6. capítulo

2183 Palabras
A la mañana siguiente, Sahara despertó radiante y de muy buen humor. Se levantó de la cama, cepilló sus dientes y bajó a desayunar. Aún las empleadas no se habían despertado, así que decidió preparar el desayuno de todos, incluido Kaleb. Ella no era experta en la cocina, pero sabía defenderse en lo básico, ya que su hermano Stephen le había enseñado, él era un amante de la gastronomía y por lo tanto aprendió del mejor. Haría bastante comida, en una sartén sin aceite, añadió el beicon, cubrió con un poco de agua y encendió el fuego al máximo hasta que hirvió el agua. Mientras, en otro sartén añadió un poco de mantequilla y frió los huevos. Preparó tortitas que fue colocando una tras una formado una torre alta. También colocó tostadas francesas en el desayuno. La joven Sahara se desenvolvía en la cocina, movía las caderas al ritmo de la música que escuchaba desde su reproductor de Spotify. Le había subido tanto el volumen a la canción, que no escuchó los pasos que provenían de la segunda planta. Kaleb que había oído el ruido que provenía de la cocina, fue a ver de qué se trataba. Pero lo que nunca imaginó era que la causante de todo el alboroto fuera Sahara, y mucho menos imaginó verla cocinado un montón de comida como si fuera a alimentar a un ejercicio. Se quedó observándola, vestía una pijama corta con estampado infantil, tan típico de ella. Pensó Kaleb dibujando una sonrisa en sus labios. La joven que todavía no se había percatado de Kaleb, batía los ingredientes en un bol, en su rostro tenía rastros de harina, pero a ella no parecía importarle ensuciarse. Para el joven Ainsworth fue muy gracioso todo aquello y al mismo tiempo tierno. Era una chica tan risueña, con ese brillo en su mirada avellana que expresaba lo que sentía sin filtro. Solía dar alegría a quienes la rodeaban, su forma de ser, esa manera tan especial y transparente al tratar a lo demás. Si podía describirla en una sola palabra, sería espontánea. A Kaleb, le parecía la joven más sincera y frontal, sin actitudes retorcidas o segundas intenciones. Esa era Sahara Hampson, la hermana menor de su mejor amigo. Un fuerte ruido lo sacó de su ensimismamiento, alzó la mirada y vio que la jóven se había cortado la mano. Se acercó a ella preocupado, Sahara se sobresaltó al sentir una figura detrás de ella. —¿Te has hecho daño? —agarró la mano de la joven checando con cuidado el pequeño corte no tan profundo en su palma. —No, solo me distraje un segundo —murmuró la chica sintiendo su corazón acelerado por el susto. —Da gracias a Dios que no fue grave, pero de ahora en adelante te mantendrás alejada de cualquier cosa filosa. Pudiste haberte hecho daño —la sermoneó Kaleb lavando su herida bajo el grifo de agua. —Si fuera por ti viviría en una torre donde no pueda salir ¿No? —afirmó Sahara mirándole detenidamente. Kaleb levantó la mirada encontrándose con su mirada cristalizada. Confuso, buscó las palabras adecuadas para no terminar consolando, eso nunca había sido lo suyo. No tenía idea de cómo reaccionar ante este tipo de situaciones. —Bueno... —rascó su nuca con nerviosismo—. Es cierto que eres un peligro andate, como un pequeño torbellino que va destrozando todo a su paso. Pero es algo que no puedes evitar, porque simplemente eres así y eso no está mal. Cada quien es diferente a su manera, eso es lo que nos distingue de los demás, tienes autenticidad. El ser alguien diferente origina atención, hace que los demás vean lo que otras personas son capaces, y eso contribuye a qué otros quieran superarse también, a mejorar. Sahara que se encontraba sensible, se atrevió a rodar el torso de Kaleb. Lo abrazó mientras derramaba algunas lágrimas rebeldes que bajaban silenciosas por sus mejillas. Ainsworth sorprendido y preocupado, la envolvió en sus brazos acariciando suavemente su espalda. La joven se separó un poco avergonzada, no sabía por qué de pronto se había puesto de esa manera. Pero recordó que su menstruación estaba por bajarle y lo comprendió