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Una propuesta tentadora, pero a la vez absurda.
Quédate que te contaré una historia, o esto.
O de lo que se trate todo lo que pasó.
Bien, todo comenzó cuando existió el primer rumor de la historia mundial. Si bien conocía y sabía que mis padres y mi familia era una de las más poderosas del país, habíamos sido amenazados por alguien de afuera, un hijueputa con canas y corbata con pelotas de golf. Su nombre era Charles Warren, de un específico curriculum y graduado en la universidad de Nueva York.
Todo lindo hasta el momento, pero no fue lindo cuando recibimos la primera carta de amenaza.
Y voy avisando que esto va pa' largo.
Mi padre ha manejado una empresa desde hace años, Ferrec Model, una empresa de textil que promocionaba los mejores trajes y vestuarios para modelos del país. Sin embargo, la competencia —y la penosa empresa de Charles Warren— decidieron copiar todo lo que Ferrec Model sacaba en el mercado.
Y esa es una fascinante historia para comenzar este lío de mentiras.
Comenzó la polémica más grande de la historia. Miles de revistas anunciaban una posible guerra, y yo estaba en juego. Había decidido estudiar derecho, mientras que era modelo invitada en la empresa de mi padre. Charles Warren había firmado esas revistas, sabiendo que yo era la hija de su competencia. Es absurdo, o abuso de poder; él siempre ha querido sobreevualuarse en todo su trabajo, que posiblemente es la peor del mundo, y opaca a los poderosos que se cruzan por su camino.
Cuando la empresa de Warren alcanzó a la de mi padre, llegó la primera amenaza, luego la segunda y la tercera. Tan asustados, sus hombres un día atacaron la oficina de mi padre y robaron los documentos de las pasarelas. Meses más tarde, nuestra idea era formada en su nueva compañía denominada como WAMODEL.
Apenas tenía veintitrés años, y eso me había indignado. Mi padre me había advertido que meterme con ese tipo de gente iba a resultar peligroso. Y lo sabía muchísimo. Pero, con veintitrés años, me valía v***a la vida y quería hacer de las mías. Viajaba por el mundo. Tenia una vida de ensueño, de esas que deseas para poder despertar en las Islas Maldivas.
Una tarde, mi padre me había llamado y especulaba cosas con la furia de un huracán, se había enterado que por mis propios medios había ido a enfrentar a Charles, pero por su suerte, el viejo maldito no estaba. No se encontraba. Se había ido a París para comprar cosas de diseños y encargarse de su empresa.
Patética idea, Dana.
—Creo que debo dejarte en claro que no te metas en asuntos que no te pertenecen, y que tu rabia de niña no nos salvará de ninguna forma —había especulado mientras me tenía al frente suyo y de su colega—. Así que, dejas todo este absurdo plan y vuelves a estudiar en la universidad, ¿me has entendido? Ya no te quiero ver en sus oficinas ni enterarme que fuiste de nuevo a enfrentar a ese maldito. Eso es asunto nuestro, Dana, no necesito que seas mi detective.
Claro que no le entendí ni una mierda.
—¿No te importa nuestra familia acaso? —le había dicho mientras mis puños se posaban sobre su escritorio—. Entiendo que disimules tener una perfecta, y que todo a tu alrededor también lo sea de alguna forma. Pero, nosotros somos lo único que tú tienes y deberías valorar eso.
Su mirada me lo dijo todo.
Es cómo si me hubiera dicho: «Vale, hazlo, y rescata a la familia de este atroz momento que nos involucra». Pues, claro que no dijo eso, porque siempre he sido demasiado terca y he tomado las decisiones por mi misma.
Así que como su silencio era una simple respuesta, esa misma noche rematé:
—Oh, claro, quieres salvar y limpiar tu nombre para no ser visto como un mal candidato a los presidentes de la moda, ¿no es así? Pues que mal, papá, porque yo también quiero limpiarnos, pero a todos nosotros. Incluyéndote.
De una sola vuelta salí del edificio de mi padre sintiendo su mirada atrás. Ya nada me importaba en lo absoluto, y era una razón obvia para creerme la valiente de la historia. La cosa se ponía intensa, más intensa cuando en la mañana siguiente caí en el edificio de Charles. Otra vez.
La secretaria me había lanzado una sonrisa aburrida, y me dirigió nuevamente por el ascensor hasta su oficina, que más bien parecía un burdel. Había sido educada en las mejoras escuelas, por los mejores profesores de moda, en la mejor universidad de los Estados Unidos y aún así todo lo que salía de mi boca eran puras mentiras y puros insultos.
Ahí no queda todo, espérate.
