Camile
Estaba sobre la cama completamente inmóvil y con los ojos cerrados. Fingía que dormía más tranquila que un bebé, tal y como le había dicho a mi padre que haría. Ni una foto poseía la tranquilidad que yo mostraba tener en aquel momento. Debía conseguir que Eric se sintiera tranquilo y en completa libertad de acostarse a mi lado.
Lo había escuchado intentar salir, para cerciorarse de si mi padre se había ido a dormir, pero gracias a Dios mi viejo ese día se lució. Serían aproximadamente las dos de la madrugada y, todavía estaba trabajando en el ordenador y haciendo llamadas. Lo sé, porque justo en el momento en el que intenté sentarme en la cama, lo escuché hablar y Eric volvió a entrar a toda prisa a la habitación.
Casi reí a carcajadas. El pobre hizo de todo para no quedarse mucho tiempo ni tener que acostarse a mi lado, sin embargo, ya nada podía hacer. Era imposible que saliera sin ser visto por mi padre y estaba confiada de que no nos pondría en evidencia. Tal vez no por él ni por mí, pero sí por el amigo. Hasta ese momento todos los esfuerzos que estaba haciendo lo hacía por él. Eso lo tenía bien claro y me fie de ello.
Pasaron los minutos y, cuando se percató de que sería inútil seguir de pie dando vueltas en la habitación, lo escuché acostarse a mi lado. Bueno, no exactamente a mi lado, sino que más bien ha sido una forma de decir. El hombre se acostó en un lado de la cama, pero para mí ya era algo. Sabía que con el pasar de los minutos se rendiría ante el sueño y ese sería mi momento.
Yo intentaba no moverme para que siguiera pensando que estaba dormida. Lo sentía manipular el móvil y aunque tenía los ojos cerrados, sabía que estaba despierto, de hecho hubo un momento en el que podía jurar que me estaba observando. No tenía la total certeza, pero estaba casi segura de que así había sido. Podía sentir el peso de su mirada.
Y mira que esa mirada pesaba.
La tenía sobre mí y enseguida sentía como ardía mi piel. Aunque me estuviera comportando de manera que parecía tan segura en mis acciones, lo cierto era que ese maldito Dios griego me tenía a su merced. Todo mi cuerpo vibraba con solo pensarlo y ese momento estaba siendo uno de ellos.
Así pasaron los minutos en aquella habitación. Unos cuantos, porque no es menos cierto que supo resistir hasta el final, sin embargo, a causa de la inactividad y de lo tarde que era, finalmente calló rendido en los brazos de Morfeo. El Dios que no hace distinción entre un sexo y otro cuando llega el sueño. Todos caemos rendidos ante él y Eric no sería la excepción.
Tengo que confesar que por un momento también lo hice, me dormí, pero por el hecho de estar alerta y con mi mente enfocada en un objetivo, a los pocos minutos desperté. Lo hice sobresaltada y temí que al hacerlo lo hubiera despertado, pero no. La peor parte de la noche le había tocado a él y su cuerpo al estar agotado no respondió.
Suerte la mía.
En ese momento me corrí hasta donde estaba, poco a poco, y cuando hube comprobado que realmente estaba dormido, me puse en acción. No sé por qué me pasó esa idea loca por la cabeza. Juro que en un primer momento no fue así, sin embargo, acercarme a él fue un error. Verle ahí y estar tan cerca sin que hubiera una pelea de por medio me alborotó.
No se puede estar tan cerca de él y contemplar su figura masculina apetitosa, sin querer probar. Solo que esta vez quise degustar algo más que su boca, y reconozco que quizás me pasé, pero esta vez tenía la oportunidad de ganar y no dudé en ir por mi medalla, por mi premio.
¿Cuál era?
