CAPÍTULO 20

710 Palabras
El Aeropuerto de las Penas y la Venganza de las Carteras El Aeropuerto Internacional de Memphis estaba colmado de turistas. Elena y Micaela, ya sin pelucas pero con una sonrisa de victoria que no les cabía en el rostro, caminaban hacia la puerta de embarque. Se sentían renovadas, salvajes y listas para volver a su apartamento en Pocitos a contar su secreto. —Fue el mejor viaje de la historia, Mica —dijo Elena, haciendo girar su bastón de plata—. Y lo mejor fue el show gratuito de los italianos. —Ni en Las Vegas conseguís un espectáculo así —rio Micaela, revisando los pasaportes. A lo lejos, divisaron a dos figuras que parecían haber salido de una zona de guerra. Dante llevaba un parche en la ceja, un brazo en cabestrillo y la camisa mal abrochada. Luca, aunque físicamente entero, caminaba encorvado, todavía con espasmos musculares de tanto reírse durante las últimas 48 horas. Dante vio a Elena. Sus ojos se iluminaron con una mezcla de amor, locura y alivio. —¡Elena! ¡Esperá! —gritó, lanzándose en una carrera desesperada por el hall principal. Pero el suelo del aeropuerto de Memphis acababa de ser encerado. ¡ZAS! Los pies de Dante perdieron contacto con la realidad. En un intento desesperado por no caer, sus manos buscaron apoyo, pero lo único que encontró fue un grupo de señoras de una congregación religiosa que esperaban para embarcar a un retiro. Dante cayó de lleno entre ellas, golpeando carteras, sombreros y, en el caos, sus manos terminaron sujetando accidentalmente las rodillas de dos señoras para no irse de cara al piso. —¡Ayyy! ¡Un degenerado! —gritó la más alta, dándole un golpe seco con un bolso de cuero que pesaba como una piedra. —¡Pervertido! ¡Aprovechador! —gritó otra, empezando a lloverle carterazos, paraguazos y tirones de pelo. Dante estaba en el suelo, rodeado de abuelas enfurecidas que lo castigaban al grito de "¡A la cárcel!". Luca se detuvo a tres metros. Se tapó la cara, se arrodilló y empezó a golpear el suelo del aeropuerto. Su risa ya no era humana, era un chillido de puro éxtasis. —¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJA! —Luca gritaba mientras las lágrimas le mojaban el cuello de la camisa—. ¡DANTE, TE ESTÁN MATANDO LAS ABUELAS! ¡ES EL MEJOR VIAJE DE MI VIDA! ¡GRACIAS, ELVIS! ¡GRACIAS POR ESTE REGALO! Luca lloraba de la risa, literalmente sin aire, viendo cómo su hermano, el heredero de la corona Moretti, era humillado por un ejército de señoras con rosarios. Elena y Micaela llegaron al mostrador justo a tiempo. Antes de entrar al túnel del avión, Elena se giró. Vio a Dante siendo rescatado por la seguridad del aeropuerto mientras una señora todavía le pegaba con un zapato en la oreja. Ella sacó su teléfono, sacó una foto perfecta de la escena y, con una sonrisa de pura maldad, buscó el número de Dante (que el portero Jorge le había dado "por si las dudas"). Ya en el avión, sobrevolando el Atlántico... Dante, sentado en su asiento de primera clase con el hielo en la cara y el espíritu destruido, sintió que su teléfono vibraba. Era un mensaje de un número desconocido. Al abrirlo, vio la foto: él en el suelo, rodeado de carteras, con la cara de pánico total. Debajo, un texto: > *"Elvis dice que te queda mejor el morado que el n***o. Nos vemos en el piso 12, vecino. Si es que lográs caminar sin caerte."* Dante miró la pantalla y luego miró a Luca, que estaba en el asiento de al lado, todavía con hipo y una sonrisa de satisfacción absoluta. —Dante... —dijo Luca suspirando, secándose una última lágrima—. Aunque me mates al llegar a Montevideo, quiero que sepas que este viaje valió cada segundo. Sos el mejor comediante del mundo. Dante cerró los ojos y se hundió en su asiento. Estaba golpeado, humillado y maldito por el Rey, pero por primera vez en su vida, tenía el mensaje de Elena en su teléfono. Había perdido la dignidad, pero el juego en el edificio de Pocitos apenas estaba por empezar de nuevo.
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