Llegar a esa casa revivía los recuerdos al instante...
Darren recordaba ese día. Llegó temprano del colegio. Había prometido portarse bien. Incluso ayudaba a los vecinos a podar jardines por unos pocos dólares, con la esperanza ingenua de ver feliz a su madre. Sabía que ella no estaba bien. Bebía demasiado, a veces pasaba horas frente a la ventana, con la mirada perdida como si su alma flotara lejos.
Esa tarde verían una película juntos. O al menos, eso creyó.
La casa estaba demasiado silenciosa. La canción que su madre repetía cada tarde ya no llenaba el aire. El silencio era absoluto. Y aterrador. La buscó por todos lados hasta que llegó al jardín trasero.
Primero vio la silla caída. Luego, el cuerpo de su madre balanceándose como un péndulo. Supo al instante que estaba muerta. Su rostro, ya apagado en vida, era ahora del color de la nieve. Le tocó las piernas: heladas.
No lloró. Quizá, en el fondo, ya lo presentía. Su madre hablaba con frecuencia de lo mucho que odiaba vivir. Aun así, fue como si algo dentro de él se apagará también.
Entró en la casa y buscó el teléfono para llamar a emergencias. Fue entonces cuando encontró la carta. Estaba sobre la mesa, con su nombre escrito en la portada. La escondió bajo su ropa, sin saber que con los años se convertiría en su brújula.
Las autoridades hablaron de buscar a su padre, pero Darren se adelantó. Ocultó la única foto que podía darles una pista. Mintió. Dijo que no lo conocía.
Pero sí lo conocía.
Su madre le había contado. De cómo la sedujo siendo apenas una adolescente. De cómo la obligaron a casarse con él. De cómo la humilló, la traicionó, la usó. De cómo, cuando ella pidió el divorcio, la golpeó y la despojó de todo: del apellido, del estatus, de su dignidad… y casi también de su hijo. Nunca lo reconoció legalmente. Decía que Darren no era suyo.
Pero lo era. Y Darren lo sabía. Su madre se lo había probado. Junto a esa carta estaba la prueba. No había perdón para ese hombre. Solo un odio silencioso que crecía con los años.
El orfanato fue un infierno. Los niños eran crueles. Algunos se burlaban, decían que su madre lo había preferido morir que verlo. Al principio, esas palabras lo rompían. Luego aprendió a callarlas. A golpes, si era necesario.
Allí conoció a Johan. Un niño flaco y tímido, blanco fácil para todos. Lo seguía como una sombra. Darren al principio lo ignoraba. Pero Johan no se alejaba. Era persistente. Constante. Fue ganándose su lugar.
Cuando Darren fue adoptado por Colbert, un hombre mayor y millonario sin hijos, insistió en que también ayudara a Johan. Colbert aceptó. A todos les dijo que Darren era su hijo no reconocido y pronto le dio el apellido. Le enseñó sobre negocios, poder, estrategia. Fue lo más parecido a un padre que tuvo.
Años después, Darren compró la antigua casa de su abuela. Enterró a su madre en el jardín trasero, bajo una lápida con peonías blancas talladas en mármol. “Siempre serás mi hogar”, decía la inscripción.
Cada cuatro de diciembre volvía. Colocaba flores sobre la tumba. Se sentaba con dos copas y una botella de whisky. Una para él. Otra para ella.
Pero esa vez fue diferente. Había algo nuevo en su vida. Un poco de luz. Estaba Leiah.
— Mamá quiere hablarte de alguien - le dijo a la silla vacía...
***
Un par de días después, llamo a Johan, sin respuesta, no le había reportado nada y el comenzaba a desesperarse, no podía ser tan dificil encontrar a una chica, de pronto su teléfono se encendió con un mensaje de Johan. Una foto. Ella. La había encontrado.
Johan había contactado con Camila, fue difícil, ella solo accedió a cambio de una promesa de recomendación académica y cierta compensación económica. La describió como una joven ambiciosa, que usaba su belleza para escalar socialmente. Dijo que jugaba con un tal Stefan, un estudiante brillante de medicina.
Pero Johan, escéptico, decidió comprobarlo por sí mismo. La vigiló durante tres días. Observó su rutina: universidad, trabajo, bicicleta, casa. La vio rechazar propinas excesivas, ofrecer ayuda a una compañera sin recursos, salir del café con un gesto cansado pero honesto. Nada en su actitud coincidía con las palabras de Camila.
Entonces le envió la foto a Darren, acompañada de una advertencia:
—La información de Camila podría estar manipulada, pero igual debes conocerla. Ella no parece una cazafortunas, pero uno nunca sabe. Tal vez esta metida en algo.
—¿Como que?
—He visto el mismo coche n***o varias veces. La sigue desde la universidad hasta casa. Ella lo ha notado. Tiene miedo.
