Eric
Camile lo había conseguido y yo había sido un débil de mierda por haberme dejado provocar, pero en esos momentos nada de eso importaba. Estaba entregado a vivir el momento, aunque después de eso no hubiera una próxima vez.
Mi ser la buscaba con desespero. Tenía hambre insaciable de su esencia, de su cuerpo. Todo de ella me atraía sin remedio y, lo cierto es que en ese momento me olvidé de todo cuanto había prometido, y la tomé.
Al hacerlo no pensé que pudiera contenerme, sin embargo, a pesar de sentir lo que me estaba haciendo sentir, me enfoqué en estimularla sin caer en el desespero. Estaba siendo difícil ver y sentir el sabor de su coño rosado y apetitoso, visiblemente sin uso, y no poder taladrarlo a mi antojo como estaba acostumbrado a hacer.
¡Era perfecto! Y lo mejor de todo era que había sido reservado para mí.
Por ese y otros motivos estaba evitando ser brusco. Tenía que conseguir llevarla a tal punto que no pudiera sentir dolor. Si en ese momento Camile se quejaba, o cualquier otra cosa me indicaba que no estaba cómoda, me detendría. Una de las causas por las cuales nunca tomé a una virgen fue por eso, y sentía que con ella no sería la excepción. Detenerme en el acto y no continuar era precisamente lo que trataba de evitar.
—Me encanta, Eric —gimió y el control que hasta ese momento había tenido se largó al quinto infierno.
Atrapé su boca con desespero, y me apoderé de sus labios al tiempo que mis caderas arremetían contra ella, y mi polla campeaba por más espacio en su interior, pero me contenía de no empujarme por completo. Si lo hacía, lo más probable era que pudiera lastimarla. Lo más razonable era que le diera tiempo hasta acostumbrarse a mi tamaño.
Podía sentir su coño húmedo, abrazarme con cada penetración. Mi invasión estaba siendo certera y precisa. Estaba taladrando ese coño hermoso justo donde el placer era más intenso, y lo sabía porque la hermosa mujer que se encontraba debajo de mi cuerpo había vuelto a tener un orgasmo.
—¡Eric, te amo! —musitó entre dientes mientras la sentía vibrar y, aunque yo también lo hice, fingí no escuchar lo que decía.
Mi corazón dio un vuelco dentro del pecho, sin embargo, me controlé. No estaba preparado para asumir algo como eso, aunque ya era correspondida.
Por favor Camile, ¡no!
—¡Te amo, Eric...!
—Camile...
—¡Te amo...!
Las expresiones inconclusas terminaron cuando volví a comer su boca. No podía permitirle hablar más. Ella no podía salirme con eso. Lo había evitado tanto. Sabía que al final terminaría haciéndole daño y no solo yo lo sabía. Mi migo me alertó. Eithan me conocía más que nadie y sabía que no buscaba compromiso, pero Dios sabía cuanto me resistí.
Ella también lo sabía.
A partir de ese momento bloqueé mis pensamientos y me centré en la experiencia que estaba viviendo. No malograría uno de los momentos más importantes para ambos y el más significativo para ella. Acababa de perder su virginidad y hacerla sentir mal, en ese momento, no me lo perdonaría jamás.
Me deslicé dentro de ella como una serpiente cuando se escurre sigilosa en busca de presa, solo que ya lo que hacíamos no resultaba ser tan silencioso. La habitación estaba inundada de aquella música que salía de nuestra garganta, y por momentos mis pensamientos iban donde el padre de Camile.
Si en algún momento pasaba por frente a la habitación, sería inevitable que no escuchara lo que estaba sucediendo bajo sus narices, pero en fin, Camile ya era mayor de edad y, como había dicho anteriormente, William era un hombre igual que yo y no le tenía miedo.
«Que pase lo que tenga que pasar».
Pensé y seguí disfrutando de lo que la vida me estaba dando.
—¡Dame más, Eric! ¡Quiero más!
Imploró apretando sus uñas en mi trasero para buscar aumentar las embestidas, y me contraje. La tela no me dejó sentir mucho, pero no estaba acostumbrado a que tocasen esa parte sensible de mi cuerpo, sin embargo, no lo tomé a mal. Mi cuerpo reaccionó dándole lo que buscaba.
Quería que me pusiera más intenso. No pareciera que se trata de su primera vez.
Camile gemía sin control, y sus caderas se empujaban contra las mías en un afán desesperado por alcanzar todo mi tamaño. Estaba evitando penetrarla con toda mi extensión, pero por lo visto no tenía suficiente con lo que le estaba dando.
«Golosa».
Pensé y me introduje por completo. Metí todo lo que tenía, en su centro.
—¡Aaah! —Esta vez no fue un gemido y me detuve de golpe.
Sabía que era demasiado para ella.
—¡No te detengas! —ordenó y cuando iba a continuar, esta vez con más cuidado, sus piernas se entrelazaron a mi cintura y, apoyándose en ambos brazos, y con mi ayuda, me dio vuelta.
Quedé de espaldas al colchón con ella sobre mí. Mi boca quedó entreabierta y, gruñí como una bestia, al ver como aquella chiquilla de ojos azules se encajaba en mi polla sin mostrar indicios de dolor. La rubia sabía perfectamente lo que hacía, así que no me preocupé más de si podía lastimarse y recosté la cabeza contra la almohada para dejarla hacer.
Ahora ella tenía el control.
Sus caderas se contoneaban sobre mi falo desesperadamente y mis manos se aferraron a sus caderas. Pensé que podía quedarme tranquilo mientras la observaba hacer, pero no. Aquel movimiento me estaba matando. Aquel ritmo melodioso que lo guiaba estaba resultando ser mi perdición.
—Camile... —gruñí su nombre cuando una de sus manos se escurrió por detrás y comenzó a manosear mis testículos.
Nunca nadie se tomó esa libertad conmigo y esta chiquilla demente lo estaba haciendo. Contoneaba sus caderas al tiempo que agarraba mis bolas, y para colmo me estaba gustando.
—Sssh —siseó en medio del gimoteo y mis manos la alzaron una vez tras otra para enterarme más en ella. Por su maldito juego aquello no me estaba siendo suficiente.
En un rápido movimiento me incorporé hasta quedar sentado y atrapé sus senos en mi boca. Aquello era como sentirse en el mismísimo cielo. Camile se hundía en mí sin darme tregua, mientras yo jugaba a comer sus pechos. Dos naranjas tersas, duras y bien formadas pidiendo a gritos ser devoradas.
¡Aquello era tan hermoso!
Era tanto lo que sentía que por momentos creí que no iba a soportar. Mis manos seguían ceñidas a su cintura y me coloqué de rodillas para tener total acceso a su cuerpo. Ya no tenía por qué tener piedad. Quería devorarme todo, porque todo estaba pidiendo a gritos ser devorado.
—¡Aaah! —Mi linda loquita estaba teniendo otro orgasmo.
La dejé terminar y cuando las contracciones pasaron, la deje caer de espaldas, con suavidad, sobre el colchón. Sus caderas quedaron a la altura de las mías y mis manos se apretaron a ella para marcar el ritmo.
Las embestidas crecieron mientras veía a Camile llegar al orgasmo una y otra vez. Con cada movimiento su coñito apretado se tornaba más rosado, y con cada entrada que hacía en él su abrazo amenazaba con volverme loco.
Ya estaba llegando el momento de dejarme ir. Demasiado había soportado para darle el placer de los tantos orgasmos que estaba teniendo, lo cual no significaba que yo no estuviera disfrutando, todo lo contrario, pero ya era momento de llegar al punto que provoca la cúspide de lo que estaba sintiendo.
No lo retrasaría más, era imposible.
—Camile... —susurré su nombre mientras mi cabeza se inclinaba hacia atrás.
—Eric... —mi nombre escapó de sus labios en un susurro cargado de deseo que me mostraba lo que estaba sintiendo.
Ella también lo haría y lo que sucedió fue un momento mágico para los dos. El clímax nos invadió y, de la misma forma en que sentí como su cuerpo se estremecía y su coño se contrajo en un apretado abrazo, así me dejé ir en su interior de la forma más bestial e irresponsable. Quise hacerlo fuera, sin embargo, no encontré las fuerzas que necesitaba para tomar el control de mí.
No nos habíamos protegido y esperaba que nuestro estúpido proceder no nos provocara dificultades.
—¿Lo has disfrutado, mi malcriada? —pregunté dejándome caer a su lado. Ella aún se estaba recuperando de lo que fue nuestro momento juntos.
—Me ha encantado, pero tengo miedo —musitó con vestigios de tristeza.
Mis ojos la buscaron y una de mis manos alzó su mentón obligándola a mirarme.
—No nos protegimos. ¿A eso le temes?
Su hermosa cabecita se sacudió levemente en asentamiento y sus ojos se agacharon. Era la primera vez que observaba esa actitud en mi pequeña rebelde de ojos color cielo. No me tenía acostumbrado a verle bajar la mirada. Siempre había estado a la defensiva, contestona, explosiva. Y aunque en muchos de los momentos en que se comportó así deseé verla de esta manera, ahora no era el caso.
Simplemente no estaba siendo Camile, y créanme que nunca imaginé que diría esto, pero que no se comportara como cuando me sacaba canas verdes, me desagradaba. Prefería mil veces verla alegre o rabiosa. Cualquier otra actitud menos la que estaba teniendo.
—Fue una irresponsabilidad de nuestra parte, pero ha sido más mía que tuya —aclaré mientras dejaba un beso sobre su frente y ella volvió a levantar la mirada—. Ahora de nada sirven los lamentos ni las preocupaciones. No nos preocupemos antes de tiempo.
—Fue de ambos...
—Pero yo soy el mayor de los dos. Te llevo diez años, Camile —dije con pesar. Siempre me había tomado muy en serio eso de la diferencia de edad.
Me gustaban mayores.
—Yo debía tener la responsabilidad que a ti te faltó —proseguí.
—No, Eric, no te culpes. En todo caso fui yo quien lo provocó. ¿Yo y mi insistencia, verdad? —Sonreímos a medias tratando de relajar el momento—, pero no me arrepiento de nada. Hubiera vuelto a vivir cada segundo, Eric.
Aseguró y fruncí el ceño.
—¿Incluso tus berrinches? —pregunté y volvió a mostrarme su sonrisa blanca.
—Unjú —afirmó en tono burlesco y aunque aquello en otro momento quizás me hubiera cabreado, esta vez me agradó, pues comencé a ver alegría en su rostro.
—Ja ja... —en ese momento comencé a reír como loco hasta que recordé al padre.
Llevé una mano hasta mi boca y le indiqué con los ojos mirar mi cuerpo. Todavía tenía la maldita ropa encima. Habíamos tenido una noche de locura desenfrenada y ni tiempo tuve de percatarme de ello.
Las cosas que me hacía hacer esa chiquilla.
—¡Madre mía! Ni siquiera dejé que te quitaras la ropa, pero si te dejaba hacerlo corría el riesgo de que pudieras cambiar de idea —hizo una mueca graciosa y se encogió de hombros como pudo, para luego llevar una de sus manos hasta el falo que todavía estaba empapado—. A este no podía dejarlo escapar —añadió girando el cuerpo y me dio un beso.
—Debo tener todo el pantalón manchado. No puedo dejar que amanezca, Camile. No puedo andar por ahí con la gente viendo.
—Tranquilo, andas en auto, Eric. Nadie te verá.
—Los porteros me verán, Camile. Y el tuyo es un espía.
—No seas dramático. Pudo haber sido cualquiera.
—Hasta que se demuestre lo contrario para mí fue él. Solo él nos vio entrar —me apoyé en ambos brazos y me senté.
—No, Eric. Cualquiera pudo haber sido. Siempre supe que mi padre le pagaba a alguien para vigilarme. ¿Por qué crees que me dejó venir a París e instalarme aquí? —«por diabla», pensé—. Es algo normal en él y ya estoy acostumbrada. Lo que pasa es que todavía no había traído a nadie a mi apartamento, pero muchas veces me llamó o se apareció sin previo aviso. Él y mis hermanos, los cuatro, son como un maldito grano en el trasero como dice Remi.
