La Ruta del Blues y el Silencio de la Piedra
Memphis no fue suficiente. El espíritu de rebelión de Elena y Micaela pedía más carretera, más asfalto y más historias escritas en el viento. Con el dinero del premio aún fluyendo y la sensación de ser dueñas del mundo, decidieron alquilar un descapotable clásico.
—¿A dónde, reina? —preguntó Micaela, ajustándose un pañuelo de seda sobre el pelo y poniéndose unas gafas de sol de estilo *cat-eye*.
—Hacia el sur, Mica. Por la Highway 61. Vamos a buscar la encrucijada, el lugar donde se venden las almas por un poco de talento y mucha libertad —respondió Elena, acomodando su bastón en el asiento trasero como si fuera su copiloto de confianza.
Dejaron Memphis atrás, adentrándose en el Delta del Mississippi. El paisaje cambió a campos de algodón infinitos y pueblos que parecían detenidos en el tiempo. Se sentían como en la letra de "Black Velvet"
—“Mississippi in the middle of a dry spell...” —canturreó Elena, dejando que el viento le despeinara los rulos—. ¿Te das cuenta, Mica? Estamos viviendo la canción.
Se detuvieron en locales de carretera donde el suelo era de aserrín y la música salía de gargantas que habían bebido demasiado humo y penas. En cada lugar, Elena atraía todas las miradas. Su forma de entrar a los bares, apoyada en su bastón con una elegancia que desafiaba cualquier mirada de lástima, la hacía parecer una aparición. Los hombres bajaban sus vasos y las mujeres la miraban con una mezcla de envidia y respeto. Ella era el "terciopelo n***o" en carne y hueso.
Mientras tanto, en el lobby del edificio en Pocitos...
Dante Moretti no podía dormir. La calma que había intentado imponerse era solo una máscara. Bajó al lobby a las tres de la mañana, encontrando a Don Jorge cabeceando frente a una pequeña televisión en blanco y n***o.
El sonido de los zapatos italianos de Dante sobre el mármol despertó al portero, quien se acomodó la gorra con parsimonia.
—Otra vez usted por acá, Don Moretti —dijo Jorge, alcanzándole el termo para que viera que estaba por cebar un mate—. ¿El insomnio no perdona?
Dante se apoyó en el mostrador de madera. Sacó un billete de cien dólares y lo deslizó suavemente sobre la superficie, pero Jorge ni siquiera lo miró.
—No quiero comprar su silencio, Jorge. Quiero comprar su honestidad —dijo Dante, su voz baja y peligrosa—. Usted sabe que no soy un tipo común. Y sabe que ellas no son chicas comunes. Dígame... ¿ellas mencionaron algún lugar? ¿Un nombre? ¿Una ciudad?
Jorge suspiró, cebó un mate y le ofreció uno a Dante, quien lo rechazó con un gesto impaciente.
—Mire, m’hijo —empezó Jorge con ese tono sabio que solo tienen los viejos montevideanos—. Usted las mira como si fueran un tesoro que se le escapó. Y capaz que ese es su error. Elena... esa muchacha nació con un cuerpo que le dio pelea desde el primer día. Usted cree que la puede atrapar, pero ella lleva toda la vida escapando de las limitaciones.
Dante apretó la mandíbula.
—No quiero atraparla. Quiero... —se detuvo, sin saber cómo explicar la obsesión que le quemaba las entrañas.
—Usted quiere poseerla —sentenció el portero—. Y Elena es como el viento de la rambla: si usted cierra la mano para agarrarlo, se queda con nada. Solo le voy a decir una cosa: ellas se fueron felices. Gritaban de alegría por un viaje que era su sueño. Si usted de verdad quiere verla de nuevo, deje de buscar pistas y empiece a preparar el lugar para cuando vuelvan. Porque van a volver, pero solo si sienten que este edificio sigue siendo su refugio y no una jaula.
Dante retiró el billete de la mesa. Miró a Jorge con un respeto amargo.
—¿Van a volver, Jorge?
—Uruguay es el país de los regresos, Don Moretti. Acá todos vuelven. Tarde o temprano, el olor al río las va a traer de vuelta.
Dante asintió y subió al piso 12 en silencio. Entró al apartamento de Elena, que ahora tenía una vigilancia discreta pero absoluta. Se sentó en la oscuridad, imaginándola en algún lugar del Mississippi, riendo bajo el sol, sin saber que él estaba aprendiendo la lección más difícil de su vida de mafioso: que para tener a Elena, primero tenía que aprender a esperarla.