El Vuelo de las Reinas
La madrugada en Montevideo era una sábana de niebla que se arrastraba desde el Río de la Plata, envolviendo los edificios de Pocitos en un abrazo frío y húmedo. Dentro del apartamento 12A, el silencio era eléctrico. Elena y Micaela se movían como sombras, terminando de cerrar las maletas con el sigilo de quien está planeando un escape de Alcatraz.
—¿Tenés todo? ¿El pasaporte? ¿La entrada para la mansión? —susurró Micaela, verificando su mochila por quinta vez.
—Tengo todo, Mica. Y lo más importante... —Elena levantó su bastón de ébano, que brillaba bajo la luz tenue de la cocina—. Tengo las ganas de que nadie me detenga.
Salieron del apartamento sin hacer un solo ruido. Elena llevaba una maleta pequeña con ruedas, mientras Micaela cargaba con el resto. Caminaron por el pasillo de mármol, pasando frente a la puerta de los Moretti. Elena se detuvo un segundo, mirando la madera oscura tras la cual Dante dormía —o quizás planeaba su próxima obsesión—. Una sonrisa triunfal se dibujó en sus labios rojos. Esta vez, la trampa no se cerraría sobre ellas.
En el vestíbulo, Don Jorge, el portero del edificio de toda la vida, las esperaba con la puerta de vidrio abierta y un taxi ya estacionado en la puerta. Jorge era un hombre de pocas palabras, el tipo de uruguayo que entiende todo sin que le expliquen nada.
—Buen viaje, muchachas —dijo Jorge en un susurro, mientras ayudaba a Micaela con las valijas—. No se preocupen, por acá nadie vio nada. Si los "tanos" preguntan, les digo que salieron a caminar por la rambla temprano.
—Sos un ángel, Jorge —le dijo Elena, dándole un apretón de manos—. No les digas ni una palabra. Queremos que se rompan la cabeza pensando a dónde fuimos.
—Mi boca es una tumba, m’hija —respondió el viejo, guiñándole un ojo.
El taxi arrancó, alejándolas del edificio. Elena miró por la ventana hacia el piso 12. Las ventanas de los Moretti estaban oscuras. Se sintió sexy, poderosa y, sobre todo, libre.
—¿Ponemos algo para entrar en clima? —preguntó Micaela, sacando su teléfono.
Las notas de "Black Velvet"empezaron a sonar suavemente en el interior del taxi.
“A new religion that'll bring ya to your knees / Black velvet if you please..."
—Graceland nos espera, nena —dijo Elena, apoyando su cabeza en el hombro de su amiga.
Mientras tanto, en el piso 12...
Dante Moretti se despertó de golpe. No fue un ruido lo que lo despertó, sino la ausencia de uno. El edificio se sentía... vacío. Se levantó, caminó hacia la ventana y vio un taxi alejarse por la calle desierta. Sus instintos de cazador se encendieron.
Se puso una bata de seda negra y salió al pasillo. Se paró frente a la puerta del 12A y pegó la oreja. Nada. Ni risas, ni el chasquido del vinilo, ni el rítmico *clac-clac* del bastón de Elena que ya se había convertido en el latido de su propio corazón.
—Luca, despertate —dijo Dante, entrando en la habitación de su hermano—. Se fueron.
—¿Quiénes? ¿A dónde? —preguntó Luca, frotándose los ojos.
—Ellas. Y no fue a la panadería —Dante apretó los puños—. El aire se siente distinto. Se nos escaparon, Luca. Pero lo que no saben es que en nuestro mundo, nadie se escapa para siempre.
Dante bajó al lobby minutos después. Jorge estaba barriendo la entrada con una parsimonia exasperante.
—Jorge —dijo Dante, su voz como un látigo—. ¿Vio a las vecinas?
El portero lo miró de arriba abajo, siguió barriendo y se encogió de hombros.
—Ni idea, patrón. Capaz que salieron a respirar aire puro. A esta hora la Rambla está linda, ¿vio?
Dante supo que el viejo mentía. Pero también supo que Elena era mucho más inteligente de lo que él pensaba. Una sonrisa oscura apareció en su rostro. La búsqueda iba a ser la parte más excitante del juego.