Camile
—¡Jesús, María y José! —exclamé después de recorrer la extensión de lo que estaba sintiendo—. ¿Esto es real? —cuestioné buscando sus ojos mientras palpaba aquella cosa gigante.
¡Era imposible que Eric pudiera cargarse algo semejante! Si ya estaba literalmente muerta con él, ahora estaba rendida a sus pies. A partir de ese momento me convertiría en su acosadora. Esa v***a enorme la quería dentro de mí aunque me perforara. Aunque tuviera que andar de piernas abiertas todo un mes.
Mi boca se hizo agua y tragué grueso mientras pasaba la mano por toda su extensión. Lo sentí contraerse y estaba segura de que aquello le estaba gustando. Podía sentir su respiración errática a causa de lo que estaba sucediendo y esperaba su respuesta.
Deseaba que hablara, que dijera algo que terminara por acabar de incitarme a lanzarme en sus brazos y, fue por eso, que deslicé la mano hasta la cremallera del pantalón e intenté abrirla con prisa, pero fue más rápido que yo. Su diestra detuvo la mía y la atrapó con fuerza, impidiendo su acción. Estuve a muy poco de sentirla en mi mano y no me importaba para nada que me creyera desesperada.
Desesperada estaba, sin embargo, pasarme de copa justificaba mi comportamiento. No era real que estuviera tan ebria. Estaba un poco mareada, pero estaba exagerando un poco las cosas, de lo contrario al otro día no podría mirarle a la cara. Lo único que sabía era que llegado el momento le echaría toda la culpa al alcohol.
—Camile... —habló, pero mi mano siguió buscando meterle mano, hasta que repentinamente se escuchó el timbre de mi móvil.
¡Ring, ring, ring...!
Sabía que era el mío, por el tono, y maldije para mis adentros.
—Tu móvil —dijo mirando en dirección del sonido y apreté los dientes. No podía creer que aquello estuviera pasando y que el muy estúpido se pusiera a reparar en ello.
—Lo que sea puede esperar —gruñí cual animal.
¡Ring, ring, ring...!
—Puede tratarse de una urgencia —inquirió cuando el maldito timbre se dejó escuchar nuevamente.
Para ese entonces ya estaba sintiendo mi cuerpo arder de rabia. No podía entender por qué rayos prestaba atención al maldito teléfono. Sabía perfectamente que me estaba evadiendo y, era por ello que me estaba valiendo de mis artimañas para lograr meterlo a la cama, pero aquello ya era demasiado. ¿Cómo era posible que pudiera soportar tanta tentación?
—¿Es en serio, Eric? —cuestioné con el ceño fruncido mientras lo observaba.
—¿Acaso tengo la culpa? ¡Responde el maldito teléfono! Tienes amigos, familia, cualquiera de ellos puede estar en una emergencia —habló y sabía que estaba dramatizando.
—Ufff —bufé al tiempo que movía mi mano para zafarme de su agarre—, está bien. Ahora respondo.
Le di la espalda e inmediatamente fui hasta el móvil. Lo había dejado sobre una de las mesitas que ocupaban la sala, así que en cuestión de nada lo tomé, pero al ver la foto de la persona que mostraba la pantalla sentí como mi rostro se transformó en una mueca.
En ese momento sentí como el alcohol que poseía a mi cuerpo, se esfumó. Se trataba del señor William Dubois, mi padre, así que no quedaba de otra. Tenía que responder o lo tendría frente a mi puerta a más tardar en una hora.
—¿Qué pasa? —pregunté con voz dura, como si desconociera de quién se trataba. Eric me observaba desde su posición. No se había movido de lugar.
—¿Cómo que qué pasa? ¿Acaso no estás viendo que se trata de tu padre? —cuestionó y ya me lo estaba imaginando.
El hombre debía haber puesto cara de piña ácida y aunque en ese momento estaba más asustada que otra cosa, quería reír.
—Pa-padre, es que no había reparado en que era usted. Buenas noches —fingí no saber y junto a ello tartamudeo.
—Bueno, espero que sea lo que dices. Y ven a abrirme, estoy frente a la puerta de tu apartamento.
—¿Qué? ¿Que está esperando en la puerta?
Fue en automático. Las preguntas salieron disparadas por mi garganta al tiempo que sentía cada fibra de mi ser palidecer. Sentía que quería morir en ese momento. Mi padre, el hombre más posesivo que había conocido sobre la faz de la tierra, esperando frente a mi puerta, justo en el momento en que tenía a Eric parado en el centro de mi sala. Aquello no podía ser posible. Debía tratarse de una maldita broma del destino.