Esta vez si estaba Charles, allí estaba él. Subí por el ascensor fingiendo una buena escena donde le rompería la cara de un puñetazo por molestar e interrumpir la paz mental en la familia Ferrec. Y Charles... bueno, a él también le valía v***a la vida.
Estaba comiendo donas con el gran estómago de un elefante de más de sesenta años. O eso le calculaba de edad. En cuanto me vio, se lamió los arrugados dedos manchados por el azúcar glass de la dona. Repentinamente se enderezó, y esbozó una sonrisa clara, profunda y que era problable —dentro de mi mente— qué Satán le había enseñado como sonreír.
—¡Vaya! —exclamó como si hubiera encontrado oro—. ¿Qué tenemos aquí? Dejaré de buscar piedras preciosas para mi colección, ya que solas vienen a mí. Pues bueno, yo soy Charles Warren, ¿y tú pequeñita...?
Les puedo jurar que mis puños se volvieron blancos al apretarlos tanto contra mis jeans. No había persona más desagradable que él, ni siquiera un silencio dónde puedes disfrutar sin ser interrumpido por el desubicado que se tira un gas.
—Soy Dana Ferrec —aseguré con la cabeza en alto—, la hija de...
—Sé quién eres. —Bajó su sonrisa y volvió a recostarse sobre el asiento—. Sé quién eres tan perfectamente que podría comerme todas estas donas mientras tú me suplicas que deje de molestar al estúpido de tu padre. Ajam, sí, continúa.
También puedo jurar que tenía el conocimiento de creer que mi padre me tenía algo aislada de la prensa, pero Charles Warren me conocía. Me encontraba en la situación, de haber pensado que mi discurso ya no era necesario y que mi valentía se disminuía.
Charles era un tipazo peligroso, hasta tenía armas en su oficina.
—Bueno... supongo que usted sabe por lo que vengo, ¿no es así?
Miré con asombro el estuche con la navaja dentro de él, y que él utilizaba para quitarle el dulce de leche que estaba dentro de la dona. Al parecer le importaba un p**o la vida, creo que más que a mí, era como que WAMODEL lo tenía de espejo a algo que ocultaba. Mi vista se fue a varias fotografías en la mesa, una de dos niños y la otra de una bella mujer.
Aplanó los labios cuando descubrió que andaba de chismosa mirando sus recuerdos.
—Entonces, mini-Ferrec, ¿qué te trae por aquí? —preguntó, relamiéndose los labios para saborear la azúcar glass en sus comisuras—. Parece que te ha gustado mi niño, jeje, pequeña pervertida.
No respondí al instante, me quedé algo muda hasta que reaccioné.
—Quiero hacer un trato contigo —confesé, aunque ya no estaba segura de seguir con ese plan que traía en mente—, pero tengo un plan en mente antes. Y no, no estoy mirando a tu estúpido niño, no me interesa él.
—Pues mirabas de curiosa, ni que tu padre te pagara para curiosear. —Su respuesta fueron risitas intensas de puro humor n***o. Y entonces, pude ver como él se estaba burlando de mí. No pude evitar seguir su sonrisa, y sus risas, porqué quería seguirle el juego como fuera.
Hasta que dejó de reírse y se reacomodó en su silla nuevamente.
—Okey, entonces... ¿de qué me acusas? —contestó.
—De ladrón, mentiroso, y mafioso.
Él negando con la cabeza mientras le señalaba los catálogos de sus pobres revistas con diseños fatalmente malísimos. Y que sus modelos parecían sacadas de la mismísima Vogue del año 93.
—No hice tal cosa, mini-Ferrec, ¿quién te dijo eso?
—Yo sé que sí, así que deja de amenazar a mi familia o te la verás conmigo.
Ahora que lo veo, fui demasiado estúpida al decir eso. Acto seguido, Charles se levantó y se posicionó delante de mí. Pero antes, observó las fotografías de los dos niños. Tomó ese marco, y lo rompió contra la pared.
—Pides mucho, linda. Además, ¿qué podría hacerme un cuerpo flacucho como el tuyo? Ya, ¿quieres dinero para unas hamburguesas triple con queso cheddar y barbacoa? Pídelo, te daré lo que quieras. Hasta un vuelo para que te vayas a la verdadera v***a.
Mi cuerpo se estremeció como si yo fuera el vidrio que se había roto. Entonces, era como si el coraje me hubiera atravesado el alma o como si el demonio de la chica de El Exorcista, se hubiera metido por mis fosas nasales y me hubiera puesto peor de lo que estaba.
Me acerqué rápidamente, y Charles retrocedió.
—Mire, viejo con cabeza de alcantarilla —dije lo primero que me ocurrió en la mente—. Usted sabe muy bien lo que ha hecho, y si le vale tres pitos contestarme, pues que le valga. Y si te dejas de j***r con mi familia, juro que no diré que has mandado a tus hombres a robarle a mi padre y todos felices, ¿va?
