La calma antes de la obsesión
En Montevideo, la vida tiene un ritmo que no se apura por nadie. Dante Moretti lo sabía. Después de los días de furia y botellas rotas, una extraña calma —fría y calculadora— se asentó sobre él. Entendió que si quería sobrevivir en Uruguay y mantener a raya a su padre, no podía seguir actuando como un loco.
Dante retomó su rutina de "hombre de negocios" discreto. Se lo veía de nuevo por los cafés de la zona, impecable en sus trajes oscuros, sentado en una mesa frente al mar, leyendo el diario o revisando documentos de la importadora que usaban como fachada. Para el mundo, era un italiano adinerado disfrutando de la paz charrúa. Pero por dentro, cada vez que escuchaba el motor de un taxi o el eco de unos pasos en el pasillo del edificio, su corazón se tensaba como una cuerda de piano.
—¿Viste? Al final la paz uruguaya te terminó comprando —le dijo Luca una tarde, mientras caminaban por la Rambla, viendo a la gente tomar mate frente al atardecer—. Ya no gritás, ya no rompés cosas.
Dante se detuvo y miró el horizonte, donde el río parece un océano.
—No es paz, Luca. Es paciencia. Aprendí que en este país todo llega, tarde o temprano. El portero me mira con lástima, pero yo sé que ellas van a volver. Este es su hogar. Y cuando lo hagan, no voy a ser el animal que las asuste. Voy a ser la sombra que las envuelva.
Dante había vuelto a limpiar su apartamento, a dejarlo en orden. Había dejado de buscar por r************* para no levantar sospechas innecesarias. Se dedicó a trabajar, a mover los hilos de su padre con eficiencia para que los dejaran tranquilos en su refugio del sur. Pero cada noche, antes de dormir, se paraba frente a la pared del 12A y apoyaba la mano, esperando sentir, por obra de la magia, la vibración de un disco de Elvis.
Mientras tanto, en Memphis...
Elena y Micaela vivían un sueño despiertas. Después de la catarsis en Graceland, se dedicaron a recorrer Beale Street. Elena, con su bastón de plata, se convirtió en una celebridad local en los clubes de blues. Los músicos negros, con sus guitarras gastadas, le sonreían y le dedicaban canciones cuando la veían entrar con esa seguridad arrolladora.
—¡Elena, mirá esto! ¡Elvis comía acá! —gritó Micaela, señalando un pequeño bar lleno de fotos antiguas.
Esa noche, decidieron que era momento de vestirse para matar. Elena se puso un vestido de satén rojo, corto y atrevido, que contrastaba con su bastón oscuro. Se sentía más sexy que nunca. Estaban en un bar de mala muerte donde una banda tocaba clásicos de los 50.
—¡Por nosotras, Mica! —brindó Elena con un vaso de bourbon—. Por el sorteo, por el Rey y por haber tenido el coraje de cruzar el mapa.
De repente, la banda empezó a tocar una versión lenta y blusera de "Suspicious Minds". Elena se levantó. No necesitaba que nadie la invitara. Empezó a moverse sola, apoyando su peso en el bastón para hacer giros lentos, cerrando los ojos.
—“We're caught in a trap...” —susurró, siguiendo la letra.
Por un segundo, la imagen de Dante Moretti cruzó su mente. Recordó la intensidad de su mirada en el ascensor, la forma en que él la observaba como si fuera una presa valiosa. Un escalofrío que no era de miedo, sino de una excitación oscura, recorrió su espalda.
—¿En qué pensás, nena? —le preguntó Micaela, acercándose para bailar con ella.
—En que este viaje es perfecto —mintió Elena con una sonrisa traviesa—, pero que a veces extraño el aire de Montevideo.
Micaela se rió, dándole un beso rápido en la mejilla.
—Disfrutá, que todavía nos queda mucha carretera. Montevideo no se va a mover de donde está.
Eran felices. Eran libres. No sabían que en Uruguay, el hombre de la cicatriz en la mandíbula había recuperado la compostura solo para volverse un depredador más paciente y peligroso. Dante ya no las buscaba en pantallas; las esperaba en la realidad, contando los granos de arena de un reloj invisible.