Los faroles estaban encendidos. Habían bombillas colgadas en los hilos transparentes, que estaban amarrados en los árboles y que reflejaban las luces de neón de los carteles que habían en los puestos de comida del festival. Nos costó conseguir un lugar en el estacionamiento. Apenas bajé del carro, un niño corrió a toda velocidad hacia mi dirección, tenía los brazos extendidos e imitaba el sonido de una avioneta. Dio una vuelta, como de reconocimiento, y se marchó. Otros niños empezaron a perseguirlo. Entonces entendí que estaban en plena guerra aérea. Cerré las puertas con seguro, escondí las manos en el bolsillo del pantalón. Hacía frío, pero no tanto como el frío mi corazón sin Rebeca. Las aguas heladas eran hielo. El fiordo abría sus fauces para dejar pasar el bote en el que me encont