Pareciera que lo hubiera pensado más de dos veces, se volvió a sentar de nuevo en su escritorio y me miró de arriba hacía abajo. Finalmente sonrió.
—¿Quieres salvar a tu familia? Oh bueno, esto parece una película de verdad... —preguntó el muy descarado viejo con cabeza de alcantarilla, y por supuesto que acepté.
Tuve la necesidad de removerme un poco, pero mis ojos siguieron en él todo el maldito tiempo de esa vida.
—Sí quiero, y no quiero que nada malo les pase... se lo suplico —solté como consuelo.
Charles se levantó como pudo, como si su trasero le dijera: «Levantáte y enseñále quién eres, perdedor». Pues se quedó delante de mí, y podía sentir mi aire de miedo entrar en su territorio. Quedar cara a cara me había asustado demasiado.
—Tráeme a Lucian aquí. No lo quiero muerto, sino que vivo, y te daré todo lo que quieras.
Lo miré confundida.
—¿Y quién demonios es Lucian? —pregunté de brazos cruzados.
—Él —señaló la foto. La foto de los dos niños, pero señaló al castaño.
—Usted esta loco, ¿lo sabía? —me quejé—. No secuestraré a un niño y ni tampoco lo traeré. ¿Qué piensa hacer con el niño? ¿Matarlo? ¿Enterrarlo sin sospechas y luego culparme a mí?
Soltó una carcajada de aquellas como diciendo: «¡Qué imbécil te ves, Dana!».
—Ya no es tan niño, tiene veintiséis —dijo calmado, con otra dona en la mano—. Él debería estar aquí, pero ha hecho tantas cosas malas que desearía matarlo aunque fuera un niño de diez años. Ya sabrás. El hijo rebelde sin causa que decide irse a Europa a comenzar su nueva 'vida' a costillas de su padre millonario, mientras que los problemas sigan aquí y sin ese niñito... no podré seguir con la vida. Ya sabrás tú, ¿no es así?
No podía creer que aquel hombre tenía la mente tan perversa como absurda.
Sin embargo, le pedí explicaciones de lo que había hecho. Y cuál era el motivo para llevárselo a él, ¿qué era lo que había sucedido? Una explicación fue muy obvia: castigo. Por un momento me imaginé que Christian Grey quería castigarle con sus lazos mágicos.
—Si me da una explicación más clara sobre él, le agradecería...
Charles me miró de nuevo y tomó unos papeles que me entregó acto siguiente. Me explicó con cuidado y sin que nadie escuchara lo que tal ves cambiaría la historia:
—Bueno, pues, está clarito que el inmaduro es mi hijo. Hemos tenido algunos problemas, él manejaba la empresa y me dejó colgado como chimpancé hace seis meses atrás. Se fue a vivir a París, me dejo aislado y lleno de trabajo. Es un maldito rebelde, y un maldito malcriado.
—Bueno, qué va. Entonces, ¿quiere los dedos o el cabello? —pregunté, haciendo una falsa lista. Él se rió un poco—. Puedo traerlo por partes, como usted prefiera.
—Lo quiero enterito, de pies a cabeza. —Contestó—. Me gusta tu personalidad, aunque siempre te he visto tímida detrás de las pasarelas. ¿Qué ha hecho que hayas sacado la chica-valiente-nadie-me-pasa de dentro tuyo?
Contuve la risa. El viejo comenzaba a caerme bien y era el enemigo. ¡El enemigo!
Y su plan era un riesgo. Aunque, sí... Lo dudé bastante. Por dos obvias razones: Quería salirme del ámbito familiar que ya me estaba hartando. Mi padre queriéndome enviar a Nueva York porqué supuestamente me la paso viajando, y después que hago escándalos en la oficina de Charles. Y la otra, era porqué realmente ellos me importaban.
Me importaban Matt y Jocie, mi hermano mayor y la menor, y mi abuela Nani.
Y pues bueno, la mierda se prendió.
—Acepto. Pero más te valga que no vaya sola, y mándame una instrucción de que hacer, porqué gracias a ti saqué la chica-valiente-no-me-pasa-nada de adentro mío —contesté, y después me fui de su edificio.
Cuando volví a la casa, con cautela, Matt me recibió como si me hubiera extrañado demasiado. Él era como esos hermanos mayores y muy burlones, como un dolor en el trasero o una picadura de abeja. Era la mosca en mi sopa, y estaba loco.
En sentido cariñoso, obvio. Lo encontré en la isla de la cocina tomando cerveza a horas de la mañana, no era de sorprenderse. Me apoyé en la isla a su lado y me serví una taza de un delicioso café que mi padre había dejado. Se quedó pensativo unos segundos, como si estuviera adivinando algo que hice. Mientras que tomaba el último sorbito de su cerveza, su mano ya buscaba otra en el refrigerador.
