CAPÍTULO 8

633 Palabras
El Regreso entre Risas y Susurros El trayecto de vuelta desde la Ciudad Vieja fue una mezcla de la brisa fría del Río de la Plata y el calor residual de la adrenalina. Elena y Micaela, todavía eufóricas por el "momento Black Velvet" en el restaurante, apenas registraban el silencio cargado de Dante y Luca en el coche. Para ellas, los Moretti eran solo los espectadores de lujo de su propia película. Cuando el coche se detuvo frente al edificio en Pocitos, Elena bajó primero. El sonido de su bastón sobre la vereda mojada por la humedad montevideana marcaba un ritmo de victoria. —Gracias por el vino, Moretti. Estaba aceptable —soltó Elena, con una sonrisa de lado mientras esperaba el ascensor. —¿Aceptable? —Luca soltó una risa incrédula—. Era el mejor Tannat de la reserva, Micaela, decile algo. —El vino era bueno, Luca, pero nosotras somos mejores —respondió Micaela, guiñándole un ojo antes de entrar en la cabina de hierro. El espacio volvió a ser pequeño. La tensión s****l era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo, pero Elena y Micaela seguían en su burbuja. Elena se apoyaba en su bastón, tarareando suavemente los últimos versos de la canción, mientras Micaela le acomodaba un mechón de pelo con un gesto lleno de cariño y complicidad. —¿Saben? —dijo Dante, su voz rasposa rompiendo el tarareo—, parecen tener un secreto muy grande. Esa alegría que traen no es solo por la música. Elena lo miró fijamente. Por un segundo, el corazón le dio un vuelco. ¿Sabría lo del sorteo? ¿Lo del viaje a Memphis?Pero luego vio la mirada de Dante: no era sospecha, era pura y llana fascinación. Él no buscaba información; buscaba una grieta por donde entrar en su mundo. —Todas las mujeres tenemos secretos, Dante —respondió Elena, acercando la empuñadura de su bastón al pecho de él, marcando una distancia juguetona—. Es lo que nos mantiene interesantes. Al llegar al piso 12, las chicas salieron casi bailando. Dante y Luca las siguieron con la vista hasta que entraron en su apartamento. Los hermanos entraron al suyo, cerrando la puerta con un clic pesado. —Están ocultando algo —insistió Luca, tirando su chaqueta al sillón—. Esas risitas cuando mencionamos el futuro... —No me importa qué ocultan, Luca —respondió Dante, yendo directo al mueble bar para servirse un whisky—. Me importa que se sienten invencibles. Y no hay nada que me guste más que ver a una reina creer que su castillo es inexpugnable. Del otro lado de la pared, ajenas a la oscuridad que crecía en la mente de Dante, Elena y Micaela cerraron la puerta con llave y estallaron en saltitos silenciosos. —¡No se dieron cuenta de nada! —susurró Micaela, abrazando a Elena—. ¡Mañana mismo reservamos los pasajes a Tennessee! —¡Graceland, allá vamos! —Elena se dejó caer en su sillón favorito, acariciando el sobre del premio—. Ni mafia italiana, ni vecinos guapos, ni nadie nos va a sacar este sueño. Elena tomó su teléfono y puso "Suspicious Minds" a un volumen mínimo, solo para ellas. Mientras Elvis cantaba sobre estar atrapado en una trampa, ellas bailaban despacio en medio del salón, celebrando su libertad, sin saber que, efectivamente, la trampa de los Moretti se estaba cerrando, pero por razones que nada tenían que ver con su dinero o su viaje. Dante, pegado a la pared del otro lado, escuchó los primeros acordes de la canción. No sospechaba del viaje, no sospechaba del dinero. Solo sabía que ese ritmo lo estaba volviendo loco y que, tarde o temprano, Elena bailaría solo para él.
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