El lunes por la mañana comenzó como cualquier otro… al menos en apariencia.
El edificio corporativo bullía de actividad. Los asistentes caminaban con prisa, los teléfonos sonaban sin descanso y el ritmo del imperio de Adrián volvía a marcar cada segundo.
Pero algo era distinto.
Valeria lo notó desde que entró.
Las miradas.
Los susurros.
Y luego lo vio.
Un hombre elegante, de sonrisa fácil y traje impecable, conversaba con Adrián cerca del área ejecutiva. Tenía un aire seguro, carismático… el tipo de presencia que atraía atención sin esfuerzo.
—Valeria —la llamó la recepcionista en voz baja—. Él es Daniel Rivas. Representa al nuevo grupo inversionista.
Valeria asintió con cortesía.
Cuando se acercó para entregar unos documentos, Adrián levantó la vista hacia ella.
Su expresión permaneció profesional.
Pero sus ojos no.
—Valeria, él es Daniel Rivas —dijo Adrián.
Daniel sonrió con naturalidad y extendió la mano.
—Un placer. He escuchado que usted mantiene funcionando este imperio.
Valeria estrechó su mano con educación.
—Solo hago mi trabajo.
—Entonces debe hacerlo extraordinariamente bien.
El cumplido fue directo, sin doble intención aparente… pero Adrián sintió algo tensarse dentro de su pecho.
Algo incómodo.
Algo inesperado.
Valeria entregó los documentos y se retiró.
Sin embargo, Daniel continuó observándola mientras se alejaba.
—Eficiente y elegante —comentó—. Una combinación difícil de encontrar.
Adrián cerró el expediente con más fuerza de la necesaria.
—Es una empleada valiosa.
Su tono fue firme.
Definitivo.
Daniel levantó una ceja con diversión.
—Solo hacía una observación.
Pero Adrián ya no escuchaba.
Porque algo desconocido se había instalado en su interior.
Y no le gustaba.
Durante el almuerzo, Valeria bajó a la cafetería ejecutiva para revisar unos correos. No esperaba compañía.
—¿Puedo sentarme?
Era Daniel.
Ella dudó un segundo, pero respondió con cortesía.
—Claro.
Él sonrió.
—Debo admitir que el ambiente aquí es menos intimidante que la sala de juntas.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Eso depende del jefe que presida la reunión.
—Entonces ahora entiendo por qué todos caminan con tanta precisión.
Conversaron con naturalidad. Daniel tenía una forma ligera de hablar que hacía fácil la conversación.
Desde el segundo piso, Adrián observaba.
No había bajado por café.
Ni por comida.
Había bajado sin darse cuenta.
Y ahora permanecía inmóvil.
Observándolos.
Valeria reía suavemente.
Daniel se inclinaba hacia ella mientras hablaban.
Algo ardió dentro del pecho de Adrián.
No era ira.
No era molestia.
Era algo mucho más primitivo.
Más visceral.
Más peligroso.
Celos.
El reconocimiento lo irritó.
Él no era un hombre celoso.
No tenía tiempo para emociones inútiles.
No le pertenecía.
No era suya.
Y sin embargo…
Verla sonreír con otro hombre le resultaba insoportable.
Antes de pensarlo, sus pasos lo llevaron hacia ellos.
—Valeria.
Su voz fue firme.
Ella levantó la vista, sorprendida.
Daniel también.
—La reunión con los directores se adelantó —continuó Adrián—. Necesito esos informes ahora.
Valeria se puso de pie de inmediato.
—Por supuesto.
Daniel miró la escena con interés silencioso.
—Ha sido un gusto —dijo él.
—Igualmente —respondió Valeria.
Adrián no añadió nada.
Se giró y caminó de regreso al ascensor.
Valeria lo siguió.
El silencio entre ambos era espeso.
Cuando las puertas se cerraron, Adrián habló sin mirarla.
—Debes mantener distancia profesional con los inversionistas.
Valeria frunció el ceño.
—Solo conversábamos.
—No es apropiado.
Ella lo miró.
Había algo distinto en su tono.
Algo que no encajaba con la frialdad habitual.
—Entiendo mi trabajo perfectamente, señor.
El ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Adrián salió sin responder.
Pero su mandíbula estaba tensa.
Y sus manos cerradas.
Valeria permaneció inmóvil unos segundos antes de seguirlo.
No entendía su reacción.
Pero algo en su mirada…
no había sido profesional.
Había sido personal.
Y esa noche, mientras Adrián permanecía solo en su despacho, una verdad incómoda lo acompañó:
No le molestaba Daniel.
Le molestaba lo que sentía al verla con otro hombre.
Y eso…
era mucho más peligroso.