todo. Además que le dolía ver cómo su hermano aún desconfiaba de ella, luego de lo que ocurrió hace años atrás. Todo mundo la tachaba de irresponsable, problemática o rebelde. Y eso le afectaba a la chica, pues no dejaba de culparse del fatídico accidente donde su mejor amiga murió. —Lo siento —limpió sus mejillas sonrojadas—. Es que, tuve un bajón de emociones y suelo ponerme así de sentimental. L-lo siento, no quise incomodarte. Kaleb que la observaba, acercó su mano al mentón de la chica y lo alzó para que lo mirara. —No tienes por qué disculparte, no dudes en acudir a mí si lo necesitas. Siempre estaré para ti, lo digo en serio —aseguró esbozando una sonrisa. Se miraron fijamente, ninguno de los dos tenía indicios de apartarla. No hasta que el móvil de Kaleb interrumpió aquel momento. —E-eh, terminaré de servir el desayuno —dijo Sahara alejándose lo más posible de Kaleb. Él asintió con la cabeza. —¿Sí? —contestó la llamada dirigiéndose al living. La joven soltó el aire que no sabía llevaba retenido. Su mente aún procesaba lo que había ocurrido hace minutos. ¿Estaba soñando? Se preguntó mentalmente. Emplató el desayuno de ambos y se sentó a comer para apaciguar a su estómago que gruñía. Kaleb que tenía rato hablando con uno de los encargados de su viñedo, no prestaba atención a lo que el hombre le decía. Su mente estaba en la escena de Sahara y él hace minutos atrás. Su cabeza no paraba de repetir en lo que le dijo, ¿Estará siempre para ella? ¿Es en serio Kaleb? ¿En qué estabas pensando? Se regañó a si mismo al prometer cosas que quizá jamás podría cumplir. Porque se consideraba una persona inestable, un hombre que solo tenía tiempo para su trabajo y nada más. No podía hacerle falsas promesas a una chica como Sahara, ella merecía lo mejor, y era obvio que el no podría ofrecerselo. Ainsworth cerró los ojos por un instante, al abrirlos se encontró con la mirada de la joven que lo veía intrigada. Kaleb negó con la cabeza divertido, últimamente sonreía más seguido y solía hacerlo cuando Sahara rondaba a su alrededor. Era como una luciérnaga, pequeña pero emitía su propia luz. Bastaba con tenerle cerca para sentirse otra persona, y él no sabía cómo expresar sus emociones. —Suéltalo —dijo viendo que la joven quería pedirle algo. —¿Cómo sabes...? —Eres muy predecible —agregó encogiéndose de hombros. —Vale, es cierto. Pero no del todo —defendió Sahara viéndolo alzar una ceja. —Sí, si lo eres —contradijo Kaleb. —No lo soy —puso sus brazos en jarras—. A ver, ¿Dime qué estoy pensando en este momento? Kaleb volcó los ojos. —Sé decifrar lo que según tu rostro expresivo transmite, más no soy adivino y leeré tu mente —comentó con obviedad. —Ajá, lo que digas —la joven sonrío captando la atención de Kaleb. Le parecía la sonrisa más hermosa que había visto, estaba impresionado con lo mucho que había cambiado la hermana menor de su mejor amigo. Era toda una mujer y a los ojos de cualquier hombre sin duda atraía, y no solo físicamente, lo más cautivante era su personalidad. No le daba miedo expresar lo que pensaba sin ningún tapujo, y aunque esto muchas veces le traía problemas, estaba claro que la chica no se dejaba amedrentar por nadie. —¿Desayunaste? —la joven asintió con la cabeza—. Bien. Entonces dime qué querías pedirme. —Ayer acepté ir a la reunión con una condición, y al final no te dije cuál sería. Aunque ahora sería un favor —jugueteó con un mechón de su largo cabello n***o. Aquel gesto fue coqueto para Kaleb que no lo pasó por alto. Pero Sahara pareció no hacerlo con otras intenciones. —Ve a al grano, por favor —le ordenó impaciente. —Necesito comprar algunas cosas personales, y quiero que me acompañes —el ceño de Kaleb se frunció. —Puedo decirle a una de las empleadas que lo haga, sabes que estoy ocupado y... —No —negó la joven en desacuerdo. —¿Por qué? Estás diciendo que son cosas personales, pensé que a las chicas les apenaba ir a comprar acompañadas si se trata de eso —mencionó confundido. —Pues no soy esa clase de chica. Además, ambos