Eric
—Lo que Remi sea o deje de ser no es mi problema, hija. Que viva su sexualidad como mejor le parezca.
—¿Entonces cuál es el problema, papá? Si ya te expliqué todo.
—Camile, he dicho que no me importa él, pero me importa lo que hagas tú. Cuando me llamaron visualicé al tipo entrando contigo a tu apartamento. Estabas ebria, hija. Eso fue lo que me dijeron, y te juro que vine con todas las intenciones de pegarle un tiro.
Estando en el baño escuché lo que parecía ser la voz de William y Camile. No podía discernir lo que hablaban con total claridad. Me tocó adivinar alguna que otra palabra, pero lo que sí estaba claro era que habían entrado a la habitación.
Estaban a solo metros de donde me encontraba y no me quedaba de otra que prepararme psicológicamente para enfrentarlo. Era obvio que el hombre estaba buscándome, o al menos eso pensé en ese momento. Por lo que estaba escuchando alguien lo había llamado para contarle lo que había sucedido y la primera imagen de la persona que vino a mi mente fue la del portero.
Si William estaba buscando al hombre que subió con la hija y habían llegado a esta habitación, significaba ya había hecho su exhaustiva búsqueda por todo el apartamento. Así que después de lograr que mi cuerpo dejara de sentir lo que sentía, pura tensión, me paré frente a la puerta a la espera de que fuera abierta.
—Es un chivato quien te lo dijo. ¿Por qué mejor no se meten en su vida? —Se quejó Camile mientras yo me comía el cerebro intentando adivinar que rayos era lo que habían venido a hacer a esta habitación.
¿Sería cierto lo que estaba suponiendo? ¿Realmente William me estaba buscando?
Dentro de mi cabeza había una revolución de ideas y ninguna conspiraba a mi favor. Cada una de ellas era más cruel que la otra. Perforaban mi cabeza como un maldito taladro.
—Camile, no puedo creer que estés usando ese término...
—Es cierto, papá. Por si no lo sabían soy mayor de edad. Tengo mi carrera y me...
—¡Eres mi hija! —bramó el hombre y mi corazón se aceleró más de lo que ya estaba—. Para mí nunca serás mayor de edad. Y la persona que me alertó sobre lo que estaba pasando no es ningún chivato, como dices, ¡mide tus palabras! Estaba preocupado por ti. Tendrías que dar gracias por eso.
—¡No! No daré las gracias a alguien que te llamó para tratar de tergiversar las cosas, sabrá Dios con qué intención —refutó la chiquilla y lo próximo que imaginé escucharía era el sonido de una cachetada.
Por la forma en que ambos hablaban llegué a pensar que en cualquier momento William le pegaría, pero ese sería el momento en el que no estaría tras esa puerta ni un segundo más.
Estando yo la tocaría de esa manera solo una vez, por muy hija suya que fuera.
—No daré las gracias a ese entrometido —prosiguió—. Mira toda la confusión que ha provocado. ¿Me ves ebria? ¡Pues no! Y para colmo el pobre de Remi fue quien terminó pagando las consecuencias.
—Hija, no me hagas pasar por tonto. No puedo ni imaginar lo que hiciste para borrar tu aliento etílico, así que no te esfuerces en hacer drama. ¡Conozco a la hija que tengo! ¿Por qué crees que siempre te tengo puesto el ojo encima? —«Porque sabe lo diabólica que es», pensé—. Y ya deja de exagerar. No se caerá un pedazo de cielo porque haya confirmado que Remi es gay. A fin de cuentas, no fue ningún descubrimiento. Es algo que supe desde que lo conocí.
—Ya le dije que no estuve borracha, solo bebí unos tragos —¡mentirosa!, tengo que tener cuidado con esta boa. ¿Cómo es posible que mienta con tanta naturalidad? Me cuestionaba sin encontrar respuesta—. Y en cuanto a lo de Remi ya lo sé, pero me obligó a confesar algo que no me correspondía, padre.
