5. capítulo

2200 Palabras
El evento lucrativo finalizó de manera excelente. Se logró el objetivo principal, recaudar fondos para algunos orfanatos y escuelas que tenían necesidad. Los invitados habían sido muy generosos al colaborar con altas cantidades de dinero que a más de uno les sobraba. Kaleb por su parte, le gustaba ayudar en este tipo de convenciones sin importar donar lo que fuera necesario para ver sonreír a esos niños. Luego de la recaudación, los presentes se quedaron charlando y bailando. El joven Ainsworth llevaba rato buscando a Sahara, pero no la encontró por ningún lado del gran salón. Angustiado pensado que quizás le habría ocurrido algo, salió al jardín y divisó su silueta en uno de los bancos. A su lado se hallaba un hombre, apresurado, caminó hacia ellos y se plantó al frente de ambos. Pero al ver de quién se trataba, la sangre le hirvió, no podía creer que Sahara se encontrara a solas con ese hombre. De seguro la jóven no tenía ni idea de quién era, pensó. —¿Qué haces aquí? —le reclamó a la chica que se sobresaltó al escucharlo. —Kaleb, que susto —dijo poniendo su mano en el pecho—. Salí a tomar aire, me estaba sofocando allí adentro. —Ya. ¿Y él qué? —señaló con su mentón a Dimitri, el hombre que se encontraba a su lado—. ¿También necesitaba aire fresco? El nombrado sonrío, llamando la atención de la joven Sahara que notó la tensión entre ambos hombres. —Hola Kaleb, tiempo sin verte —saludó Dimitri extendiendo su mano, pero Kaleb la ignoró—. Vaya, aún sigues siendo igual que antes. ¿Cómo está Diana? Me enteré que regresó a la ciudad. Ainsworth apretó su mandíbula, acortó la distancia que los separaba y le sonrío con suficiencia. —Eso pregunto yo, ¿Qué tal les ha ido? Según las noticias, será tu nueva socia, ¿No es así? —se miraron fijamente, era un batalla de miradas para ver quién la apartaba primero. Sahara decidió intervenir, ambos hombres se les notaba que querían lanzarse puñetazos. —Kaleb —lo llamó y este giró su cabeza hacia la joven—. Vamos a bailar, me encanta esa canción. Mintió agarrando su mano y lo apartó lejos de Dimitri. —Nos vemos luego —dijo el hombre a la distancia. Estando en el interior del gran salón, Kaleb detuvo a Sahara. Estaba enfadado con ella, solo le pidió que no se moviera del lugar, e hizo todo lo contrario. —¿Qué te sucede? —espetó Sahara soltándose de su agarre. —Tu me sucedes, me sacas de quicio. Este lugar está lleno de hombres que no les importa aprovecharse de chicas jóvenes como tú. ¿Ah, pero tú qué haces? Vas y sales tomar aire con este imbécil —revuelve su cabello exasperado. Sahara se cruza de brazos claramente molesta por su actitud exagerada. —Estaba aburrida, solo quería distraerme. Además, no tenía idea de que ese hombre me seguiría hasta que lo vi sentado a mi lado —se excusó—. Y si sabes cómo soy, ¿Para que me trajiste contigo? Me debes una explicación. Kaleb resopló sonoramente. —Vale, es cierto. Pero no me harás más preguntas, confórmate con lo que te diga —la joven iba a rechistar pero Kaleb se le adelantó—. Sin objeciones. Tenía que venir con una acompañante, como habrás notado, la mayoría de los invitados están casados y tienen familia. No podía ser la excepción, todos piensan que mantengo una relación con alguien. —¿Y no es así? —la chica no pudo evitar curiosear. —No, por supuesto que no. Y si lo hiciera no es de tu incumbencia —la joven le sacó la lengua de manera infantil—. El punto es que en este tipo de reuniones solo te toman en cuenta si ven que estás formalizado con alguna mujer o que sé yo. Y no podía permitirme ser excluido, es muy importante para mí el motivo de estos actos lucrativos. Sahara se le quedó mirando, quería preguntarle por qué era importante para él. Pero prefirió morderse la lengua. —Oh, entiendo —se limitó a decir—. Entonces yo soy como la chica falsa que todos creen que sale contigo, ¿Me equivoco? —No, estás