El sabor dulce del vino

872 Palabras
La copa se llenó más veces de las que debería. La primera fue por cortesía. La segunda, para calmar los nervios. La tercera... para olvidar a Gabriel. Para dejar de escuchar los susurros que se arrastraban entre los muros del salón, para no ver cómo Gabriel con Elainne pegada como sanguijuela al se cruzaban mi campo visual cada pocos minutos, como si su sola presencia no fuera ya suficiente castigo. Cuando me di cuenta, la música sonaba demasiado fuerte, las luces eran un velo dorado que me acariciaban la piel, y mi escudo emocional... se agrietaba con cada sorbo. —Sofía, ¿estás bien? —preguntó un joven alfa de la Manada del Sur. Su voz me pareció lejana, como si llegara desde detrás de un muro de agua. Asentí. No confiaba en mi voz. Necesitaba aire. Y silencio. Me abrí paso entre los asistentes, cruzando las puertas de cristal que daban al jardín interior del Gran Salón. La brisa nocturna me recibió con el aroma fresco de la tierra húmeda y los suspiros de la luna casi llena, que pendía sobre los árboles como una amenaza silenciosa. Me dejé caer en un banco de piedra. Mis tacones quedaron a un lado. Mis pies dolan. Mis recuerdos dolían más. Cerré los ojos. Y lo sentí. Su aroma. Gabriel. No me giré. No cuando escuché sus pasos, ni cuando se sentó junto a mí sin pedir permiso. Permanecimos en silencio, rodeados por un mundo que ya no nos pertenece. —No deberías beber así —dijo al fin, su voz apenas un murmullo—. No es propio de ti. Reí por lo bajo, sin alegría. —Ya ti que te importa. Le respondí. No respondió. Solo me miró. Con esa mirada suya, mitad sombra, mitad fuego. Esa que sabía cómo atravesarme sin tocarme. —Solo vine a respirar —dije. —Y yo solo vine a verte. Lo miré. De frente. Ya no tenía miedo de lo que podía encontrar en sus ojos. Y lo que vi fue real. Dolor. Pero no bastaba. —Tienes una prometida. Vuelve con ella. —No la amo —dijo, con una sinceridad tan cruda que cortó el aire entre nosotros—. Nunca podría. Mi corazón vaciló. El mundo parecía inclinarse. Gabriel se inclinó hacia mí, como atraído por algo inevitable. Su mano rozó la mía, luego mi mejilla. Su aliento se mezcló con el mío. Por un segundo, solo uno, todos los demás desaparecieron. Laisa rugió en mi interior. Quería abalanzarse sobre él. Besarlo. Sentirlo. Grabarlo en su cuerpo. Y yo también quería. Pero no podía. No después de todo. No si él ya pertenecía a otra. Me aparté justo antes del contacto, con un gesto claro, irrevocable. El silencio que nos envolvió fue más brutal que cualquier palabra. —No —susurré—. No voy a ser tu escape de una mentira que te creaste. Gabriel cerró los ojos. Herido. Humano. —Sofía… —No me beses, Gabriel. No esta vez. No si mañana vas a mirar hacia otro lado. El jardín aún respiraba tensión. El aire estaba cargado de lo que no dijimos. Y aunque lo había dejado atrás, sabía que Gabriel seguía allí. Luchando consigo mismo. —¿Por qué haces esto? —preguntó con la voz quebrada por una rabia que no entendía del todo. —¿Yo? —reí, amarga—. Tú fuiste quien eligió. Tú firmaste ese compromiso. —Nunca te saqué de mi mente, Sofía. Lo vi debatirse. Su rostro, ese que debería haber sido mi hogar, ahora era un campo de batalla. Y cuando levantó la mano para tocar mi rostro, me tensé. Se detuvo. No me tocó. Pero su mirada me sujetó. Y durante un instante, algo dentro de mí quiso ceder. —Gabriel… —susurré. Una parte de mí temblaba. —Solo una vez —murmuró—. Dime que no lo deseas. Lo deseaba. Por los dioses, lo deseaba. Mi cuerpo lo llamaba. Mi loba lo reclamaba. Pero mi alma… mi alma sangraba por no volver a arrodillarse. Y justo cuando sus labios casi rozaban los míos, una voz firme rompió la atmósfera. —Creo que ella ya te dijo que no. Ambos nos giramos. Aidán. De pie, firme como una sombra protectora. Los brazos cruzados, la mirada encendida con una fuerza que rara vez mostraba. Gabriel dio un paso atrás. La sorpresa en su rostro fue un reflejo de su orgullo herido. —¿Tú qué haces aquí? —preguntó con frialdad. —Vengo por Sofía —dijo Aidan, sin vacilar—. Estamos saliendo, por si no te enteraste. Sus palabras fueron un ancla. Un faro. Y me miró con esa calma feroz que tantas veces me había salvado de mí misma. Le seguí el juego. Gabriel me buscó con la mirada. —¿Es cierto? Mi corazón latía con fuerza. No por el pasado. Por el presente. Por el hombre que me ofrecía su lealtad sin condiciones. Tomé la mano de Aidan. Con firmeza. Con decisión. -Si. Es cierto. Gabriel bajó la mirada. No dijo nada. Solo asintiendo una vez. Como si acabara de perder algo que nunca supo conservar. Y esta vez... fui yo quien se alejó.
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