Escuché aquello y mi mente dio un vuelco. ¿Qué sería lo que confesaría esa chiquilla sin cordura?
—Ni que fuera para tanto. Desde que vi a tu amigo por primera vez supe lo que era. Y que me hayas dicho que el tipo que subió contigo era su pareja, me tomó por sorpresa, pero siendo lo que es, es algo muy normal. Aunque hay algunos detalles que todavía no me cuadran.
¿¡Qué!?
Casi brinco al escuchar aquello. Ahí estaba la respuesta a mi pregunta. La muy descarada había tenido el atrevimiento de decirle al padre que yo era la pareja del amigo. Aquello ya era el colmo de los colmos, así que dispuesto a salir, adelanté un paso y tomé la perilla de la puerta en mi mano, pero...
«Eric ni lo pienses. No voy a permitir que arruines mi relación con Adrianne. Eres un loco de mierda y meterte con su amiga, solo me traerá problemas con ella... Tranquilo viejo, no pasará nada. La nena es hermosa, pero yo prefiero las más experimentadas, sabes eso. Esta pequeña está descartada...».
La conversación con mi amigo llegó de repente y golpeó mi realidad.
«¡No Eric! No puede ser que claudiques a la primera».
Pensé y me contuve de abrir la puerta. No quería ser egoísta con mi amigo ni faltar a mi palabra. Esto era algo que resolvería con ella después, porque la verdad era que estaba bien cabreado en ese momento y, hasta que no le diera un par de sacudidas como merecía, por perversa, no se me pasaría.
Gracias al cielo que mi rostro no fue descubierto, de lo contrario ninguna promesa me habría detenido de dejar bien claro que me gusta el coño y no la v***a.
—Pa-padre por favor. A usted nunca le cuadran los detalles que le doy. Ya sabe que de quien es pareja el tipo, como dice —repitió y sentí todo mi cuerpo arder—, y ahora si me lo permite quisiera descansar, por favor. Es tarde y mañana tengo cosas que hacer. El lunes tengo harto trabajo en la agencia. Aproveche y descanse también.
«Eso, vete a descansar, hombre».
Estaba loco porque el padre se fuera a dormir o que por lo menos se encerrara en la otra habitación. Una vez que lo hubiera hecho saldría disparado por la puerta y no se me vería ni el pelo. Ya luego ajustaría cuentas con ella.
—No, señor. No tengo sueño. Estaré en la sala haciendo unos trabajos desde mi ordenador.
¿Qué? ¡Solo eso me faltaba! El hombre se plantearía justo por donde tenía que pasar para poder salir. ¡Ahora sí me la había hecho buena! Tendría que estar más tiempo dentro de la habitación con la demente de la hija.
De solamente pensarlo ya estaba sudando frío.
—Pe-pero, padre, ya es tarde. No es bueno que pase mala noche.
Trataba de convencerlo, o por lo menos eso me obligué a creer. Aunque ya estaba por pensar que no, debido al poco esfuerzo que estaba haciendo. Era obvio que estaba feliz por lo que estaba pasando. Únicamente estaba fingiendo por temor a que pudiera salir y nos dejara al descubierto.
—No te preocupes, mi niña. Descansaré lo suficiente cuando muera, además todavía es temprano y tengo un montón de trabajo por hacer.
—Buenas noches, papá —se sintió el sonido de un beso.
—Buenas noches, mi niña. Que tengas un bien descanso.
—Le aseguro que mi descanso será delicioso, papá. Dormiré como una bebé —ya podía imaginar lo que pasaba por su mente diabólica—. Hasta mañana.
—Hasta mañana, cariño.
Finalmente se despidieron y, cuando sentí el sonido de la puerta cerrar, abrí la del baño y salí. Como imaginé, ella estaba poniendo el seguro, pero yo no pretendía quedarme allí. Si lo hacía no iba a ser capaz de mantener la cordura. Resistir hasta el momento ya estaba siendo demasiado para mí.
—¿Cómo lo has pasado allá adentro, amor?
—¿Dime qué es lo que pretendes, niña? —cuestioné e hice a un lado su pregunta.
Ella me miraba divertida, como si estuviera riendo para sus adentros, cosa que de ella no dudaba. Era muy capaz de estarse divirtiendo con la situación, mientras yo estaba haciendo de tripas corazón para no estallar.
—¿A qué te refieres con eso? —Volvió a cuestionar con cara de escepticismo. Como si no supiera de qué le hablaba.
—¿Por qué diablos dijiste que soy la pareja de tu amigo? —interrogué sintiendo en mi interior unas ganas tremendas de agarrarla y demostrarle lo macho que soy, pero tal vez era lo que buscaba y por no darle gusto me contuve. Aunque en ese momento mi resistencia se encontraba al uno por ciento. Ni yo mismo sabía cómo era que lo estaba soportando.
—¿Pero qué querías que...?
—¿Cómo es que tienes el descaro de acusarme de algo como eso? —pregunté entre dientes. Intentaba no hablar alto para no joder lo que ya se había hecho. Aunque ganas de salir no me faltaban y que pasara lo que tendría que pasar.
—Cálmate, Eric, que tampoco es para tanto —se acercó unos pasos hasta llegar a mí, yo solo la observaba desde mi posición. No estaba acostumbrado a la manipulación de nadie y obviamente esta niña me estaba manipulando.
¿Cómo era eso posible?
Con tan solo veinte años y para colmo virgen, estaba haciendo conmigo lo que nadie había hecho en treinta años. ¡Aquello era inaceptable!
—No tuve otra opción...
—Siempre hay otra opción —refuté.
—Mi padre te daría un tiro, Eric. Tuve miedo por ti —veía su rostro y esta vez no expresaba lo que hasta ahora. Parecía estar hablando con la verdad—. Seguiría buscando por toda la casa hasta encontrarte. Tampoco es que fuera muy bueno tu escondite.
Miró en dirección al baño e hice lo mismo. En eso tenía razón. Al parecer no lo había hecho por maldad, pero es que esta chiquilla finge tan bien que es imposible saber cuando está diciendo la verdad.
En cualquier momento me volvería loco. Tenía que salir de allí a como diera lugar.
—Quiero irme de aquí —solté mientras miraba sus labios apetitosos y le di la espalda, pero me tomó del brazo.
—Eric, por favor, eso no es posible. Por lo menos no en este momento. Mi padre está en la sala.
—Quiero irme, Camile —insistí, tenía que hacerlo. Ya mi mente comenzaba a imaginar cosas indecentes.
—Lo harás, pero no ahora, así que mejor ponte cómodo. Mi padre estará en la sala hasta tarde. Tiene por costumbre quedarse trabajando hasta las tres de la madrugada —hizo un gesto y prosiguió—: Con suerte quizás hoy se quede hasta las dos, pero te aseguro que no se irá antes.
En ese momento apreté los dientes. Esa noche nada había conspirado a mi favor.
—¿Es tan malo para ti quedarte una o dos horas más conmigo? —preguntó mientras liberaba mi brazo y caminaba en dirección al espejo que estaba frente a la amplia cómoda.
—Sí —solté sin más y giró a verme—. Tenía planes para esta noche, pero por tu comportamiento infantil, los arruinaste —me quejé, viendo cómo me miraba con el ceño fruncido, y en ese momento supe que haría alguna locura.
—Voy a dormir —dijo, y dejó caer la toalla que la cubría, dejando ver su desnudez. Me provocó tragar grueso, pero no aparté la mirada.
Quería hacerlo, sin embargo, el deseo de contemplar aquella carne bien situada en su lugar, me superaba. Camile había recibido al padre, envuelta en la toalla, y ni siquiera se había puesto ropa interior.
¡Madre de Dios!