en lo cierto. Pero solo será para que no comiencen a sospechar, es un pequeño favor qué harás por mí y yo te pagaré. Además, no es necesario gritar a los cuatro vientos que eres mi novia, solo a los invitados más importantes que andan pendiente de cotillar la vida de los demás. Así les cerraré la boca y me dejarán en paz —comentó tomando una copa de champagne que le ofreció el camarero. —¿Y por qué no contraste a otra chica? De seguro hubiese aceptado estar contigo por tres horas —se burló Sahara batiendo sus pestañas fingiendo inocencia ante la mirada reprobatoria de Kaleb. —No haría tal cosa, luego es un lío quitármelas de encima. Preferiría venir solo antes que contratar a cualquiera —la chica soltó una carcajada al ver la mueca que hizo al decir aquello. —Vale lo pillo, eres irresistible ante cualquiera que sería complicado no enamorarse de ti —bromeó Sahara haciendo que Kaleb le guiñara un ojo con coquetería siguiéndole el juego—. Aunque también podría ser que eres tan insoportable que nadie se atreve a pasar unas horas a solas contigo. —Eso diría yo de ti, señorita revoltosa —atacó Kaleb. —Podré ser revoltosa, un peligro andate o lo que sea. Pero al menos a mí no me miran todos como si me odian —señaló Sahara refiriéndose a los presentes que veían a Kaleb de forma despectiva. Este chaqueó la lengua sin interesarle en lo más mínimo las malas miradas del resto. —¿Quieres irte ya? —le preguntó a la jóven al verla pasear la vista con aburrimiento por el gran salón. —Estoy algo cansada, recoger uvas no es tan fácil que digamos, eh —mostró sus manos que tenían pequeños rasguños. Kaleb las tomó entre las suyas inspeccionando las marcas rojas. —¿Te hiciste daño? —la joven negó sin apartar sus delgados dedos de las grandes manos de las de él. El tacto tibio de su palma le envío una corriente eléctrica por todo su cuerpo. Pero no le prestó atención a esas sensaciones que experimentaba cuando tenía cerca al mejor amigo de su hermano. De pronto una voz femenina los hizo soltarse. Era una mujer alta y pelirroja que caminaba con una seguridad en esos zapatos de tacón negros que a la legua eran carísimos. Sahara no evitó detallarla con detenimiento. —Buenas noches —saludó al llegar junto a ellos—. Me alegra mucho verte Kaleb. El nombrado se tensó pero logró mantenerse inexpresivo como siempre. —Lástima que no diga lo mismo —siseó con frialdad. La mujer aplanó sus labios en un gesto que Sahara no pasó por desapercibido. No era necesario ser adivinos para saber que algo habían tenidos aquellos dos, nada más la forma en que la pelirroja cuyo nombre era Diana, pues así lo decía el collar que adornaba su cuello, miraba a Kaleb. Fue evidente para la joven que esta era la mujer que mencionó ese tal Dimitri. Pero Kaleb parecía siquiera poder soportar mirarla. —Hola, disculpa que no me presenté —se dirigió a Sahara y le extendió la mano—. Soy... —Diana —la interrumpió la joven haciendo que la pelirroja se sorprendiera—. Lo leí en tu collar. —Oh claro, que tonta —soltó una risita avergonzada—. ¿Tu quién eres? —Sahara Hampson, la her... —Mi novia —le cortó Kaleb atrayéndola hacia él. Las dos mujeres se le quedaron viendo con el ceño fruncido. La primera asombrada, y Sahara con miles de preguntas en su cabeza. No entendía por qué Kaleb había dicho eso si solo debían fingirlo delante de aquellos hombres importantes. ¿Sería para darle celos a su ex? Pensó internamente la jóven. —¿Novia? —inquirió la mujer mirándolos curiosa. —Sí, como escuchas. Sahara y yo somos pareja —reafirmó posando su mano en la cintura de la joven. —Oh, que bien, me alegra saber que al fin tienes a alguien en tu vida —sus palabras sonaron bruscas—. Bueno, los dejo, iré a ver a mi prometido. Fue un placer conocerte Sahara, espero verte luego. —Claro, así podrías enseñarme la ciudad —propuso Sahara a la pelirroja que de pronto se le veía muy