—¿Tienes algún problema con que haya venido, hija? ¿Por qué será que te siento tan exaltada?
Lo escuché cuestionar con el teléfono pegado a mi oído y sin moverme. Parecía que me habían clavado al piso.
—Son ideas suyas, padre. No tengo problemas con que venga, ya me tiene acostumbrada a llegar a mi apartamento a cualquier hora e incluso sin avisar —dije mientras por fin me movía y miraba en dirección a Eric.
Sus ojos estaban puestos en la puerta que permanecía cerrada a escasos metros de ambos. Él estaba más cerca, ya que yo me había alejado para tomar el móvil.
—Ya no me hagas esperar. Sabes que odio la espera —se quejó, pero yo necesitaba ganar tiempo. En ese momento agradecía al cielo que no tuviera una de las copias de la llave del apartamento. De ser así me hubiera atrapado en plena acción.
—Estoy en el baño —dije y ni siquiera sabía por qué lo había dicho.
¿Qué se supone que haría queriendo ganar tiempo? Eric estaba allí y para colmo estábamos en la tercera planta de un edificio. No lo iba a lanzar por la ventana, aunque ganas no me faltaban en aquel momento. Se lo había buscado por ser tan cobarde, pero en fin, algo se me tenía que ocurrir. William no podía verlo. Si lo hacía terminaría espantando al pobre y eso no lo podía permitir.
—¿Qué?
—Estoy en el baño, padre. Tendrá que esperar algunos minutos a que termine. ¿Por qué no va mientras con Sebastián?
Le propuse mientras sentía como mi corazón quería brincar fuera de mi pecho.
—¡Claro que no! —exclamó y casi tuve que apartar el teléfono—. ¿Ves por qué quería tener una copia de la llave de este apartamento?
—Lo siento, padre. En cuanto termine le abro.
Fue todo lo que dije y terminé la llamada. Eric seguía allí como momia y caminé hasta él para intentar hacer algo. Mi padre no podía verlo.
—Eric —susurré su nombre al tiempo que lo tomaba del brazo—. Tienes que esconderte. Mi padre no puede verte aquí o estamos muertos —dije mientras intentaba arrastrarlo a mi habitación.
—No, Camile. Estás loca si crees que me voy a esconder. Tu padre en cualquier momento abrirá la puerta.
—No seas tonto, Eric. Y mi padre no tiene llaves del apartamento, ¿ven conmigo, por favor?
—Ni falta que le hace —aseguró y enarqué una ceja. Ni siquiera sabía como lo había logrado, ya que mi cuerpo ni siquiera tenía fuerzas para eso a causa del susto, pero me llamaba la atención aquello.
—¿A qué te refieres? —cuestioné en un susurro.
—A nada...
—¿Cómo que a nada? ¿De dónde sacas qué no le hacen falta llaves para entrar?
—De ningún lado, Camile. Termina de abrir la maldita puerta.
El hombre estaba decidido a que nos pillara, pero yo no. No le pondría las cosas tan fáciles ni a él ni a mi padre. Esa sería la excusa perfecta para alejarse de mí y ya él estaba en mi diana. Solo me faltaba disparar y asestar al centro. Eric sería mío y eso ni siquiera el señor William lo impediría.
—Por favor, Eric, te lo ruego —supliqué logrando captar su atención.
El hombre me miró por un momento, sin embargo, volvió a poner su atención en la puerta y siguió en su posición de terquedad.
—He dicho que no, Camile. No voy a huir de tu padre. Al fin y al cabo es un hombre igual que yo. Y todavía no he escuchado que William tenga un cementerio particular. ¿Tu padre es un asesino?
—¡No te burles, estúpido! No lo conoces, no sabes de lo que es capaz.
—Ya lo descubriré...
—Haré lo que quieras —solté las palabras al ver que por más que lo intentaba no lo sacaba de su postura.
Debía hacerle cambiar de opinión y ya se me estaba haciendo demasiado tarde. En cualquier momento mi móvil comenzaría a timbrar nuevamente.
—¿Lo que quiera? —cuestionó enarcando una ceja mientras me miraba y yo seguía prendida de su brazo—. No imagines que voy a caer en tu juego, Camile.
—Es en serio, Eric. Si accedes a hacer lo que te pido... —hice una pausa y me lo pensé, pero estaba obligada a decirlo, aunque claro está que no lo cumpliría. Tenía razón en desconfiar—, te dejo en paz. Nunca más volveré a sonsacarte. Seré una niña buena contigo.
Ni yo misma me creía aquello.