Sabía que lo traía loco de deseos por mí, así que si lograba meterlo a la cama y nos probábamos aunque fuera una vez, había un gran porcentaje de retenerle. Y aunque se resistiera, estaba segura de que después de eso, Eric quedaría más prendido de lo que estaba. No era tan fuerte como para no sucumbir y yo me encargaría de eso.
Bajé con lentitud hasta su entrepierna después de apretar los dientes y contenerme para no darle un beso. Si lo hacía tendría que conformarme con el bronce y yo quería el oro. Eso sin lugar a dudas. Así que con toda la calma del mundo, cosa que no forma parte de mí, abrí su cremallera mientras lo observaba dormir.
No roncaba. Su sueño era tranquilo y calmado como el de un bebé y eso me encantaba. Alucinaba con poder gozar de aquello cuando lo tuviera durmiendo a mi lado y mis ojos disfrutaron de la escena, al tiempo que la cremallera quedaba abierta.
El bulto que se cargaba había quedado frente a mí. Estaba dormido, pero aun así me causaba algo que sería imposible de describir. Sabía que al despertar sería tan imponente que aunque en ese momento me estaba comportando como la mayor de las atrevidas, sentía miedo.
Pánico sentí, pero no me amilané. No era de las que se retrataba de sus acciones y actitudes una vez que tomaba una decisión o la llevaba a cabo. Ser la chica virgen me tenía con el alma en vilo, sabía que con ese tamaño podía ser doloroso, sin embargo, no me detuve.
Mis manos se deslizaron ágiles por dentro del bóxer rojo. Era de marca, reconocía lo bueno aun sin ver la insignia y no la vi, pero ser modelo internacional me mantenía a la expectativa en ese y otros muchos aspectos.
La tomé en la mano y mi cuerpo se estremeció. Mi diestra se sacudía levemente, mientras sentía al tacto la piel suave y el calor que desprendía aquel falo grueso.
Mi boca se entreabrió en cuanto lo vi y me provocó tragar grueso. Salivaba sin parar mientras trataba de perder los nervios y mi mano ganaba estabilidad. Fue así como comencé a moverla despacio, adelante y detrás, al tiempo que buscaba la cara de Eric para comprobar que todavía seguía dormido.
No hizo falta mucho para que aquello despertara. Con cada estímulo parecía como si se hubiera comenzado a enfadar y, cuando detuve el movimiento de mi mano, parecía que me observaba con rabia. Al parecer estaba rogando por más y, si no le daba lo que pedía, pudiera ser que comenzara a sentirme culpable.
No era santa, ni iba a la iglesia, por tanto, no admitiría culpa alguna.
Mi boca lo buscó con desespero. Lo atrapé entre los labios sin saber mucho que hacer. Ya había tenido algo de práctica con un banano, pero no con una real. Jamás me había llevado ninguna a la boca.
Mientras, trataba de no lastimarlo con los dientes. Quería hacerlo bien, pues de eso se trataba, de que no le resultara desagradable, sino todo lo contrario. Y al parecer estaba resultando, ya que enseguida comencé a sentir su sabor. Su líquido pre seminal estaba inundando mi boca.
Fui sintiendo mi paladar levemente salado y me encantó. Sentir que Eric había comenzado a gemir, mientras empujaba lentamente sus caderas contra mi boca, buscando ser objeto de más placer, me estaba volviendo jodidamente loca.
Le estaba gustando. Lo estaba haciendo bien.
Pero eso no fue todo. Sentirlo gruñir provocó que una especie de descontrol se apoderara de mi boca y la hiciera comportarse con frenesí. Lo estaba viendo como a un chupete al que quería engullir y por momentos quise tragarlo todo. Lo empujaba dentro de mi garganta hasta el tronco, mientras amenazaba con ahogarme. Las arcadas y la saliva campeaban por el puesto, sin embargo, me gustaba. Quería ahogarme, pero mientras lo hiciera de esta manera lo haría feliz.
—Camile...
Escuché que mi nombre fue pronunciado y cuando alcé la mirada me di cuenta de que Eric había despertado. Sus caderas se detuvieron al igual que sus gemidos y gruñidos, pero, en cambio, yo no lo hice. Seguía prendida de su polla como una maldita sanguijuela lo hace a la piel.
—Camile, por favor, detente. ¡Aaah! —volvió a gemir y su respiración se hizo más pesada.
—Quieres esto, Eric. Lo quieres tanto como yo —aseguré mientras me detenía y sacaba de mi boca lo que comía para luego seguir la contienda.
No podía darle tregua. ¡No podía!
No respondió. Solo sentí como en dos por tres mi menudo cuerpo fue alzado y caí de bruces contra el colchón. Mi rostro impactó contra él e iba a decir una guarrada, me quejaría por su maldita actitud, sin embargo, su siguiente acción me dejó sin palabras.
Sentí como su mano se escurría entre mis dos piernas y palpaba mi humedad desbordante. Yo había entrado desnuda a la cama, así que Eric ahora me tenía como hace mucho tiempo quise estar ante él. Ya me había visto desnuda mientras lo provocaba, pero tenerlo así, sintiendo como correspondía a mi locura, por mucho tiempo había estado muy cerca de ser una utopía para mí.
Ya había comenzado a pensar que sería imposible y, aunque era un ser de carne y hueso expuesto a la tentación y, por tanto, al pecado, preferí no cantar victoria, ya que siendo como era en cualquier momento podía detenerse y dejarme con las ganas.
No tenía nada claro con él. Siempre había sido muy reacio a dejarse llevar por lo que sé que sentía.
—Mereces algo más que esto, Camile —musitó, mientras me agarraba con sus grandes manos y me daba vuelta.
Quedé de frente a él y nuestros ojos se encontraron.
—Eso quien lo decide, soy yo, Eric. ¡Te quiero! Y no me imparta como sea que me hagas el amor —musité, ya que apenas podía hablar.
—Pero eres virgen, mi amor...
¿Mi amor? ¿Me había llamado mi amor?
—Normalmente hubiera preparado algo hermoso para los dos —prosiguió—: No es justo contigo, Camile...
Ya no me volvió a llamar como hubiera querido y el ensueño se me pasó.
—Soy virgen, Eric, no de cristal —le aclaré—. No quiero pétalos de rosas ni nada por el estilo, si es a eso a lo que te refieres. Me importa que estés aquí y que me hagas sentir lo que nunca nadie me hizo sentir. ¡Quiero que me tomes ahora, Eric! ¡Ahora!
Mis palabras más que una exigencia se habían escuchado como una orden, y no hizo falta decir más. Su cuerpo gigante calló sobre el mío con delicadeza masculina, así llamo a todo lo que un hombre intenta hacer sin brusquedad, pero que por más que lo intenta siempre muestra la rudeza de su ser.
Así lo hizo el hombre que me tenía temblando debajo de él. Su aliento chocaba con el mío cuando soltaba mi boca en busca de aire. Era la primera vez que podía besar sus labios sin miedo al rechazo. Eric estaba totalmente entregado y me lo estaba haciendo sentir. Nuestros labios se buscaban con desespero y solo cuando nos faltaba el aire nos dábamos tregua.
Su boca bajó lentamente por todo mi cuello, erizando toda mi piel y se detuvo en mis senos. Al hacerlo sentí como algo se alojó en mi vientre. No sabía exactamente que era, solo que se trataba de algo delicioso, y ese placer aumentó cuando su boca atrapó uno de ellos.
Los chupaba muy suavemente. Atrapaba mis pezones entre sus dientes y acto seguido pasaba su lengua con maestría. Nunca antes lo había recibido de alguien más para hacer alguna comparación, sin embargo, para mí era un maestro por cómo me estaba haciendo sentir y por el cúmulo de sensaciones que estaba logrando despertar en mi cuerpo.
—¡Aaah! —Gemí con fuerza cuando el chupeteo se volvió intenso. Mis pezones estaban a punto de sacarle los ojos y, aunque tenía los míos cerrados, podía sentir lo rígidos que estaban.
No se detuvo, todo lo contrario. Se deslizó por mi cuerpo y podía sentir su lengua mientras lo hacía. Su lengua juguetona buscó mi coño y me sentí tentada a detenerlo antes de que hiciera contacto con él, pero no tuve fuerzas para hacerlo.
Mi humedad era impresionante y llegué a sentir vergüenza de que pudiera sentirla, sin embargo, todo aquello desapareció cuando lo sentí comer de ella sin pudor, sin asco, sin miramientos. Tomaba de mí todo lo que había provocado, porque aquello lo había provocado él y, por tanto, lo debía asumir.
—Eric, no...
—Sssh —siseó provocando que tragara duro—, no digas nada y déjame hacer, Camile. ¿No era esto lo que querías? ¿Acaso no estás sintiendo placer? —preguntó y ni siquiera me preocupé por abrir los ojos, solo contesté:
—Por supuesto que sí, tonto —jaraneé y abrí los ojos para ver como su mirada oscura me atravesaba.
Una sonrisa lobuna cargada de picardía me mostró sus dientes blancos perfectos, y mi coño palpitó con violencia cuando su lengua presionó mi botón. Chupaba de él sin llegar a ser brusco. Se veía que estaba tratando de ser cuidadoso con lo que hacía, pero no era lo que yo necesitaba. Mi cuerpo estaba gritando por más y mis caderas se empujaron contra lo que estaba sintiendo, lo buscaba con desespero.
—Eres deliciosa, nena. ¡Me encantas!
Aquello fue demasiado para mí.
Escuchar esa expresión y sentir su lengua por toda mi extensión me hicieron sentir la sensación más sublime. Estaba teniendo un orgasmo. No era la primera vez que lo tenía, pues ya estaba acostumbrada a darme placer sin llegar a penetrarme y lo había conseguido, pero esta vez aquello tenía la presencia de un hombre y no solo su rostro, como muchas veces cuando llegaba pensando e imaginándolo a él.
Y fueron muchas veces.
—Quiero más, Eric —supliqué en medio de las contracciones que sacudían mi cuerpo.
—Calma, así no me ayudas en nada. No sabes el esfuerzo que estoy haciendo para contenerme, Camile.
Me quedé tranquila a la espera de lo que quería. Ansiaba tenerlo dentro de mí, pero sabía que se estaba asegurando de que no sintiera dolor, así que no me desesperé. Eric jugó con mi cuerpo todo lo que se le antojó y no lo sentí encima de mí hasta después de tener otro orgasmo. Decía que nunca había tenido relaciones con una mujer virgen, sin embargo, parecía todo un experto. Tanto así que solo pude sentir un leve ardor y cuando me vine a dar cuenta ya lo tenía empujándose en lo más profundo de mi interior.
—Eric... —gemí su nombre al tiempo que ceñía mis manos a su amplia espalda.
—¿Sientes dolor, nena? —gruñó sin detener el movimiento. Sabía perfectamente que sentía de todo, menos dolor. Mis caderas se movían al encuentro de las suyas con afán.
—Me encanta, Eric —volví a gemir en respuesta, y su acción fue comerme la boca al tiempo que sus caderas me buscaban con más desespero, pero no me quedé detrás.
Aunque esto no pasara a más y todo muriera esta noche, finalmente había conseguido lo que quería. Había perdido la virginidad a manos del hombre que había elegido para hacerlo. Sentía como su falo grueso me atravesaba sin contemplaciones y, aunque por momentos me resultaba algo incómodo por su gran tamaño y por ser mi primera vez, lo soporté. Soporté todo como la mujer que era, porque ya no era virgen. Acababa de pasar por la transición en la que dejaba de ser una niña para convertirme en toda una mujer.