incómoda. —Vale, seguro —dijo y se alejó de ambos. La joven miró de soslayo a Kaleb, su rostro denotaba que estaba enojado. Tenía la vista fija en el hombre que tomó la mano de la mujer apenas esta había cruzado el gran salón. De repente comenzó a sonar una melodía suave, un vals que animó a los presentes a ir a la pista de baile. —¿Bailamos? —le preguntó a Kaleb que aún no había soltado el agarre en su cintura. —¿Eh? —frunció el ceño hacia ella. —Que si quieres bailar, aunque no me sorprendería si no lo haces. De todos modos puedo decirle a cualquier hombre de aquí y de seguro no me negarán una pieza, ¿Verdad? —la joven comenzó a buscar a un compañero en medio del gentío—. Ah, ya lo encontré. Echó a andar hacia un hombre apuesto que se encontraba cerca. Kaleb siguió cada uno de sus movimientos, la vio acercarse a uno de los socios de su empresa y abrió los ojos desmesuradamente. Comenzó a caminar a su dirección, la joven Sahara estaba por llamar la atención del hombre que le daba la espalda, pero logró ser más rápido y la arrastró lejos de él antes que este notara su presencia. —¡¿Estás loca?! —le gritó en medio del desolado pasillo. —¿Qué dices? Solo lo iba a invitar a bailar. ¡Dios! Estás peor que Stephen —dijo la chica rodando los ojos. —¡Es un hombre casado! —mencionó Kaleb haciendo que la chica se sonrojara—. Y la esposa es demasiado celosa y no le importaría armar un drama con tal de dejar claro que su esposo no está disponible para ninguna otra fémina. —¡Oh por dios! ¡Que vergüenza! —exclamó la joven cubriendo su rostro. —¿Ves por qué no puedo dejarte sola ni un segundo? Pareces una niña que hace todo lo contrario a lo que le dicen —la miró negando con la cabeza. La chica sintió enojo al escucharle llamarle niña, odiaba con todo su ser que se refirieran a ella como una cría. —Entonces piénsalo antes de traerme a un lugar como este donde pueda dejarte en ridículo. Si eso es lo que tanto te avergüenza —soltó dándose media vuelta saliendo al jardín. Kaleb se quedó mudo ante sus palabras, no había sido su intención ofenderla, pues, si en algo tenía razón Sahara era que no debió inmiscuirla en sus asuntos. Pero ya de seguro todos estaban enterado de que tenía una relación con ella y no podía desmentirlo puesto que se vería en apuros de buscar una novia falsa. Y lo último que quería Kaleb era tener que lidiar con una mujer en esos momentos. Decidió ir al jardín a hablar con Sahara, le debía una disculpa. Recorrió el extenso lugar y no vio rastro de ella. Así que se dirigió a la fuente donde podría ver todo con más facilidad, sin embargo, un ruido lo distrajo y al darse la vuelta para ver de dónde provenía, tropezó con la joven que estaba escondida tras un arbusto cerca, esperando que Kaleb se acercara y hacerle una pequeña broma. Pero lo que no se imaginó nunca Sahara, fue que tropezaría con una rama ocasionado que se agarrara del brazo de Kaleb para no caer y el resultado fue peor. Ya que se lo llevó consigo a la fuente de agua. Ambos se empaparon de pies a cabeza, y lo peor era que el agua estaba helada. Al salir a la superficie, Kaleb la tomó de las mejillas revisando su rostro. —¿Estás bien? ¿Te hiciste daño? —la miró preocupado. —S-sí, estoy bien. T-tengo frío —tartamudeó abrazándose a si misma—. ¿Tú estás bien? Kaleb bajó la vista a sus ropas empapadas y negó con la cabeza reprimiendo una carcajada que no pudo retener. A Sahara le pareció la melodía más hermosa que sus oídos habían escuchado jamás. Era extraño verlo así de relajado en la situación en la que se encontraban. Por un momento, la joven pensó que se enojaría con ella y terminaría frunciendo el entrecejo como solía hacer cuando se enfadaba. Pero esta vez, ocurrió todo lo contrario y en su interior se instaló un cosquilleo extraño. Ese pequeño instante quedó grabado en su memoria.
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