Puse cara de buena e inocente como pude, porque lo real era que mi rostro parecía tener un tic nervioso, y esperé su respuesta.
—¿Lo prometes? —preguntó y frunció el ceño.
—Lo prometo —respondí de inmediato. No perdería la oportunidad de salir de esta situación.
—Bien, pero no lo haré de una forma vergonzosa. No me meteré en ningún baño, mucho menos dentro de ningún closet —sentenció con el rostro serio—, y ni se te ocurra pensar en la posibilidad de meterme bajo la cama. ¡Prefiero que me dé un tiro!
Manifestó y mi boca casi se curva en una sonrisa, pero me contuve. Me lo estaba imaginando en cada uno de los escenarios mencionados y mi risa pujaba por salir.
—Mi padre puede querer entrar a la habitación, por favor. Solo necesito que te metas al baño —planteé la opción más viable para él. No quería que al final se arrepintiera y terminara por no aceptar ninguna de las opciones—. No hay nada de vergonzoso en eso. Además, teniendo en cuenta que voy a dejarte en paz, creo que merece la pena.
«Tan bueno e inocente mi bebé».
Pensé y la boca se me hizo agua. Estábamos en la situación en que estábamos y aun así mi mente desviaba mis pensamientos, pero me obligué a pensar en lo que tocaba, que era en el señor William, convertido en ogro frente a nosotros. La simple idea me lanzaba de golpe en la cruda realidad.
—Está bien —respondió entre dientes—. Me meteré al baño, pero te advierto que no dormiré aquí, así que invéntate algo para despachar a tu padre. No estaré más de media hora dentro de tu habitación.
«¡Cobarde!».
Pensé, pero no hablé. Solo asentí con un movimiento de cabeza y apreté el agarre del brazo para llevarlo a mi habitación. Cuando estuvimos dentro lo solté y comencé a quitarme la ropa.
—¿Qué diablos crees que haces, niña? —preguntó llegando hasta donde estaba y me sujetó del brazo.
—¿Y qué se supone que debo hacer, Eric? —Frunció el ceño—. Tranquilo que por ahora no te voy a violar.
¡Madre mía! ¿Qué había dicho? Se supone que hace un momento le prometí dejarlo en paz.
—¿Qué dijiste? —Hizo una mueca y carraspeé un par de veces.
—No es cierto, bobo, pero tú provocas que diga estupideces. Necesito aparentar que acabo de salir del baño. ¿Acaso no fue eso lo que le dije a mi padre?
Me encogí de hombros mientras me soltaba y me quité todo hasta que estuve en ropa interior. Unas bragas pequeñas que apenas cubrían lo necesario y en ese momento agradecí ser tan depravada. Tenía a Eric tragando grueso e intentaba mirar en cualquier otra dirección, menos en la mía.
«¡Toma! Y esto no es nada. Apenas empiezo».
Mi mente disfrutó pensando y mientras lo hacía caminé en dirección al baño, contoneando las caderas lo más que pude. Sabía que me estaba mirando y, si no hubiese sido porque mi padre aguardaba en la puerta por mí, me hubiera sacado las bragas. Como ya había dicho, mi juego no se había terminado. Ese juramento lo había hecho con los dedos cruzados.
Finalmente, me metí al baño y no cerré la puerta. Desde dentro lo podía ver, de espaldas a mí. Estaba rezando para que se diera vuelta, pues me quedé en la puerta mientras me quitaba todo.
—Eric, ¿puedes alcanzarme una toalla? —Le pedí para provocar que mirara, y lo hizo.
Casi muere al verme, el pobre, y yo muerta de risa para mis adentros. Sus acciones para tratar de resistir el deseo, me hacían olvidar al señor William.
—¡Cierra la maldita puerta!
—¿Y cómo se supone que me darás la toalla? No te voy a comer.
No por ahora.
—Si no te controlas voy a salir de aquí e iré directamente donde tu padre. Saldré por la puerta sin decir ni media palabra y te dejaré sola con él. Veremos que tal te va.
¡Malvado!
Amenazó y en un dos por tres cerré la puerta. Me reí detrás de ella mientras cubría mi boca con una de mis manos y, rápidamente, me fui hasta la ducha y me metí debajo. Dejé que el agua fría me empapara de pies a cabeza para tratar de estar lo más sobria posible, y después de cepillarme no sé cuantas veces para borrar el aliento a alcohol, salí cubierta con una toalla.
Tenía deseos de salir sin nada, pero tras su amenaza no me atrevía.
—Ya puedes meterte al baño —hablé llegando junto a él y ni siquiera me vio. Seguramente pensó que estaría desnuda, así que a pasos rápidos caminó y se encerró.