nos beneficiaremos —la curiosidad se plasmó en el rostro de Ainsworth. —¿Cómo me beneficiaria a mí acompañarte a ir de compras? Explícate —le pidió Kaleb sin tratar de perder la paciencia. —Bueno, tú debes hacerle creer a las personas que estás en una relación. Y para ello, es necesario actuar de acuerdo con lo que has planeado si quieres que no sospechen de que todo es mentira —las palabras de la joven tenían sentido para Kaleb. —Y por eso quieres que te acompañe a ir de compras, para que noten que lo nuestro va en serio y soy un hombre que ahora ha encontrado el amor —agregó y Sahara asintió con la cabeza—. No suena nada mal, la verdad. Teniendo en cuenta que las esposas de muchos de ellos van a esas tiendas y si me ven contigo irían a contárselo luego a ellos. —¡Exacto! —comentó Sahara aplaudiendo como si fuera lo más inteligente que se le había ocurrido— ¿Y bien? —De acuerdo, lo haré. Pero no me quedaré mucho tiempo en ese lugar. Debo atender varios asuntos —enserió su rostro. —Vale —aceptó la chica complacida. —Bueno, me iré a trabajar antes que me contagies tu locura —se despidió caminando hacia el interior de la casa. Sahara bufó. —Como si no fuera posible —murmuró para si misma. (...) Kaleb se encontraba dando vueltas en la cama si poder conciliar el sueño. Frustrado por no poder descansar, decidió levantarse y leer un rato en la biblioteca. Eso le funciona a veces y lo ayudaba a dormir. Salió de su habitación y caminó sigilosamente por el oscuro pasillo, intentando hacer el menor ruido posible y no despertar al resto que lo más probable estaban descansado. Al pasar frente de la habitación de Sahara, no pudo evitar detenerse. Y luego de debatir mentalmente si debía entrar para asegurarse que se encontraba bien, decidió abrir la puerta. La recamara estaba en penumbras, divisó la silueta de la chica bajo el montón de mantas gruesas que le cubrían hasta el cuello. Kaleb iba a cerrar la puerta y retomar su camino a la biblioteca, cuando escucho un sollozo de parte de la chica. Cruzó la estancia acercándose a la cama para confirmar si le sucedía algo o tal vez había venido de las otras habitaciones contiguas. Sin embargo, al tocar las mejillas de la joven, notó que las tenía empapadas y ardía en fiebre. Angustiado encendió la bombilla, le quitó la mantas de encima y fue en busca de un balde de agua fría para bajarle la temperatura. No tardó mucho en conseguir lo necesario y regresó a la habitación. Sahara balbuceaba cosas sin sentidos, movía su cuerpo como si quería despertarse de la pesadilla que estaba teniendo y no podía. Por lo que Kaleb no dudó en sentarse al borde de la cama e intentó tranquilizarla acomodándola en su pecho. —N-no, no me dejes aquí por favor —murmuraba sollozando cada vez más fuerte—. Stephen, no... —Sahara, despierta —Kaleb la sacudió desesperado al verla de ese modo. Tan frágil, y temerosa—. Es solo una pesadilla, tranquila. La jóven se despertó sobresaltada, pero inmediatamente cerró los ojos al sentirse débil y cansada. Una punzada en la cabeza la hizo soltar un quejido de dolor. —M-me siento terrible —su voz se oía congestionada. —Estás resfriada —dijo Kaleb mientras le colocaba los pañuelos en su frente—. Ten, tómate esto. Le ayudó a sentarse en la cama para tragar la pastilla, sosteniendo el vaso de agua entre sus manos temblorosas, Sahara bebió todo el líquido de un sorbo. Kaleb se puso de pie, iba a preparar un caldo de pollo que le sería de mucha ayuda a la jóven. —N-no, no te vayas —musitó agarrándose de su camisa. —Tranquila, no lo haré —le susurro con cariño volviendo a sentarse en el colchón. La joven Sahara reposó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos del corazón de Kaleb. Por primera vez, la chica pudo dormir plácidamente a pesar de sentirse terriblemente enferma. La compañía del hombre que despertaba esas mariposas en su interior, le transmitía una paz y seguridad que la hizo sentir protegida entre sus brazos.
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