Me senté pacientemente ante el escritorio y golpeé con los dedos la mesa metálica. Delante de mí había una puerta metálica con pequeños círculos. Un brazo, y si no una mano, sólo cabía por el hueco. Exhalé un suspiro mientras me inclinaba hacia atrás. Alisé el papel del escritorio que tenía delante y sonreí lentamente. Tras varios momentos de espera, la puerta del lado opuesto comenzó a abrirse. Poniendo cara de neutralidad, vi entrar a una confundida Catalina con un agente de policía que la sujetaba del brazo. Sacó una llave del bolsillo trasero y le quitó las esposas. Catalina se agarró inmediatamente las muñecas y se las frotó aliviada mientras el agente no pronunciaba palabra y salía de la habitación, cerrando la puerta. En ese momento, Catalina aún no me había visto. Estaba de e
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