«¡Cobarde!».
Volví a pensar, pero no me detuve. Mi padre estaba a punto de llamarme nuevamente, así que antes de que pudiera suceder salí de la habitación cerrando detrás de mí, para irme hasta la entrada principal.
¿Pero y esto?
Me cuestioné a mí misma y mi boca se abrió de par en par al ver que la maldita puerta no estaba cerrada. Un escalofrío intenso surcó mi piel y mis piernas flaquearon cuando estuve frente a mi padre. Sí, porque al tirar de ella había quedado justo frente al hombre que ya se encontraba marcando al teléfono.
—Padre —musité con alegría fingida. Intentaba confundirlo hablando rápidamente para que no creyese que mi boca abierta representaba asombro.
—Hasta que al fin, Camile. ¿Y por qué es que me recibes en estas fachas, hija? —Hizo un ademán con la mano que no sujetaba el móvil y me señaló.
Su rostro se arrugó como cuando tiene dudas y yo trataba de recomponerme de los nervios que sentía. Una cosa era no tenerlo en frente y, otra muy distinta era tenerlo frente a mí, mientras sentía como me cercenaba con la mirada azul penetrante que se cargaba.
—No es la primera vez que ando así frente a ti, papá.
—Sí, pero estamos en la puerta, hija. Es un edificio público.
—Ya lo sé, mejor entramos.
Me adelanté y caminé delante de él. Ya dentro me dio un abrazo y comenzó a cuestionarme. No entendía por qué me estaba haciendo esas preguntas.
—¿Estamos solos o hay alguien más en el apartamento?
—¿A qué viene esa pregunta, padre? ¿Acaso ve a alguien más? —Fruncí el ceño—. Mejor dígame que hace aquí, en París y por qué no me avisó.
—¿Ahora tengo que avisarte sobre mis visitas? —cuestionó mientras se movía por toda la sala y agarraba en dirección a la cocina. Como siempre, William estaba inspeccionando todo—. Estoy aquí por cuestiones de negocios y no tengo que anunciarme para venir al apartamento de mi niña.
Me adelanté y me interpuse entre la cocina y el pasillo que llevaba al área de las habitaciones. Sentía que mi corazón latía el doble cada vez que lo veía mirar en esa dirección.
—Claro que no, papá. Lo que pasa es que...
¡Madre mía! Mi lengua se había trabado. Algo así resultaba ser fatal con él.
—Habla ya, hija. ¿Con quién subiste al apartamento? —Soltó la pregunta y no podía creer aquello. ¿Cómo es que lo sabía?
Estaba más que claro que en el edificio había un espía, pero no podía asegurar que se tratara de Sebastián. Con dinero de por medio podía tratarse de cualquier persona.
—Pa-padre —tartamudeé como siempre que comenzaba a interrogarme.
—Es inútil intentar mentir, Camile —me miró con una ceja enarcada y se dio vuelta hacia el refrigerador—. Alguien me llamó preocupado, porque estabas borracha y subiste con un tipo. Acaba de decir donde está, porque voy a buscar por todo el apartamento y cuando llegue a encontrar al maldito le voy a pegar un tiro.
—¿Qué? ¿Se ha vuelto loco?
Exclamé mientras él cerraba el refrigerador y vertía agua en un vaso.
—Sé muy bien lo que estoy diciendo. Estaba hospedado en uno de los hoteles de la familia Scott, aquí en la ciudad. Pensaba venir mañana después de la reunión de negocios, pero si alguien me llama diciendo esa barbaridad tocaba venir, ¿o no?
Partida de chismosos.
—Acabe de hablar señorita. No intente tejerme que me conoces y sabes que conmigo no funciona.
Se plantó frente a mí esperando a que le dijera todo, pero cuando abrí la boca para hablar...
—Camile, ¿qué hicissss...?
Era Remi que había hecho su aparición en la cocina de forma estrepitosa y no se había percatado de la presencia de mi padre. Mi corazón se detuvo. La mariposa se paró en seco y el señor William nos observó a los dos con cara de quien dice: ¿Qué demonios pasa aquí?
—Remi, tu hombre ya subió para tu apartamento —solté aquello y ni yo misma me lo creía. No sabía cuál de los dos me observaba con más asombro. La cara de mi mariposita era un arcoíris. Nunca habíamos hablado sobre ese tema frente a mi padre, pero esta era una situación de emergencia—. ¿Ve por qué no quería hablar, padre? El hombre con el que llegué al edificio era la pareja de Remi. ¿Satisfecho?