La doctora asintió. —Por supuesto, pero aún no podemos permitir visitas, necesitamos estabilizarla más. Es crucial que no entres en la sala ahora. La negación fue como un balde de agua fría, y el miedo y la impotencia me arrojaron al borde del abismo. Las palabras de la doctora retumbaron en mi cabeza, como un eco que no podía acallar. Me aferré a la esperanza de que Andrew pudiera hacer algo, cualquier cosa, para salvar a mi abuela. Giré la cabeza hacia él, mi mirada suplicante, los ojos llenos de lágrimas que ya no podía contener. —Andrew… tú eres médico… por favor, ve a verla. Tienes que ayudarla. Llévala a tu clínica si es necesario. No la dejes morir, Andrew, por favor, no la dejes morir… Él me miró con un dolor profundo en sus ojos, uno que entendí como la lucha interna entre

