El Santuario del Rey
El taxi se detuvo frente al 3764 de la Elvis Presley Boulevard. A través de la ventanilla, el famoso muro de piedra cubierto de grafitis de fans de todo el mundo parecía un guardián de sueños. Elena y Micaela se quedaron en silencio por un momento, procesando que el aire que respiraban ahora era el de Memphis, el de su ídolo, el de su refugio emocional desde que eran niñas.
—Llegamos, Mica. De verdad llegamos —susurró Elena, su voz quebrándose por primera vez.
Bajaron del vehículo. Elena apoyó su bastón de plata en la acera de Tennessee con una solemnidad casi religiosa. Al levantar la vista y ver la mansión blanca con sus columnas coloniales descansando sobre la colina, las lágrimas empezaron a correr libres por sus mejillas. No era solo un viaje; era la culminación de años de resistencia, de bailar en un apartamento de Montevideo cuando el mundo les decía que no podían, de sentirse sexys y poderosas gracias a la voz de un hombre que también había sido un rebelde.
—Mirá eso, Elena... es igual que en las fotos, pero tiene un aura... —Micaela no pudo terminar la frase. Se cubrió la boca con la mano, sollozando de alegría pura, abrazando a su amiga con fuerza.
Caminaron hacia la entrada. Elena no sentía el peso de su pierna, ni el esfuerzo del bastón; se sentía ligera, como si el espíritu del rock and roll la sostuviera. Al entrar a la mansión, el tiempo se detuvo.
En el interior de Graceland
Recorrieron la sala de estar con sus sofás blancos infinitos y el piano de cola. Cuando llegaron a la famosa "Jungle Room", con su alfombra verde y cascada de piedra, Elena se detuvo.
—¿Te acordás cuando escuchábamos *Suspicious Minds* en tu cuarto de niñas y decíamos que algún día íbamos a estar acá? —preguntó Elena, limpiándose las lágrimas con los dedos, dejando un rastro de rímel que solo la hacía ver más auténtica, más humana.
—Lo decíamos para no llorar porque no teníamos ni para el boleto del bondi —rio Micaela entre sollozos—. Y miranos ahora. Estamos en la casa del Rey, Elena. Y nadie nos lo regaló. Nosotras lo ganamos.
Se quedaron un largo rato en el Jardín de la Meditación, frente a la tumba de Elvis. El silencio era profundo, roto solo por el susurro del viento entre los árboles. Elena se inclinó un poco, apoyando una mano en la piedra fría mientras con la otra sostenía su bastón.
—Gracias por enseñarme que ser diferente es ser único —susurró Elena, cerrando los ojos—. Gracias por la música que me hizo sentir sexy cuando el espejo me decía lo contrario.
Mientras tanto, a miles de kilómetros...
En Montevideo, la desesperación había alcanzado un punto de ebullición. Dante Moretti estaba sentado en el suelo del apartamento vacío de Elena, rodeado de botellas de whisky y mapas que no llevaban a ningún lado. No se había afeitado en días y su elegancia italiana se había transformado en una decadencia peligrosa.
—¡No puede ser! —gritó Dante, lanzando un vaso contra la pared del 12A—. ¡Tiene que haber una señal! ¡Un rastro! ¡Algo!
Luca entró, mirando a su hermano con lástima.
—Dante, basta. Estamos quemando recursos de la familia. Papá mandó a alguien a buscarnos. Si no volvemos al negocio, nos van a matar a nosotros antes de que encuentres a esa chica.
—Que vengan —gruñó Dante, sus ojos inyectados en una obsesión que ya no tenía retorno—. Que vengan todos. No me muevo de acá hasta que sienta el golpe de su bastón en el pasillo. Ella es mi religión ahora, Luca. Y un hombre no abandona su iglesia.
Dante no sabía que, en ese preciso momento, Elena estaba a miles de kilómetros, llorando de felicidad frente a la tumba del Rey, viviendo el momento más puro de su vida, completamente libre de las garras del hombre que estaba dispuesto a incendiar Uruguay solo para volver a verla bailar.