Todos quedamos en un rotundo silencio, como en esas pelis de terror donde el cabrón sale de la nada asustándonos a todos y corremos como locos. En ese preciso momento, Charles tenía a Atenea de los cabellos. Tiró de ella y la arrojó contra Maia. Y por suerte, Maia la sostuvo fuertemente mientras la ayudaba a levantarse. Me quedé detrás de Cameron asustada, hasta toqué su brazo en busca de ayuda. —Bueno, ¿me quedaré parado aquí con una herida abierta esperando mi café o qué pedo? —dijo mientras se sentaba en un sofá próximo—. Tú, sirvienta mal vestida —señaló a Maia—, mueve tu lindo trasero y traeme un café al estilo suizo. Rápido. —Oh, papá, no has cambiado nada —resopló Cameron—. Pensé que yo al volver de Brasil estarías... Te iba a ver mejor. Con una esposa, hijos nuevos, no lo sé. Me