Darren cerró los ojos con fuerza. Algo raro rondaba a esa chica, pero no adivinaba que, y si era honesto, no impedia que quisiera verla.
—Estoy en camino —dijo finalmente. Su voz era un filo de acero.
—Te espero en el hotel. Ya tengo la dirección exacta del café. Pero cuidado, hermano. Si lo que sospechamos es cierto, esto es más que una simple búsqueda.
Darren asintió. Reservó un vuelo inmediato. Mientras empacaba, pensó en la carta de su madre. En la promesa que le hizo. Y en los ojos de Leiah aquella noche.
Nada sería sencillo. Pero nada valioso lo era.
***
Horas después Darren esperaba en el café junto a Johan
—No deberías estar aquí —dijo Darren, molesto, sin quitar la vista de la entrada.
—Es tu primer gran encuentro con mi cuñada. No me lo perdería por nada.
La mesera se acercó con el menú, sonriendo exageradamente y tocando el brazo de Johan de manera coqueta.
—Pidan lo que quieran —dijo, sin dejar de mirarlo.
—Te llamaremos si es necesario —respondió Darren con tono cortante.
Estaba empezando a desesperarse cuando la vio llegar. Su cabello rubio brillaba bajo el sol de la tarde, su piel clara se había sonrojado por la prisa... o quizá por la bicicleta. Su corazón comenzó a martillarle el pecho con fuerza. Era ella. Por fin.
eiah pedaleaba más rápido de lo usual, con las mejillas sonrojadas por la brisa matutina y el reloj que marcaba que ya iba tarde. "Vamos, vamos, por favor no lluevas hoy", pensó mientras esquivaba con agilidad a los peatones del campus. Su turno en la cafetería empezaba en cinco minutos y aún tenía que dejar la bicicleta y cambiarse la camisa empapada por el esfuerzo.
Entró al local casi corriendo, saludó al encargado con una sonrisa apurada y fue directo al baño. Mientras se arreglaba frente al espejo, notó su reflejo y se detuvo un segundo. Algo dentro de ella se sentía diferente ese día. Había dormido mal la noche anterior, con una extraña sensación en el pecho. Como si algo, o alguien, se acercara.
Cuando por fin salió con su delantal puesto, ya habían varios clientes sentados. La música ambiental y el murmullo de las conversaciones le devolvieron un poco la calma. Se enfocó en atender con eficiencia, como siempre. Iba a tomar el pedido de una mesa cuando sus ojos se desviaron hacia el rincón más alejado, y su mundo se detuvo por un instante.
Ahí estaba él.
Darren.
O eso creyó, porque estaba de espaldas. Su postura erguida, los hombros anchos, y ese aire misterioso que incluso desde lejos parecía envolverlo todo… Leiah se quedó petrificada unos segundos. Su corazón empezó a latir más rápido, el estómago se le anudó y la bandeja tembló apenas perceptiblemente en sus manos.
—¿Todo bien? —le preguntó su compañera mesera, cruzándose con ella.
Leiah apenas pudo asentir, aunque sentía que la sangre le hervía. "¿Será él de verdad? ¿Después de tanto tiempo? ¿Por qué justo hoy me puse esta blusa vieja?"
Siguió trabajando como si no lo hubiera visto, luchando por mantener la compostura. Desde el mostrador, disimuladamente, lo observaba de reojo. Y sí… ahora lo sabía con certeza. Era Darren. Él no la miraba directamente, pero podía sentir sus ojos cada tanto sobre ella. Y, por alguna razón, eso la hacía sonreír. No como una tonta enamorada, claro que no. Solo… un poco.
No podia soportar la expectativa asi que le suplico a su compañera que se quedara para irse antes, y le escribio a Eva, diciendole que no viniera. Cuando ya cuando se estaba quitando el delantal, lo vio acercarse. En una mano llevaba un ramo de peonias rosas y astromelias blancas, y en la otra una pequeña bolsita celeste con el logo de Tiffany. Leiah arqueó una ceja y cruzó los brazos, aunque el corazón le bailaba.
—¿En serio todo esto es para mí? —preguntó, intentando sonar sarcástica, pero con la voz temblorosa.
—Lo menos que podía hacer —respondió Darren con una sonrisa ladeada—. Aunque estaba pensando en añadir un cuarteto de cuerdas y fuegos artificiales.
Leiah soltó una carcajada.
—Muy sobrio de tu parte. Supongo que no se podía pedir más viniendo de ti.
Él le extendió las flores con un gesto casi tímido, y ella las tomó, aspirando el aroma con una sonrisa auténtica.
—¿Cenamos? —preguntó él, como si esa palabra fuera la cosa más importante del universo.
—Solo si no es sushi barato ni hamburguesas grasosas —respondió ella, mirándolo con picardía—. Quiero comida coreana.
—Entonces comida coreana será.