Me había recordado al idiota del amigo y en ese momento lo estaba odiando por partida doble. Por habérmelo puesto de pareja y por no haber aparecido cuando más lo necesitaba. Quería quejarme, pero me contuve. Ella no sabía lo que había tramado, aunque solo faltaban horas para que lo supiera. Era obvio que el tal Remi se lo diría.
—Nadie mejor que el portero de un edificio para encomendarle la tarea, aunque muy bien que supiste burlar a William. Mira que decirle semejante disparate. ¡Que soy gay! Y con tu amigo —La miré y achiqué los ojos—. Y eso de vigilarte lo tienes bien merecido. Por algo lo hace.
—Lo hace porque soy alegre. Esa alegría le molesta a los hombres de mi familia y no sé por qué, porque eso no significa que sea una mujer fácil o una cualquiera. Tú mismo lo has comprobado.
—A mí también me molesta —dejé escapar aquello y ni siquiera sé por qué lo había dicho.
¿Estaba celando a Camile? ¿Por qué diablos? Si ella y yo no teníamos nada. No comprendía el porqué de mi actitud.
—¿En serio, Eric? ¿Estás celoso? —Sonrió y se sentó a mi lado, mientras yo maldecía para mis adentros.
—Claro que no —me defendí—. Es solo que...
—¡Uy, te ves tan lindo! —hizo piquito de bebe y casi río, pero preferí contemplar su rostro gracioso que aun así lucía perfecto—. ¿Si no son celos entonces que es? —Enarcó una ceja.
—Camile...
—Ya sé que no tenemos una relación, pero...
—No la tenemos —reafirmé. Ya estaba viendo por donde venía y aunque todo lo que había sentido aquella noche había sido jodidamente estupendo, hasta el punto de hacerme cambiar de idea en cuanto a lo que pensaba, no podía darme el lujo de materializarlo.
No podía hacer sufrir a esa muñequita de porcelana. ¡No podía!
—Pero podemos intentarlo —mi pecho tembló—. Tú estás en la misma condición que yo, Eric —sus manos buscaron mi rostro y lo abrazaron—. Los dos estamos solos.
—Camile, yo...
—No te haré responsable si no funciona.
Quería hablar. Quería decirle que soy un maldito mujeriego. Que no tengo frenos. Que ando sin control, pero no quería lastimarla, siendo que aquello era algo que si me lo proponía podía cambiar, sin embargo, no sentía que tenía la fuerza de voluntad. Camile me estaba volviendo loco, pero andar suelto era algo que no podía resistir y no estaba dispuesto a dejarme echar el lazo.
Cuando Eithan dijo que la haría sufrir estaba en lo cierto.
Tenía que buscar una alternativa que representara una solución para mí. Una donde ella escogiera y no pudiera culparme. Estaba casi seguro de que lo que le iba a pedir lo sería.
—Eric, no voy a rogarte. El amor no se mendiga, pero sé que me deseas igual que yo y has sido mi primer hombre, así que...
—Comenzaremos una relación solo si eres capaz de enfrentar a tu padre —hablé para decir mi propuesta y, enseguida, su rostro se tornó serio y sus ojos me buscaron.
—¿Qué?...
—Como lo oyes, Camile —estaba poniendo en aquello mis esperanzas. Estaba deseando con todas mis fuerzas que pusiera algún reparo, que no aceptara—. Y será ahora —sentencié—. Ahora mismo saldremos de esta habitación e iremos a contarle a tu padre. Si estás dispuesta a hacerlo, te prometo que desde ese momento serás mía y seré tuyo.
«Aunque tenga que mantener prisionera a mi polla dentro de un grillete».
Y tampoco sabía como diablos lo haría, pero lo pensé y puse mis esperanzas en lo que creía que sería su respuesta. No esperaba que fuera afirmativa. Tenía que ser una negativa.
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