CAPÍTULO 10

799 Palabras
Rastros Digitales y el Cielo de Tennessee El apartamento de los Moretti se había transformado en un centro de operaciones clandestino. Dante, con la camisa negra desprendida y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, golpeó el escritorio con el puño. En las pantallas de sus computadoras no había transacciones bancarias ni rutas de contrabando; solo perfiles vacíos y callejones sin salida. —¡Es imposible! —rugió Dante—. Nadie desaparece así en 2026. ¡Nadie! Luca, sentado frente a otra laptop, suspiró con frustración mientras revisaba los servidores de reconocimiento facial que su padre les había enseñado a usar para cazar enemigos en Calabria. —Dante, estas chicas son fantasmas digitales. Elena no tiene i********:, no tiene t****k, no tiene nada. Y la tal Micaela tiene una cuenta privada con la foto de un perro —dijo Luca, tirando la cabeza hacia atrás—. He rastreado las cámaras de seguridad de la Rambla, pero el portero, ese viejo zorro de Jorge, las hizo subir al taxi justo en el punto ciego del edificio. Dante caminó hacia la pared que compartían con el 12A. El silencio del otro lado era una tortura. No había bajo eléctrico, no había risas, no había el rítmico "clac-clac" del bastón que se había convertido en su obsesión. —No son fantasmas, Luca. Son inteligentes —susurró Dante, apoyando la frente contra la pared fría—. Disfrutan de este juego. Saben que las estoy buscando y se están riendo de nosotros en algún lugar del mundo. —¿Y si volvieron a Italia? ¿Y si nuestro padre las encontró primero para usarlas contra nosotros? —preguntó Luca, con el miedo asomando en su voz. —No —sentenció Dante con seguridad—. Mi padre no sabe que existen. Esto no es por la mafia. Esto es por ellas. Están probando cuánto poder tengo. Buscá en los registros de los aeropuertos, soborná a quien tengas que sobornar en Carrasco. Quiero cada lista de pasajeros de las últimas doce horas. Mientras tanto, a miles de kilómetros de la humedad de Montevideo, un aire diferente golpeaba el rostro de Elena. Un aire cargado de historia, de blues y del aroma a barbacoa ahumada de Tennessee. El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Memphis. Cuando las puertas se abrieron, Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Se ajustó el vestido de seda oscura, se puso sus gafas de sol más grandes y tomó con firmeza su bastón de plata. Al bajar por la manga, el sonido de su apoyo sobre el suelo americano sonó como una declaración de independencia. —¡Estamos acá, Mica! ¡Lo logramos! —exclamó Elena, respirando hondo. —¡Memphis, bebé! —Micaela gritó de alegría, atrayendo las miradas de los turistas estadounidenses, quienes se quedaban embelesados por la belleza y la actitud desafiante de las dos uruguayas. Tomaron un coche hacia el hotel, y mientras cruzaban el puente sobre el río Mississippi, el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color naranja intenso, como melaza derretida. —“The sun is settin' like molasses in the sky...”—cantó Elena en un susurro, mirando el paisaje por la ventanilla—. Es igual a la canción, Mica. Es exactamente como lo imaginé. Llegaron al hotel, una joya boutique cerca de Beale Street. Elena caminaba por el lobby con una confianza renovada. No se sentía como una chica con una discapacidad en un país extraño; se sentía como la dueña de la ciudad. Su bastón golpeaba el suelo con un ritmo que parecía decir: "Aquí estoy". —Pedí servicio a la habitación, Mica. Necesito un trago y poner el disco de Elvis más fuerte que el sistema de sonido me permita —dijo Elena, dejándose caer en la cama king-size de la suite. Micaela abrió la ventana y el sonido de la música callejera de Memphis inundó la habitación. —¿Sabés qué es lo mejor de todo esto, reina? —preguntó Micaela, sirviendo dos copas de bourbon. —¿Qué? —Que esos dos italianos deben estar rompiéndose la cabeza en Pocitos, buscándonos debajo de las baldosas —rio Micaela, chocando su copa con la de Elena. Elena sonrió, una sonrisa oscura y sensual. —Dejalos que busquen. Que aprendan que el terciopelo n***o no se deja atrapar tan fácilmente. Esta noche, Memphis es nuestra. Y mañana... mañana vamos a ver al Rey. Elena se levantó, caminó hacia el espejo y se miró. Estaba lejos de casa, lejos de la sombra de Dante Moretti, pero en el fondo de su mente, una pequeña chispa le decía que el italiano no se daría por vencido. Y esa idea, lejos de asustarla, la hacía sentir más viva que nunca.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR