Capítulo 5

1666 Palabras
El pequeño restaurante no estaba lejos. Era cálido, con mesas bajas y lámparas de papel que daban una luz suave y dorada. Se sentaron en un rincón apartado, y Leiah se quitó los zapatos como dictaba la costumbre en ese tipo de lugares. Darren la imitó, no sin hacer una mueca graciosa al agacharse. Pidieron bulgogi, japchae y unas cervezas suaves. Durante la comida, hablaron de cosas ligeras: películas que ambos odiaban, un profesor insoportable de su antigua universidad, y lo espantosamente mal que bailaba Darren en su época de fiestas. Leiah se reía como no lo hacía desde hacía meses. Había algo en él que la desarmaba, una mezcla de arrogancia y ternura, como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros, pero aún así tuviera espacio para mirarla a ella como si fuera lo único que importaba. En un momento de silencio, cuando compartían una cucharada de bingsu, Darren la miró directamente, sin desviar la mirada esta vez. —¿Por qué te fuiste sin decir nada? —preguntó, con la voz más baja, más seria. Leiah lo miró fijamente por un segundo. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos. —¿Y tú por qué no me llamaste? —respondió con suavidad, pero sin esconder la herida. —No dejaste tu numero, pense que me odiabas. —Claro que lo deje en la recepción. —dijo ella extrañada —Pensé que no te importaba. Ambos rieron, pero fue una risa amarga, llena de lo que nunca dijeron. Después, sus rostros se volvieron serios. —Me fui porque tenía miedo —dijo ella finalmente—. Miedo de mi misma, nunca me habia sentido asi. Mi vida estaba en caos… y tú parecías demasiado perfecto, para ser real. —No soy perfecto —respondió él casi con tristeza—. Solo intentaba no desmoronarme. —¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no confiaste en mí? —Porque nunca antes había confiado en nadie. Se miraron largo rato. Leiah estiró la mano sobre la mesa, y Darren la tomó. En ese gesto sencillo, sin promesas ni etiquetas, había más verdad que en cualquier palabra dicha. Al salir del restaurante, caminaban juntos por la acera, sus pasos sincronizados sin siquiera intentarlo. Él llevaba la bolsa del regalo en una mano y con la otra la tomó suavemente de la cintura, como si temiera que pudiera desvanecerse. —¿Sabes? —dijo Leiah mientras lo miraba de reojo—. Esta cita ha sido perfecta. —Eso que dices es peligrosamente romántico —respondió Darren, fingiendo alarma—. ¿Estás segura de que no te cambiaron la personalidad en la cafetería? —Muy gracioso —contestó ella—. Pero sí… ha sido perfecta. Aunque, si me das el brazalete sin hacer una broma, quizás me derrita un poquito. Él se detuvo, sacó la cajita azul y la abrió. Sin decir nada, se lo colocó en la muñeca con delicadeza. Luego besó su mano y la sostuvo como si fuera lo más valioso del mundo. —Gracias por no desaparecer otra vez —murmuró ella. —Gracias por dejarte encontrar. **** Desde que la volvió a ver, Darren no pensaba en otra cosa. Su risa, su forma de morderse el labio cuando estaba nerviosa, el modo en que lo miraba sin terminar de confiar del todo. Esa noche, después de dejarla en casa, no durmió. Solo podía pensar en volver a tenerla cerca. Había pasado años construyendo una coraza a su alrededor, y en cuestión de horas, Leiah había vuelto a colarse como una canción vieja que uno no sabía que seguía recordando. La mañana siguiente lo encontró con un café amargo entre las manos y el teléfono en la oreja. —Necesito algo especial —le dijo a Johan, con tono grave pero ilusionado—. Nada escandaloso, solo… perfecto. —¿Para cuándo? —Esta noche. —¿Esta noche? ¿Quieres una cena perfecta para esta noche? ¿En qué parte de ti vive el hombre racional con agenda? —Lo dejé en Nueva York. —Lo noté. ¿Qué quieres exactamente? Darren sonrió con suavidad. —Un yate. Pequeño, íntimo. Música suave. Comida decente. En el Lago Erie. Johan soltó un suspiro dramático del otro lado. —Eres un loco enamorado. ¿Te das cuenta, verdad? —Sí. Y no pienso detenerme. *** Marcus colgó el teléfono furioso, Colbert había encontrado a Leiah, o al menos eso le había dicho su informante. Golpeó el escritorio con frustración, pensando en que Daniel Dalbus no estaba precisamente cooperador. El imbécil de William cometía cada vez más errores con la empresa, tenía que casarse rápidamente, necesitaban emparentar con Dalbus para impulsar la carrera política de su padre, e incluso la propia. Estúpida Leiah, la iba a dejar divertirse unos días, parecía que Colbert no sabía nada sobre quién era. Mejor así que pensara que no era nadie relevante, y no que pensara en ella como un prospecto serio. **** Horas después, Darren se plantó frente al espejo con una camisa negra, el primer botón suelto, el reloj que ella una vez dijo que le gustaba y una pizca de inseguridad que no recordaba haber sentido en años. Había aprendido a manejar contratos millonarios y a doblegar empresarios con solo una mirada, pero ninguna de esas habilidades le servía ahora. Mando a un chofer a recogerla y cuando la vio acercarse al muelle, el aire se le fue del cuerpo. Leiah llevaba un vestido azul marino, vaporoso, que dejaba al descubierto sus hombros y caía justo hasta el tobillo. Su cabello suelto y ligeramente ondeado parecía moverse en cámara lenta con la brisa. Caminaba hacia él con una mezcla de nerviosismo y decisión. Y en ese instante, Darren supo que si ella le pedía dejarlo todo, lo haría sin dudarlo. —¿Un yate? —preguntó ella con una sonrisa contenida—. Modesto, como siempre. —Quería algo donde pudiéramos hablar sin que un camarero interrumpiera —respondió, ofreciéndole la mano. —¿Y el violín? ¿Lo encontraste en descuento? —No quise arriesgarme a poner un altavoz con Spotify —replicó él divertido. Subieron al yate y se acercaron a la mesa, el violín comenzó a sonar a lo lejos, interpretado por una joven de vestido n***o sentada discretamente a popa. Las luces tenues, el reflejo del agua y el cielo nocturno pintaban un cuadro irreal. Mientras cenaban, Leiah no dejaba de reírse de las anécdotas absurdas que Darren contó de su adolescencia. Darren, en cambio, apenas podía concentrarse en lo que decía; su mente se iba a su boca, al modo en que ella pasaba el dedo por el borde de la copa, al brillo de su piel bajo la luna. La tensión entre ambos crecía con cada minuto. No necesitaban palabras. Las miradas decían todo. Una parte de él deseaba lanzarse a ese abismo de deseo que lo estaba consumiendo, pero otra —la más nueva, la más consciente de lo frágil y preciosa que era ella— sabía que debía esperar. Y fue Leiah quien rompió el hechizo. —Esta noche ha sido… —suspiró, mordiéndose el labio— maravillosa. —Y eso que apenas comienza —susurró Darren, rozándole la mano. Ella entrelazó los dedos con los suyos. Se acercaron más, casi sin darse cuenta. Sus rostros a centímetros. Él rozó su mejilla con los labios, luego bajó lentamente hacia su cuello. Ella cerró los ojos. La respiración se volvió más intensa. Su mano se apoyó en el muslo de ella, con una ternura medida que contenía un fuego evidente. Entonces Leiah lo detuvo con un gesto suave, pero firme. —Darren… —susurró— quiero que esperes. Él se apartó, solo un poco. Su respiración aún agitada. —¿Esperar? —A la próxima cita. Quiero planearla yo. Quiero sentir que esto va despacio… que no es solo deseo. Él la miró con una mezcla de respeto y frustración deliciosa. La deseaba como nunca, sí, pero más que eso, la quería completa. Entera. Convencida. —Está bien —dijo finalmente—. Si tengo que esperar para que seas tú quien lo elija… entonces esperaré. Leiah sonrió, acariciándole el rostro con la yema de los dedos. —Y prometo que, si todo sigue así… la próxima vez, no me detendré. *** Al dejarla en la puerta de su casa, antes de que ella bajara del auto, Darren habló otra vez. —Voy a quedarme un tiempo más en la ciudad. —¿Ah, sí? —preguntó ella, sorprendida. —Sí. Encontré un penthouse temporal, nada lujoso. —¿Nada lujoso? —rió ella—. ¿Y me estás pidiendo que te ayude a elegir muebles? —Quiero que me ayudes a hacer de ese lugar algo… más humano. Más tuyo. Ella lo miró en silencio. Una mezcla de desconcierto y ternura se reflejaba en su rostro. —¿Estás aquí por trabajo? Darren dudó apenas una fracción de segundo. Luego negó con una sonrisa sincera. —No. Estoy aquí por ti. Leiah abrió la puerta del auto, con el corazón agitado. —Entonces será mejor que elijas bien los colores. Porque si ese sofá me parece feo, te lo haré saber. —Cuento con ello. Ella bajó, caminó hasta la puerta y se volvió una vez más. —Buenas noches, Darren. —Buenas noches, Leiah. Cuando la vio desaparecer tras la puerta, tomó el móvil y marcó. —¿Johan? —Dime que no tengo que planear otra cena flotante mañana. —No. Solo dime donde hay un lugar con muebles decentes. Y empieza a buscar trabajo real en esta ciudad. —¿Trabajo real? —Sí. Porque me quedo. Y no quiero fingir más. Solo hay una cosa —una persona— en la que puedo pensar. Y colgó, mirando hacia el cielo oscuro con la certeza de que esta vez, no dejaría que ella se escapara.
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