No importa que sea un miércoles por la noche; así es Matt.
Me mira por un largo rato, sin decir nada.
—¿Qué? —resoplé.
—Nada, naditas. Sólo me decía por dentro, que eres tonta y debes pedirle perdón.
—Si es por Jordan, ni lo menciones... —solté, tomando una tostada de la isla.
Jordan había sido mi novio por algunos meses, pero terminamos por otros asuntos.
No en ese caso de pegarle a alguien, pero era demasiado brusco. La relación se fundía, pues ya no venía más a verme. Me había dicho que trabajaba con un viejo amargado en una gran empresa, y tenía mucho que hacer todas las noches. Y además estaba en el FBI, era de esos dioses sexys policías que ves por la calle y te enamoras de él.
Levanta las manos, como si tocarme fuera un pecado.
—Bien. Lo intenté. Cuando escuche tus gemidos en tu habitación o el armario, le diré a Nani que lo intenté —contestó, y solté una risita traviesa.
—¿A qué te refieres?
—A qué aún sientes algo por él, loquita. Quisiera que se arreglaran, ahora que ha dejado el FBI y trabaja con ese viejo amargado... podrías darle una oportunidad.
Odiaba que Jordan estuviera en el FBI, y me sentí obligada a dejarle por esa razón.
Rodeé los ojos y mordí las tostadas. Matt tenía, en cierta parte, razón por los gemidos en el armario. Me arreglaría rápido y luego todo volvería a ser una mierda. Una mierda de la buena pero mala.
—Sí siento ''algo'' por él aún, pero no nos soportamos. Es sólo un juego, y en este juego, creo que no me lo follaría aunque me suplicara que le metiera un... de esos largos por el culo. Me entiendes, Matt, que odio que todo sea puro control. Ya sabes lo que quiso hacer cuando lo dejé... ¿no es cierto?
Matt estropeó mi seriedad con sus risas macabras.
—Sí... la tropa, los espías en el baño... ¡Los de la guardia nacional! Como olvidarme... que buenos tiempos por el amor de Dios. —Siguió riéndose hasta se dio cuenta que no me reía a su par—. Bueno, pues escucha: Olive Paterson.
—Y, ¿qué tiene que ver ella en esto? —pregunté.
—Me gustaba, y la amaba —confesó.
Ahora me reía yo.
—Wait, wait —espeté—. ¿Olive? ¿Olive la apestosa? —asiente, y yo me sentía confundida—. No entiendo, Matt. Toda la preparatoria, estuve creída, le decías «Olive la apestosa» sólo porqué tú usabas perfumes de Paco Rabbane.
Suspiró enamorado.
—Bueno, pues el amor te hace cometer estúpideces... —murmuró.
—Pero, ¿acaso ella no tuvo que consultar un terapeuta porqué la acosabas mucho con ese nombre? —pregunté, Matt asintió a cada palabra.
—Sí, es verdad. Sabes, hay una delgada línea entre el amor y el odio.
Volvió a quedarse pensativo, y yo sólo tenía en mente a Olive la apestosa.
—Pero, pero, ¿ella no se había mudado de preparatoria sólo porqué tú...?
—Mira, el punto aquí es que me gustaba la chica. La amaba. Pensaba que era maravillosa. Pero no pude lidiar con esos sentimientos. No sabía cómo expresarlos del modo correcto. Y fracasé, fracasé como papá con esa elegante modelo —confesó.
—Así que... ¿la atormentaste en su lugar? —pregunté.
—Tristemente, sí.
Noté el dolor en su mirada, sólo su mirada.
—¿Y eso tiene que ver conmigo y Jordan? —espeté, pero Matt no me había dicho nada más, nada más que un simple beso de despedida en la mejilla—. Que deberías dejar de pensar en ese atormentado pasado que tuvieron y... ¡solamente cojan y ya!
Entonces, cuando me quedé sola en la isla, con la taza de café enfriándose, me di cuenta que realmente aún sentía esas «cosas». La notificación de celular me había avisado que el correo de Charles había llegado, y que dos boletos ya estaban listos para ir a París dentro de unos días. Suspiré resignada, le mentiría a mis padres para ir detrás de un chico al cuál ni conocía y que a cambio de eso nos daban nuestra libertas.
¿No te suena de: chica con mucha confianza en sus bragas? Pues, esa chica soy yo.
Aunque, sin dudas, revisé nuevamente el mensaje y vi dos boletos.
¿Dos boletos? ¿Quién podría ser la otra persona?
Bueno... a veces es mejor ni imaginarse.