—No estás obligada a saludar a medio mundo, sabes que puedes sentarte y aislarte de todos sí lo deseas —comentó Lucian, mientras recorría las calles canadienses. Habíamos doblado en una esquina, adentrándonos a un extenso bosque que de a poco se iluminaba por las luces amarillas que parecían mini faroles enterrados en el jardín. A lo lejos, una enorme casona estilo colonial, vimos la enorme casa que comenzaba a mostrar todo su lujoso esplendor. Nos bajamos del coche y nos dirigimos hacía la casona a pie, Lucian le dio las llaves al portero que se encargaba de estacionar los coches y por supuesto que me dolían los pies con los tacones altos que me había puesto ese día. —Estaré bien —le respondí tarde—. No necesitamos estar aislados de todos, ya sabes que cuando me canse de ser social me a

