablaban por ellos: deseo, miedo, pasión y una certeza absoluta…
Lo que sentían era más grande que cualquier regla.
Más intenso que cualquier poder.
Más fuerte que ellos mismos.
Y esa noche, mientras la ciudad dormía bajo luces lejanas, Valeria y Adrián comprendieron algo irrefutable:
💖 El deseo los había encontrado… y no habría manera de escapar.