—Puedes meterte a la cama y ocupar una esquina hasta que mi padre termine, o quedarte ahí. Haz lo que mejor te parezca. Ya me tienes harta con tanta queja. Prometí que te dejaría en paz y eso haré.
¿Sería cierto lo que decía?
Aquello era cuestionable, sin embargo, después de haber afirmado aquello, ya había pasado media hora y yo todavía seguí ahí, de pie, caminando como tonto de un lado a otro de la habitación.
Lo peor era que ella o se había dormido o estaba fingiendo. No podía estar cien por ciento seguro, pero lo cierto era que no se movía. Por otra parte, no me atrevía a salir para confirmar si ya el padre se había ido a dormir. Lo había intentado y al avanzar dos pasos fuera de la habitación, lo escuché al teléfono.
¡Todavía seguía en el mismo lugar!
Y en las mismas estaba yo, así que vi como mejor opción ponerme algo cómodo en la esquina de la cama. Era amplia. No tenía que tener ningún tipo de roce con la chiquilla demente, y estaría despierto.
¿Qué podría suceder?
Di la vuelta y me senté lentamente en una de las esquinas. La observaba buscando signos que me revelaran si estaba despierta, pero fue inútil. Me acosté y la demente seguía inmóvil. Al parecer realmente había caído rendida y respiré aliviado. Que lo estuviera me mantendría alejado de la tentación, ya que era ella quien me incitaba a pecar con sus insinuaciones e incesantes provocaciones.
Para lograr no ver la demora del tiempo pasar, me puse a navegar en Internet, en mi móvil. Por cada minuto que pasaba miraba la hora en la pantalla. Sentía que el tiempo se había detenido y, para colmo, escuché en varias ocasiones los pasos de William, ir y venir de la sala a la habitación, y viceversa, pero no lo había escuchado regresar, lo que significaba que el hombre aún seguía despierto.
Al parecer tenía similitud con los búhos o con los animales nocturnos.
¿Cuándo se iría a dormir?
Mientras me hacía la pregunta una y otra vez, dejé el móvil a un lado y me puse a contemplar a Camile. Ese cuerpo menudo y bien formado, desbordado de tanta belleza y poseedor de esa virginidad, me estaba haciendo delirar.
Nunca estuve preparado para resistir el deseo. Nunca nadie me dio la fórmula sobre cómo hacerlo. Estaba pisando un terreno totalmente desconocido para mí, en el cual por más que lo intentaba, no estaba resultando ganador, pero aun así lo seguiría intentando hasta el último momento.
Pasaron así los minutos. Me hacía preguntas que yo mismo me respondía, y otras para las cuales no encontraba respuesta. No sé cuánto tiempo pasó de eso, lo que sí sé es que comencé a delirar mientras sentía como mi parte baja era invadida por una inigualable y exquisita sensación.
Mis sentidos buscaban la claridad de las ideas, sin embargo, cada vez que lo intentaba sentía el efecto contrario. Caía más profundo en una oscuridad que no me dejaba ver, donde solo podía sentir, pero no me resistía. Me dejaba llevar sin ni siquiera saber a donde, simplemente me estaba dejando arrastrar. Me gustaba lo que estaba experimentando y por momentos sentía que volvía a ver la claridad, pero algo me empujaba nuevamente a lo más profundo.
Era placer, un placer que no quería dejar de sentir y por ello me negaba a despertar. Solo cuando gemí con fuerza y el mismo gemido provocó que abriera los ojos, me di cuenta de lo que estaba pasando.
Me había quedado dormido.
Fue entonces cuando sin comprender lo que continuaba sucediendo, ya que aunque estaba despierto todavía sentía mi parte baja vibrar, bajé la mirada hasta donde sentía que ardía, y mi mente estalló incrédula ante lo que veían mis ojos.
No era un sueño. Allí estaba la rubia de ojos color cielo engullendo mi m*****o con vehemencia y desespero, mientras yo me encontraba gimiendo y gruñendo como un maldito poseso.