El día de mi partida finalmente había llegado.
El cielo estaba cubierto por una fina capa de nubes, como si incluso la luna quisiera esconderse un poco en esta despedida. Frente a la casa, el chofer de la familia cargaba mis últimas maletas en la parte trasera del auto, mientras mi padre, Lucrecia y mis hermanos, Rosa y Sebastián, me observaban en silencio.
Nunca imaginé que irme dolería tanto.
Mi padre fue el primero en romper el silencio. Camino hacia mí con paso firme, pero los ojos ligeramente vidriosos. Pocas veces lo había visto así. Aunque es un alfa, siempre ha tenido una dulzura especial conmigo, una que no suele mostrar ante la manada.
— ¿Estás segura de esto, Sofía? —preguntó con voz baja, grave, conteniendo más de lo que decía.
Asentí, tragando el nudo en mi garganta. A pesar de todo, sí. Estaba segura.
—Puedes quedarte —insistió—. Eres buena entrenando a los jóvenes lobos. Podrías convertirte en un líder dentro de la reserva. No necesitas ir tan lejos para tener un propósito.
Sus palabras eran suaves, pero cargadas de amor. No era una súplica... era preocupación. Miedo disfrazado de consejo.
—Lo sé, papá. Pero necesito esto. No solo por lo que quiero ser… sino por quien quiero descubrir que soy.
Lucrecia me observaba desde unos pasos atrás. A diferencia de otras ocasiones, no hizo ningún comentario. Solo se acercó levemente con la cabeza, y en su mirada hubo algo que, por primera vez, pareció un atisbo de respeto.
Mis hermanos me abrazaron con fuerza, sin entender del todo lo que significaba que su hermana mayor se fuera. Rosa lloró en silencio. Sebastián me deslizó una pulsera hecha con hilo de luna, algo que había aprendido en uno de sus entrenamientos. La llevé al brazo con una sonrisa.
Respire hondo.
Giré una última vez para mirar la casa donde crecí, los árboles que me vieron correr por primera vez como loba, el suelo que fue testigo de mi transformación… y de mis heridas.
Era momento de marcharme.
Subí al auto. El motor rugió suavemente, y mientras nos alejábamos por el camino de tierra que atravesaba el bosque, vi por el espejo retrovisor cómo mi padre levantaba la mano en despedida. No dijo nada más. No tenía que hacerlo.
Sentí a Laisa moverse dentro de mí. Estaba tranquila. Por primera vez en mucho tiempo.
“Vamos a estar bien”, susurró.
Y por primera vez… le creí.
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El primer día en la universidad fue una mezcla de caos y maravilla.
El campus era enorme, moderno, lleno de estudiantes humanos de todas partes del país —y del mundo—. Nadie sabía quién era yo, ni de dónde venía. No cargaban con la historia de mi manada, ni con la sombra de Gabriel. No esperaban nada de mí… y eso era, por primera vez, liberador.
Fui al área de la Facultad de Medicina. Las instalaciones eran imponentes: laboratorios con tecnología de punta, aulas enormes, salas de estudio con paredes de cristal. Me entregaron mi horario, credencial y acceso al sistema digital.
Mis compañeros eran amables, aunque distantes. Todos estaban demasiado enfocados en sus propias vidas, sus metas, sus mundos. Y eso me gustó. No tenía que fingir. No tenía que explicar nada.
Durante una pausa, me senté en una de las bancas frente a la biblioteca, un café en la mano, y vi pasar a los estudiantes como si fueran parte de una película.
Yo era una extraña aquí. Una loba entre humanos. Pero no me sentía fuera de lugar… aún no.
La ciudad tenía su propio ritmo, su propia forma de latir. Y mientras observaba, algo en mí comenzó a relajarse. Como si este fuera, de alguna manera, el lugar al que estaba destinada a llegar.
Por fin, estaba comenzando a vivir por mí.
Y aunque el pasado seguía siendo parte de mí, decidí en ese instante que no lo dejaría controlar lo que venía después.
Él no era como los demás
La tercera clase del día era Biología Molecular. Un salón amplio, con escritorios dobles y pantallas digitales por todas partes. Ya estaba casi lleno cuando entré, así que busqué un asiento libre cerca del centro. No quería estar ni al frente ni demasiado atrás. Lo suficientemente cerca para concentrarme… pero no para llamar la atención.
Me acomodé, saqué mis apuntes, y justo cuando abría la tableta, alguien se sentó a mi lado.
—¿Este lugar está ocupado? —preguntó una voz masculina, cálida pero segura.
Levanté la vista.
Un chico de cabello oscuro, un poco desordenado, con ojos que no pude definir si eran grises, verdes o dorados —porque cambiaban con la luz— me miraba con una media sonrisa. Llevaba una chaqueta negra con capucha, y el tipo de actitud relajada que delataba a alguien que no necesitaba esforzarse demasiado para encajar… pero tampoco parecía interesado en hacerlo.
—No —respondí, algo sorprendida—. Adelante.
—Gracias —dijo, y dejó caer su mochila con un suave golpe en el piso.
Se sentó y empezó a sacar sus cosas con movimientos lentos, medidos. No me miró más, pero de alguna forma, sentía su presencia como si irradiara energía.
Instintivamente, Laisa se removió.
“Extraño…”, murmuró en mi mente.
Y sí… había algo en él. No era solo su aroma —que no era del todo humano, pero tampoco como el de un lobo—. Era algo más sutil. Algo antiguo. Como si una parte de él estuviera velada, camuflada bajo la piel.
Cuando la clase comenzó, el profesor empezó a hablar sobre la síntesis del ADN. Yo traté de concentrarme, pero cada vez que el chico a mi lado tomaba apuntes o murmuraba algo al aire, me costaba no observarlo con el rabillo del ojo.
—¿Eres de primer año también? —me preguntó en voz baja cuando hubo una pausa en la explicación.
Asentí.
—Sí. Medicina. ¿Tú?
—Igual. Aunque tengo un par de créditos adelantados. Soy algo… inquieto con estas cosas.
Su sonrisa fue breve, pero sincera. Luego extendió la mano.
—Aidan.
—Sofía —respondí, estrechándosela.
Su tacto era cálido, fuerte… pero no invasivo. Solo lo justo. Solo lo suficiente para hacerme dudar de todo.
Cuando terminó la clase, recogimos nuestras cosas al mismo tiempo. Justo antes de que saliera, me dijo sin mirarme:
—Eres diferente. No por lo que dices… sino por lo que no intentas ocultar.
Me detuve en seco. Giré a verlo, confundida.
Él ya se alejaba por el pasillo, con las manos en los bolsillos.
Laisa respiró hondo dentro de mí.
“Él no es humano.”
Y yo no supe si eso me asustaba… o me intrigaba aún más.